ÁLVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA |
NAUFRAGIOS |
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En que cuenta cuándo partió el armada, y los oficiales y gente que en ella iba.
17 días del mes de junio de 1527, partió del puerto de Sant Lúcar de Barrameda el gobernador Pánfilo de Narváez, con poder y mandado, de Vuestra Majestad para conquistar y gobernar las provincias que están desde el río de las Palmas hasta el cabo de la Florida, las cuales son en Tierra Firme; y la armada que llevaba eran cinco navíos, en los cuales, poco mas o menos, irían seiscientos hombres. Los oficiales que llevaba (porque de ellos se ha de hacer mención) eran estos que aquí se nombran: Cabeza de Vaca, por tesorero y por alguacil mayor; Alfonso Enriquez, contador; Alonso de Solis, por factor de Vuestra Majestad y por veedor; iba un fraile de la Orden de Sant Francisco por comisario, que se llamaba fray Juan Suárez, con otros cuatro frailes de la misma Orden. Llegamos a la isla de Santo Domingo, donde estuvimos casi cuarenta y cinco días, proveyéndonos de algunas cosas necesarias, señaladamente de caballos. Aquí nos faltaron de nuestra armada mas de ciento y cuarenta hombres, que se quisieron quedar allí, por los partidos y promesas que los de la tierra hicieron. De allí partimos y llegamos a Santiago (que es puerto en la isla de Cuba), donde en algunos días que estuvimos, el gobernador se rehizo de gente, de armas y de caballos. Sucedió allí que un gentilhombre que se llamaba Vasco Porcalle vecino de la villa de la Trinidad, que es la misma isla, ofreció de dar al gobernador ciertos bastimentos que tenía en la Trinidad, que es cien leguas del dicho puerto de Santiago. El gobernador, con toda la armada, partió para allá; mas llegados a un puerto que se dice Cabo de Santa Cruz, que es mitad del camino, parescióle que era bien esperar allí y enviar un navío que trajese aquellos bastimentos; y para esto mandó a un capitán Pantoja que fuese allí con su navío, y que yo, para más seguridad, fuese con él, y él quedó por cuatro navíos, porque en la isla de Santo Domingo había comprado un otro navío. Llegados con estos dos navíos al puerto de la Trinidad, el capitán Pantoja fue con Vasco Porcalle a la villa, que es una legua de allí, para rescebir los bastimentos; yo quedé en la mar con los pilotos, los cuales nos dijeron que con la mayor presteza que pudiéramos nos despachásemos de allí , porque aquél era un mal puerto y se solían perder muchos navíos en él; y porque lo que allí nos sucedió fue cosa muy señalada, me pareció que no sería fuera del propósito y fin con que yo quise escribir este camino, contarla aquí. Otro día, de mañana, comenzó el tiempo a dar no buena señal, porque comenzó a llover, y el mar iba arreciando tanto, que aunque yo dí licencia a la gente que saliese a tierra, como ellos vieron el tiempo que hacía y que la villa estaba de allí una legua, por no estar al agua y frío que hacía, muchos se volvieron al navío. En esto vino una canoa de la villa, en que me traían una carta de un vecino de la villa, rogándome que me fuese allá y que me darían los bastimentos que hubiese y necesarios fuesen: de lo cual yo me excusé diciendo que no podía dejar los navíos. A mediodía volvió la canoa con otra carta, en que con mucha importunidad pedían lo mismo, y traían un caballo en que fuese; yo di la misma respuesta que primero había dado, diciendo que no dejaría los navíos, mas los pilotos y la gente me rogaron mucho que fuese, porque diese priesa que los bastimentos se trujese lo mas presto que pudiese ser, porque nos partiésemos, luego de allí, donde ellos estaban con gran temor que los navíos se habían de perder si allí estuviesen mucho. Por esta razón yo determiné de ir a la villa, aunque