Leí
los días pasados en un libro de un hombre de
muy buen ingenio, un caso que sucedió al duque Filipo el Bueno, que
fue el primero que instituyó la Orden del Tusón en la villa de
Tomer, en una iglesia
que llaman de San Bertín, dándole a veinticuatro caballeros, a quien
él llamaba sus doce pares, el cual traía por insignia, pintada en
sus banderas, una mano con un eslabón que iba a dar en un pedernal,
y alrededor un letrero que decía: «Primero se ha de dar el golpe que
salten las centellas». Leí, pues, como digo, que este cristianísimo
príncipe era de mucha edad, y acostumbraba a decir infinitas veces
lo que era el mundo y cuán poco había que confiar en él. Yendo,
pues, una noche rondando con algunos criados suyos, hallaron tendido
en una calle a un hombre que estaba borracho, lleno de Iodo, toda la
cara sucia y tiznada, y tan dormido que estaba, que no pudieron
metelle en su acuerdo. Mandó el duque que le llevasen a palacio, que
quería en aquel hombre enseñarles lo que era el mundo; lleváronle de
la manera que lo mandó, y después d dijo que le desnudasen y
vistiesen una camisa muy buena, y acostasen en su propia cama y a la
mañana le diesen de vestir y sirviesen como a su misma persona;
hízose todo aquello, y otro día, cuando ya se creía acabada
borrachera, entraron los gentilhombres de la cámara a decille de qué
color quería vestirse, y él, asombrado de verse en aposento tan rico
y rodeado de gente tan principal, y viendo que estaban tantos
delante de él descubiertos, no sabía qué responder, sino mirábalos a
todos, y debía de parecelle a él sin ninguna duda que no había dos
horas que estaba bebiendo en la taberna y andando los fuelles en su
casa (que, según se supo después, era herrero y vivía cerca de
palacio). Diéronle, pues, vestido muy bueno, diéronle agua a manos,
la cual él rehusaba de tomar, porque aún no sabía cómo había de
lavarse . A todo cuanto le preguntaban no respondía; miraba desde
unas ventanas su casa, y debía de decir: «¡Válgame Dios! La casilla
de aquella chimenea, ¿no es mía? Aquel muchacho que juega a la
peonza, ¿no es mi hijo Bartolillo? Yaquella que hila a la puerta,
¿no es mi mujer Toribia? ¿Pues quién me ha puesto a mí en tanta
grandeza?». Digo yo, sin duda, que diría él esto. Cuando pusieron
las mesas, sentose a comer, y el duque presente a todo; hecho esto y
venida la noche, diéronle vino bastante para ponelle como le
hallaron, y cuando estuvo fuera de juicio y bien dormido,
desnudáronle y volvieron a poner su vestido viejo, y mandó el duque
que le llevasen al mismo puesto donde le habían hallado.
Hízose, y
hecho, llegó el duque con mucha gente y dijo que le despertasen, y
despierto, preguntole quién era, y él muy asombrado, respondió que
según las cosas que en dos horas habían por él pasado, no sabía
decir quién era. Preguntado la causa, respondió:
_Señor,
yo soy un herrero y me llamo Fulano, salí de mi casa hará una hora o
poco más, bebí un poco de vino, cargome el sueño y quedeme aquí
dormido. Y en este tiempo he soñado que era rey y que me servían
tantos de caballeros, y traía tan lindos vestidos, y que dormía en
una cama de brocado, y comía muy bien y bebía, y estaba yo tan
gozoso de verme tan servido y regalado, que casi estaba fuera de
juicio de contento, y bien se ve que lo estaba, pues todo fue sueño.
Y dijo
entonces el duque;
_Veis
aquí, amigos, lo que es el mundo: todo es un sueño, pues esto
verdaderamente ha pasado por este, como habéis visto, y le parece
que lo ha soñado.
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VIDA ES SUEÑO DE CALDERÓN DE LA BARCA |