Juan
del 
Peral

Don Pedro el Cruel

I

    _ ¿Qué tan bella es, señor?

    _ Es una fúlgida estrella caída del cielo en mis estados para perturbar la tranquilidad de mi alma; para fijar mi inconstante veleidad, y en suma, para hacerme desgraciado si no consigo que corresponda a la pasión que

abrasa mi pecho.

    _ ¿Y tan sólo la habéis visto una vez?

    _ Una tan sólo; en la catedral, orando delante de una imagen de la virgen. Era cerca del anochecer: la iglesia

estaba casi a oscuras, y el silencio pavoroso que reinaba en todo aquel recinto, sólo era interrumpido por los sollozos que exhalaba mi bella desconocida, o por las monótonas pisadas de algún ministro del culto divino. Yo, que disfrazado, y embozado en el ferreruelo la iba siguiendo durante algún tiempo, entré en la iglesia donde acabé de perder mi libertad, al tacto de aquella linda y torneada mano pues cuando en compañía de la dueña se retiraba del templo, la ofrecí el agua bendita.

    _ ¿Supongo que ya sabrá V. M. dónde vive?

    _ Como que esta mañana debe don Alonso de Haro entregarla una carta mía, y esta tarde pienso pasar a verla.

    Los que esta conversación tenían en uno de los salones del palacio de Toro, eran don Pedro I, rey de Castilla, y su privado D. Ferrán Maza y Albornoz.

    Este último, con sus consejos pérfidos y livianos arrastraba frecuentemente al monarca a cometer aún más y

mayores desaguisados, que aquellos a que su natural perverso le impelía; así, que se prestó de buen grado a coadyuvar a esta nueva intriga del desmoralizado rey, y a poner cuanto de su parte estuviese para que don Pedro lograse sus pérfidos designios.

II

    Era la noche. Las dos acababan de dar en el reloj de una torre vecina a la casa de doña Leonor de Montalván, que se hallaba a la sazón delante de un bufete, los ojos arrasados en lágrimas, y trazando sobre un blanco papel, si bien menos blanco que la mano que sobre él dirigía la pluma, las siguientes líneas. “Querido esposo: el corazón se me parte cuando debo escribirte, pues siempre tengo nuevas desgracias que anunciarte. Después que saliste para Toledo al día siguiente de nuestras bodas a combatir donde el honor te llamaba, en las filas de los defensores de la infortunada reina doña Blanca, no he cesado un momento de rogar al cielo por la suerte feliz de la causa que defiendes, y porque nos veamos pronto reunidos. Mi mala estrella hizo que un caballero me viese en la Catedral y que se prendase de mí: y por colmo de desgracias, ese caballero… es el rey don Pedro.

    Ha tenido la audacia de atentar a mi honor, y sólo mi resolución ha podido salvarme; mas para evitar otra

tentativa, pienso huir disfrazada, y dentro de pocos días, espero estar en tus brazos. Tuya hasta la tumba, tu Leonor.”

    Escrita y cerrada la carta que antecede, se recostó Leonor sobre su lecho, pro en vano fue intentar conseguir

algún descanso: la imagen de su perseguidor y los peligros que a su esposo amenazaban, no se apartaron de la

imaginación un solo instante.

III

    El rey, a quienes sus mismos parciales tenían en Toro en una especie de esclavitud, y cuyo único solaz era la caza, se dejó avasallar por la vehemencia de aquella pasión más de lo que parecía probable del hombre que había despreciado tan altamente a doña Blanca, a la de Padilla y a doña Juana. Doña Blanca estaba a la sazón en Toledo bajo la salvaguardia de un puñado de valerosos caballeros, entre los que se encontraban don Nuño de Lara, simple oficial y esposo de la doña Leonor, tan perseguida por el rey; y el padre de Lara, anciano virtuoso y respetable, que era uno de los caudillos a las inmediatas órdenes del Infante don Enrique.

    Por medio de artimañas y subterfugios infames, lograron los aduladores que rodeaban a don Pedro, interceptar la carta que hemos citado arriba; y ya preparaba este un golpe de mano contra la esposa de Lara, cuando se vio obligado a marchar de improviso a Toledo, donde habían logrado reunir más de seis mil caballos y un crecido número de infantes los partidarios de doña Blanca.