primero que fuese dejé proveído y mandado a los pilotos que si el Sur, con que allí suelen perderse muchas veces los navíos, ventase y se viesen en mucho peligro, diesen con los navíos de través y en parte que se salvase la gente y los caballos; y con esto yo salí, aunque quise sacar algunos conmigo, por ir en mi compañía, los cuales no quisieron salir, diciendo que hacía mucha agua y frío y la villa estaba muy lejos; que otro día, que era domingo, saldrían con el ayuda de Dios, a oír misa. A una hora después de yo salido la mar comenzó a venir muy brava, y el norte fue tan recio que ni los bateles osaron salir a tierra, ni pudieron dar en ninguna manera con los navíos al través por ser el viento por la proa; de suerte que con muy gran trabajo, con dos tiempos contrarios y mucha agua que hacía, estuvieron aquel día y el domingo hasta la noche. A estar hora el agua y la tempestad comenzó a crecer tanto, que no menos tormenta había en el pueblo que en la mar, porque todas las casas y iglesias se cayeron, y era necesario que anduviésemos siete u ocho hombres abrazados unos con otros para podernos amparar que el viento no nos llevase; y andando entre los árboles, no menos temor teníamos de ellos que de las casas, porque como ellos también caían, no nos matasen debajo. En esta tempestad y peligro anduvimos toda la noche, sin hallar parte ni lugar donde media hora pudiésemos estar seguros. Andando en esto, oímos toda la noche, especialmente desde el medio de ella, mucho estruendo y grande ruido de voces, y gran sonido de cascabeles y de flautas y tamborinos y otros instrumentos, que duraron hasta la mañana, que la tormenta cesó. En estas partes nunca otra cosa tan medrosa se vio; yo hice una probana de ello, cuyo testimonio envié a Vuestra Majestad. El lunes por la mañana bajamos al puerto y no hallamos los navíos; vimos las boyas de ellos en el agua, adonde conocimos ser perdidos, y anduvimos por la costa por ver si hallaríamos alguna cosa de ellos; y como ninguno hallásemos, metímonos por los montes, y andando por ellos un cuarto de legua de agua, hallamos la barquilla de un navío puesta sobre unos árboles, y diez leguas de allí, por la costa, se hallaron dos personas de mi navío y ciertas tapas de cajas, y las personas tan desfiguradas de los golpes de las peñas, que no se podían conoscer; halláronse también una capa y una colcha hecha pedazos, y ninguna otra cosa paresció. Perdiéronse en los navíos sesenta personas y veinte caballos. Los que habían salido a tierra el día que los navíos allí llegaron, que serían hasta treinta, quedaron de los que en ambos navíos había. Así estuvimos algunos días con mucho trabajo y necesidad, porque la provisión y mantenimientos que el pueblo tenía se perdieron y algunos ganados; la tierra quedó tal, que era gran lástima verla: caídos los árboles, quemados los montes, todos sin hojas ni yerbas. Así pasamos hasta cinco días del mes de noviembre, que llegó el gobernador con sus cuatro navíos, que también habían pasado gran tormenta y también habían escapado por haberse metido con tiempo en parte segura. La gente que en ellos traía, y la que allí halló, estaban tan atemorizados de lo pasado, que temían mucho tornarse a embarcar en invierno, y rogaron al gobernador que lo pasase allí y él, vista su voluntad y la de los vecinos, invernó allí . Dióme a mí cargo de los navíos y de la gente para que me fuese con ellos a inventar al puerto de Xagua, que es doce leguas de allí , donde estuve hasta t0 días del mes de hebrero. |
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Cómo el gobernador vino al puerto de Xagua y trujo consigo a un piloto
