La
calle que tú me das
-calle ausente todavía-, no será tuya ni mía. Calle de todos será.
Por el momento no es más que una canción encendida, una estrella fugitiva que soñamos alcanzar.
Por de pronto se nos va de los ojos, como el día; volando, como la vida, sobre la tierra y el mar.
La calle que tú me das, no será tuya ni mía. Habrá de ser compartida. Calle de todos será.
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Aún tengo arena en los pies De aquella remota infancia Aún mis huellas en la playa Como orígenes se ven De las actuales pisadas Aún por las aguas borradas Vuelven con el tiempo a ser
Aún tengo el clavo en la piel Aún llevo el cubo y la pala Para fabricar montañas A la altura de mi sed Aún me subyuga ser pez La bajamar y la barca Y hacer burla de la red Con velas recién infladas. Aún mi memoria da fe De aquella peña esmeralda Centinela de mi casa Aún declaro en el papel Que en su cintura jugué Que disfrutando el ayer Me alcé sobre sus espaldas Con deseos de crecer. Aún me pregunto por qué Me enamora la distancia.
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Conversación sostenida
largo tiempo. Nube encinta. Aguacero.
Resultado del encuentro: La ceniza, a destiempo sacudida -fallo de puntería-, dispersa por el suelo.
Cenicero dobladas bajo el peso de los dedos.
Final y despedida.
Silencio y humo espeso.
Las voces, en desorden, rompen filas.
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Te meter el sueño azul bajo las sábanas, pasar de largo, no saber de nada, hacer la vista gorda a lo que pasa, guardar la sed de estrellas bajo llave. Te digo que no vale que el amor pierda el habla, que la razón se calle, que la alegría rompa sus palabras, que la pasión confiese: Aquí no hay sangre. Te digo que no vale que el gris siempre se salga con la suya, que el negro se desmande y diga cruz y raya, al júbilo del aire. Vuelvo a la carga y digo: Aquí no cabe esconder la cabeza bajo el ala, decir no lo sabía, estoy al margen, vivo en mi torre sólo y no se nada. Te digo y te repito que no vale.
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