   Salió de Toro el soberano, y al cabo de breves jornadas estaba con todo su ejército a la vista de las murallas de Toledo. Siempre son funestas las divisiones en las guerras civiles. Los toledanos estaban divididos en partidos, y esto les perdió. Unos atendían sólo a la defensa de la reina: otros deseaban una composición con don Pedro: y en

estas disensiones se encontraban los partidarios, cuando se presentó el rey, y penetró en la ciudad después de un sanguinario choque en que pereció lo mejor de la nobleza castellana. Los infantes don Fadrique y don Enrique, lograron retirarse a Talavera; mas los principales caudillos y oficiales quedaron prisioneros de guerra, con la condición de que serían respetadas sus vidas; mas ¿como es posible exigir que el tigre estipule pactos ni cumpla condiciones?

    Don Pedro, sediento de sangre, y deseoso de vengarse de los confederados, perpetró en ellos los actos de la más inaudita barbaridad, de que la humanidad entera se horroriza.

    Mandó reunir un consejo que en el término de tres días fallase la suerte de los principales prisioneros. El anciano Lara, como uno de los caudillos, fue sentenciado a muerte, y a la pérdida de bienes y honores: y su hijo, lo mismo que los demás oficiales, a perpetuo destierro. Y no paró aquí la barbarie del Nerón castellano: sino que habiéndosele presentado el desventurado hijo de Lara, y pedídole por toda gracia la conmutación de pena entre el padre y él; cuando todos creían que este acto de amor filial conseguiría ablandar en parte aquella alma empedernida, vieron con la mayor sorpresa y dolor, que toda la piedad del monarca se redujo a acceder a la demanda del hijo.

IV

    Instruido el rey por la carta de Leonor de que su esposo pertenecía a los oficiales confederados, dio orden para que se averiguase quién era, con el ánimo de vengar en él los desdenes de su esposa: mas ¿cuál no fue su gozo al saber que era el mismo que iba a morir en breve?… Sin embargo, era poco una vida para semejante fiera, con esta última circunstancia; mandó que se le comunicase al sexagenario Lara la conmutación de pena: y el buen anciano, no pudiendo resistir a este último golpe, aunque había tenido suficiente valor para escuchar su sentencia de muerte, no le tuvo para oír la de su hijo, y conmovido por el exceso del pesar, y lleno de amor hacia aquel a quien había dado el ser, y que sacrificaba su existencia por salvar la del autor de sus días, no siéndole dado sufrir tan encontrados embates, murió pronunciando el nombre de su hijo y llenándole de bendiciones.

    Oyó el rey con espantosa calma la noticia; y sin perder momento, pasó al encierro de la torre en que se hallaba el desgraciado Lara.

    _ “Vienes a insultarme con tu presencia, le dijo este: en mi situación no es el monarca el que debe venir a verme, sino el verdugo: aunque si te despojaran del manto de púrpura y de la corona que te adornan, ¿quién dudaría que fueses el último?”

    _Desprecio _contestó don Pedro_ tus denuestos y tus insultos; estás en mi poder: y nadie en el mundo es capaz de libertarse de él; el verdugo sigue mis pasos; mas quiero que sepas antes una noticia, y quiero ser yo mismo quien te la comunique. Has pretendido libertar de la muerte a tu padre, pero ha sido en vano: al saber de tu suerte ha

espirado en medio de su dolor y de sus agonías. Tú le seguirás antes de una hora.

    _ ¡Padre mío! _exclamó Lara con el acento del más amargo dolor, dando un agudo suspiro, y dejando caer enseguida la cabeza sobre el pecho.

    _ Tu esposa _añadió don Pedro, venía a reunirse a ti: ha caído en poder de mis guardias: acaba de llegar, y cuando crea encontrarse un tierno esposo y un tálamo, sólo encontrará un cadáver y un cadalso.

    _ ¡Ah! ¡Sí, el cadalso!… el cadalso que me liberte de tu horrible vista… Todos los tormentos del infierno no pueden ser tan terribles como tus palabras._ ¡¡Y he de morir sin abrazar a mi esposa!!…

    Al llegar aquí entraban en la prisión los guardias, un ministro del Señor y un verdugo.

    Retiróse el rey, y el sacerdote se preparó a prestar al desgraciado los auxilios espirituales que su posición reclamaba.

V

    A los pocos minutos un golpe de hacha anunció que todo estaba terminado. Entonces aparece el rey en la puerta de la prisión, conduciendo a una mujer por la mano, y a la vista de aquel sangriento espectáculo, la dice… “Tiembla, Leonor, así que venga don Pedro el Cruel… querías ver a tu esposo… recoge su cabeza… pertenece a la justicia, pero yo te hago donativo de ella… La infeliz dio un agudo grito, y cayó encima del cuerpo de su esposo.

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