n este tiempo llegó allí el gobernador con un bergantín que en la Trinidad compró, y traía consigo un piloto que se llamaba Miruelo; habíalo tomado porque decía que sabía y había estado en el río de las Palmas, y era muy buen piloto de toda la costa del Norte. Dejaba también comprado otro navío en la costa de la Habana, en el cual quedaba por capitan Alvaro de la Cerda, con cuarenta hombres y doce de caballo; y dos días después que llegó el gobernador, se embarcó, y la gente que llevaba eran cuatrocientos hombres y ochenta caballos en cuatro navíos y un bergantín. El piloto que de nuevo habíamos tomado metió los navíos por los bajíos que dicen de Canarreo, de manera que otro día dimos en seco, y así estuvimos quince días, tocando muchas veces las quillas de los navíos en seco, al cabo de los cuales, una tormenta del Sur metió tanta agua en los bajíos, que pudimos salir, aunque no sin mucho peligro. Partimos de aquí y llegados a Guaniguanico, nos tomó otra tormenta, que estuvimos a tiempo de perdernos. A cabo de Corrientes tuvimos otra, donde estuvimos tres días; pasados éstos, doblamos el cabo de Sant Antón, y anduvimos con tiempo contrario hasta llegar a doce leguas de la Habana; y estando otro día para entrar en ella, nos tomó un tiempo de sur que nos apartó de la tierra, y atravesamos por la costa de la Florida y llegamos a la tierra martes 11 días del mes de abril, y fuimos costeando la vía de la Florida; y Jueves Santo, surgimos en la misma costa, en la boca de una bahía, al cabo de la cual vimos ciertas casas y habitaciones de indios. |
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Cómo llegamos a la Florida
n este mismo día salió el contador Alonso Enríquez y se puso en una isla que esta en la misma bahía y llamó a los indios, los cuales vinieron y estuvieron con él buen pedazo de tiempo, y por vía de rescate le dieron pescado y algunos pedazos de carne de venado. Otro día siguiente, que era Viernes Santo, el gobernador se desembarcó con la más gente que en los bateles que traía pudo sacar, y como llegamos a los buhíos o casas que habíamos visto de los indios, hallémoslas desamparadas y solas, porque la gente se había ido aquella noche en sus canoas. El uno de aquellos buhíos era muy grande, que cabrían en él mas de trescientas personas; los otros eran mus pequeños, y hallamos allí una sonaja de oro entre las redes. Otro día el gobernador levantó pendones por Vuestra Majestad y tomó la posesión de la tierra en su real nombre, presentó sus provisiones y fue obedescido por gobernador, como Vuestra Majestad lo mandaba. Asimismo presentamos nosotros las nuestras ante él, y él las obedesció como en ellas se contenía. Luego mandó que toda la otra gente desembarcase y los caballos que habían quedado, que eran mas de cuarenta y dos, porque los demás, con las grandes tormentas y mucho tiempo que habían andado por la mar, eran muertos; y estos pocos que quedaron estaban tan flacos y fatigados, que por el presente poco provecho podimos tener de ellos. Otro día los indios de aquel pueblo vinieron a nosotros, y aunque nos hablaron, como nosotros no teníamos lengua, no los entendíamos; mas hacíannos muchas señas y amenazas,y nos paresció que nos decían que nos fuésemos de la tierra, y con esto nos dejaron, sin que nos hiciesen ningun impedimento, y ellos se fueron. |
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Como entramos por la tierra
tro día adelante el gobernador acordó
de entrar por la tierra, por descubrirla y ver lo que en ella había.
Fuímonos con él el comisario y el veedor y yo, con cuarenta hombres,
y entre ellos seis de caballo, de los cuales poco nos podíamos
aprovechar. Llevamos la vía del Norte hasta que a hora de vísperas
llegamos a una bahía muy grande, que nos paresció que entraba mucho
por la tierra; quedamos allí aquella noche, y otro día nos volvimos
donde los navíos y gente estaban.
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Cómo dejó los navíos el gobernador
ábado, 1 de mayo, el mismo día que
esto había pasado, mandó dar a cada uno de los que habían de ir con
él dos libras de bizcocho y media libra de tocino, y ansí nos
partimos para entrar en la tierra. La suma de toda la gente que
llevábamos era trescientos hombres; en ellos iba el comisario fray
Juan Suárez, y otro fralle que se decía fray Juan de Palos, y tres
clérigos y los oficiales. La gente de caballo que con estos ibamos,
eramos cuarenta de caballo; y ansí anduvimos con aquel bastimento
que llevábamos, quince días, sin hallar otra cosa que comer, salvo
palmitos de la manera de los de Andalucía. En todo este tiempo no
hallamos indio ninguno, ni vimos casa ni poblado,y al cabo llegamos
a un río que lo pasamos con muy gran trabajo a nado y en balsas;
detuvímonos un día en pasarlo, que traía muy gran corriente. Pasados
a la otra parte, salieron a
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Cómo llegamos a Apalache
legamos que fuimos a Apalache, el gobernador mandó que yo tomase nueve de caballo, y cincuenta peones, y entrase en el pueblo, y ansí lo acometimos el veedor y yo; y entrados, no hallamos sino mujeres y muchachos; mas de aquí a poco, andando nosotros por él, acudieron, y comenzaron a pelear, flechándonos, y mataron el caballo del veedor; mas al fin huyeron y nos dejaron. Allí hallamos mucha cantidad de maíz que estaba ya para cogerse, y mucho seco que tenían encerrado. Hallámosles muchos cueros de venados, y entre ellos algunas mantas de hilo pequeñas, y no buenas, con que las mujeres cubren algo de sus personas. Tenían muchos vasos para moler maíz. En el pueblo había cuarenta casas pequeñas y edificadas, bajas y en lugares abrigados, por temor de las grandes tempestades que continuamente en aquella tierra suele haber. El edificio es de paja, y estan cercados de muy espeso monte y grandes arboledas y muchos piélagos de agua, donde hay tantos y tan grandes árboles caídos, que embarazan, y son causa que no se puede por allí andar sin mucho trabajo y peligros. |
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De la manera que es la tierra
a tierra, por la mayor parte, desde
donde desembarcamos hasta este pueblo y tierra de Apalache, es
llana; el suelo, de arena y tierra firme; por toda ella hay muy
grandes árboles y montes claros, donde hay nogales y laureles, y
otros que se llaman liquidámbares; cedros, sabinas y encinas y pinos
y robles, palmitos bajos, de la manera de los de Castilla. Por toda
ella hay muchas lagunas, grandes y pequeñas, algunas muy trabajosas
de pasar, parte por la mucha hondura parte por tantos arboles como
por ellas estan caídos. El suelo de ellas es arena, y las que en la
comarca de Apalache hallamos son muy mayores que las de hasta allí.
Hay en esta provincía muchos maizales, y las casas están tan
esparcidas por el campo, de la manera que están las de los Gelves.
Los animales que en ellas vimos son: venados de tres maneras,
conejos y liebres, osos y leones, y otras salvajinas, entre los
cuales vimos un animal que trae los hijos en una bolsa que en la
barriga tiene; y todo eltiempo que son pequeños los trae allí, hasta
que saben buscar de comer; y si acaso estén fuera buscando de comer,
y acude gente, la madre no huye hasta que los ha recogido en su
bolsa. Por allí la tierra es muy fría; tiene muy buenos pastos para
ganados; hay aves de muchas maneras, ansares en gran cantidad,
patos, ánades, patos reales, dorales y garzotas y garzas, perdices;
vimos muchos alcones, neblis, gavilanes, esmerejones y otras muchas
aves. Dos horas después que llegamos a Apalache, los indios que de
allí habían huido vinieron a nosotros de paz, pidiéndonos a sus
mujeres y hijos, y nosotros se los dimos, salvo que el gobernador
detuvo un cacique de ellos consigo, que fue causa por donde ellos
fueron escandalizados; y luego otro día volvieron de guerra, y con
tanto desnuedo y presteza nos asometieron, que llegaron a nos poner
fuego a las casas en que estábamos; mas como salimos, huyeron, y
acogiéronse a las lagunas, que tenían muy cerca; y por esto, y por
los grandes maizales que había, no les podimos hacer daño, salvo a
uno que matamos. Otro día siguiente, otros indios de otro pueblo que
estaba de la otra parte vinieron a nosotros y acometiéronnos de la
misma arte que los primeros, y de la misma manera se escaparon, y
también murió uno de ellos. Estuvimos en este pueblo veinte y cinco
días, en que hecimos tres entradas por la tierra, y hallámosla muy
pobre de gente y muy mala de andar, por los malos pasos y montes y
lagunas que tenía. Preguntamos al cacique que les habíamos detenido,
y a los otros indios que traíamos con nosotros, que eran vecinos y
enemigos de ellos, por la manera y población de la tierra, y la
calidad de la gente, y por los bastimentos y todas las otras cosas
de ella. Respondiéronnos cada uno por sí, que el mayor pueblo de
toda aquella tierra era aquel Apalache, y que adelante había menos
gente muy más pobre que ellos y que la tierra era mal poblada y
los moradores de ella muy repartidos; y que yendo adelante, había
grandes lagunas y espesura de montes y grandes desiertos y
despoblados. Preguntámosle luego por la tierra que estaba hacia el
Sur, que pueblos y mantenimientos tenía. Dijeron que por aquella
vía, yendo a la mar nueve jornadas, había un pueblo que llamaban
Aute, y los indios de él tenían mucho maíz, y que tenían frisoles y
calabazas, y que por estar tan cerca de la mar alcanzaban pescados,
y que estos eran amigos suyos. Nosotros, vista la pobreza de la
tierra, y las malas nuevas que de la población y de todo lo demás
nos daban, y cómo los indios nos hacían continua guerra hiriéndonos
la gente y los caballos en los lugares donde íbamos a formar agua, y
esto desde las lagunas, y tan a salvo, que no los podíamos ofender,
porque metidos en ellas nos flechaban, y mataron un
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Cómo partimos de Aute
tro día siguiente partimos de Aute, y
caminamos todo el día hasta llegar donde yo había estado. Fue el
camino con extremo trabajoso, porque ni los caballos bastaban a
llevar los enfermos, ni sabíamos que remedio poner, porque cada día
adolescían; que fue cosa de muy gran lástima y dolor ver la
necesidad y trabajo en que estábamos. Llegados que fuimos, visto el
poco remedio que para ir adelante había, porque no había dónde, ni
aunque lo hubiera, la gente pudiera pasar adelante, por estar los
más enfermos, y tales, que pocos había de quien se pudiese haber
algun provecho. Dejo aquí de contar esto más largo, porque cada uno
puede pensar lo que sepasaría en tierra tan extraña y tan mala, y
tan sin ningún remedio de ninguna cosa, ni para estar ni para salir
de ella. Mas como el más cierto remedio sea Dios nuestro Señor, y de
Este nunca desconfiamos, suscedió otra cosa que agravaba más que
todo esto, que entre la gente de caballo se comenzó la mayor parte
de ellos a ir secretamente, pensando hallar ellos por sí remedio, y
desamparar al gobernador y a los enfermos, los cuales estaban sin
algunas fuerzas y poder más, como entre ellos había muchos
hijosdalgo y hombres de buena suerte, no quisieron que esto pasase
sin dar parte al gobernador y a los oficiales de Vuestra Majestad; y
como les afeamos su propósito, y les pusimos delante el tiempo en
que desamparaban a su capitán y los que estaban enfermos y sin
poder, y apartarse sobre todo del servicio de Vuestra Majestad,
acordaron de quedar, y que lo que fuese de uno fuese de todos, sin
que ninguno desamparase a otro. Visto esto por el gobernador, los
llamó a todos y a cada uno por sí, pidiendo parescer de tan mala
tierra, para poder salir de ella y buscar algún remedio, pues allí
no lo había, estando la tercia parte de la gente con gran
enfermedad, y cresciendo esto cada hora, que teníamos por cierto
todos lo estaríamos así; de donde no se podía seguir sino la muerte,
que por ser en tal parte se nos hacía más grave; y vistos estos y
otros muchos inconvenientes, y tentados muchos remedios, acordamos
en uno harto difícil de poner en obra, que era hacer navíos en que
nos fuésemos. A todos parescía imposible, porque nosotros no los
sabíamos hacer, ni había herramientas, ni hierro, ni fragua, ni
estopa, ni pez, ni jarcias, finalmente, ni cosa ninguna de tantas
como son menester, ni
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Cómo partimos de bahía de Caballos
quella bahía de donde partimos ha por
nombre la bahía de Caballos, y anduvimos siete días por aquellos
ancones, entrados en el agua hasta la cinta, sin señal de ver
ninguna cosa de costa y al cabo de ellos llegamos a una isla que
estaba cerca de la tierra. Mi barca iba delante, y de ella vimos
venir cinco canoas de indios, los cuales las desampararon y nos la
dejaron en las manos, viendo que ibamos a ellas; las otras barcas
pasaron adelante, y dieron en unas casas de la misma isla, donde
hallamos muchas lizas y huevos de ellas, que estaban secas; que fue
muy gran remedio para la necesidad que llevábamos. Después de
tomadas, pasamos adelante, y dos leguas de allí pasamos un estrecho
que la isla con la tierra hacía, al cual llamamos de Sant Miguel por
haber salido en su día por él; y salidos, llegamos a la costa,
donde, con las cinco canoas que yo había tomado a los indios,
remediamos algo de las barcas, haciendo falcas de ellas, y
añadiéndolas, de manera que subieron dos palmos de bordo sobre el
agua; y con esto tornamos a caminar por luengo de costa la vía del
río de Palmas, cresciendo cada día la sed y la hambre, porque los
bastimentos eran muy pocos y iban muy al cabo, y el agua se nos
acabó, porque las botas que hecimos de las piernas de los caballos
luego fueron podridas y sin ningun provecho; algunas veces entramos
por ancones y bahías que entraban mucho por la tierra adentro; todas
las hallamos bajas y peligrosas; y ansí, anduvimos por ellas treinta
días, donde algunas veces hallábamos indios pescadores, gente pobre
y miserable. Al cabo |
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De la refriega que nos dieron los indios
enida la mañana, vinieron a nosotros
muchas canoas de indios, pidiéndonoslos dos compañeros que en la
barca habían quedado por rehenes. El gobernador dijo que se los
daría con que trajesen los dos cristianos que habían llevado. Con
esta gente venían cinco o seis señores, y nos pareció ser la
gente más bien dispuesta y de mas autoridad y concierto que hasta
allí habíamos visto, aunque no tan grandes como los otros de quien
habemos contado. Traían los cabellos sueltos y muy largos, y
cubiertos con mantas de martas, de la suerte de las que atrás
habíamos tomado, y algunas de ellas hechas por muy extraña manera,
porque en ella había unos lazos de labores de unas pieles leonadas,
que parescían muy bien. Rogábannos que nos fuésemos con ellos y que
nos darían los cristianos y agua y otras muchas cosas; y contino
acudían sobre nosotros muchas canoas, procurando de tomar la boca de
aquella entrada; y así por esto, como porque la tierra era muy
peligrosa para estar en ella, nos salimos a la mar, donde estuvimos
hasta mediodía con ellos. Y como no nos quisiesen dar los
cristianos, y por este respeto nosotros no les diésemos los indios,
comenzáronnos a tirar piedras con hondas, y varas, con muestras de
flecharnos, aunque en todos ellos no vimos sino tres o cuatro arcos.
Estando en esta contienda el viento refrescó, y ellos se volvieron y
nos dejaron; y así navegamos aquel día, hasta hora de vísperas, que
mi barca, que iba delante, descubrió una punta que la tierra hacía,
y del otro cabo se veía un río muy grande, y en una isleta que hacía
la punta hice yo surgir por esperar las otras barcas. El gobernador
no quiso llegar; antes se metió por una bahía muchas isletas, y allí
nos juntamos, y desde la mar tomamos agua dulce, porque el río
entraba en la mar de avenida, y por tostar algun maíz de lo que
traímos, porque ya había dos días que lo comíamos crudo, saltamos en
aquella isla; mas como no hallamos leña, acordamos de ir al río que
estaba detrás de la punta, una legua de allí; y yendo, era tanta la
corriente, que no nos dejaba en ninguna manera llegar, antes nos
apartaba de la tierra, y nosotros trabajando y porfiando por
tomarla. El norte que venía de la tierra comenzó a crescer tanto,
que nos metió en la mar, sin que nosotros pudiésemos hacer otra
cosa; y a media legua que fuimos metidos en ella, sondamos, y
hallamos que con treinta brazas no podimos tomar hondo, y no
podíamos entender si la corriente era causa que no lo pudiésemos
tomar; y así navegamos dos días todavía, trabajando por tomar
tierra, y al cabo de ellos, un poco antes que el sol saliese, vimos
muchos humeros por la costa; y trabajando por llegar allá, nos
hallamos en tres brazas de agua, y por ser de noche no osamos tomar
tierra, porque como habíamos visto tantos humeros, creíamos que se
nos podía recrescer algun peligro sin nosotros poder ver, por la
mucha obscuridad, lo que habíamos de hacer, y por esto determinamos
de esperar a la mañana; y como amanesció, cada barca se hallo por sí
perdida de las otras; yo me hallé en treinta brazas, y siguiendo mi
viaje,a hora de vísperas vi dos barcas, y como fui a ellas, vi que
la primera a que llegué era la del gobernador, el cual me pregunto
qué me parescía que debíamos hacer. Yo le dije que debía recobrar
aquella marca que iba delante, y que en ninguna manera la dejase, y
que juntas todas tres barcas, siguiéramos nuestro camino donde Dios
nos quisiese llevar. Él me respondió que aquello no se podía hacer,
porque la barca iba muy metida en la mar y él quería tomar la tierra
y que si la quería yo seguir, que hiciese que los de mi barca
tomasen los remos y trabajasen, porque con fuerza de brazos se había
de tomar la tierra, y esto le aconsejaba un capitán que consigo
llevaba que se llamaba Pantoja, diciéndole que si aquel día no
tomaba la tierra que en otros seis no la tomaría, y en este tiempo
era necesario morir de hambre. Yo, vista su voluntad, tomé mi remo, y
lo mismo hicieron todos los que en mi barca estaban para ello, y
bogamos hasta casi puesto el sol; más como el gobernador llevaba la
más sana y recia gente que entre toda había, en ninguna manera lo
podimos seguir ni tener con ella. Yo, como vi esto, pedile que para
poderle seguir, me diese un cabo de su barco, y él me
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De lo que acaesció a Lope de Oviedo con unos indios
esque la gente hubo comido mandé a Lope de Oviedo, que tenía más fuerza y estaba más recio que todos, se llegase a unos árboles que cerca de allí estaban, y subido en uno de ellos, descubriese la tierra en que estábamos y procurase de haber alguna noticia de ella. Él lo hizo así y entendió que estábamos en isla, y vio que la tierra estaba cavada a la manera que suele estar tierra donde anda ganado, y paresciolo por esto que debía ser tierra de cristianos, y ansí nos lo dijo. Yo le mandé que la tornase a mirar muy más particularmente y viese si en ella había algunos caminos que fuesen seguidos, y esto sin alargarse mucho por el peligro que podía haber. Él fue, y topando con una vereda se fue por ella adelante hasta espacio de media legua, y halló unas chozas de unos indios que estaban solas, porque los indios eran idos al campo, y tomó una olla de ellos, y un perrillo pequeño y unas pocas de lizas y así se volvió a nosotros; y paresciéndonos que se tardaba, envié otros dos cristianos para que le buscasen y viesen qué le había suscedido; y ellos le toparon cerca de allí y vieron que tres indios, con arcos y flechas, venían tras él llamándole, y él asimismo llamaba a ellos por señas; y así llegó donde estábamos, y los indios se quedaron un poco atrás asentados en la misma ribera; y dende a media hora acudieron otros cien indios flecheros, que agora ellos fuesen grandes o no, nuestro miedo les hacía parecer gigantes, y pararon cerca de nosotros, donde los tres primeros estaban. Entre nosotros excusado era pensar que habría quien se defendiese, porque dificílmente se hallaron seis que del suelo se pudiesen levantar. El veedor y yo salimos a ellos y llamámosles, y ellos se llegaron a nosotros; y lo mejor que podimos, procuramos de asegurarlos y asegurarnos, y dímosles cuentas y cascabeles, y cada uno de ellos me dio una flecha, que es señal de amistad, y por señas nos dijeron quea la mañana volverían y nos traerían de comer, porque entonces no lo tenían. |
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Cómo los indios nos trujeron de comer
tro día, saliendo el sol, que era la
hora que los indios nos habían dicho, vinieron a nosotros, como lo
habían prometido, y nos trajeron mucho pescado y de unas raíces que
ellos comen, y son como nueces, algunas mayores o menores; la mayor
parte de ellas se sacan debajo del agua y con mucho trabajo. A la
tarde volvieron y nos trajeron más pescado y
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Como supimos de otros cristianos
ste mismo día yo vi a un indio de aquellos un rescate, y conoscí que no era de los que nosotros les habíamos dado; y preguntado donde le habían habido, ellos por señas me respondieron que se lo habían dado otros hombres como nosotros, que estaban atrás. Yo, viendo esto, envié dos cristianos y dos indios que les mostrasen aquella gente, y muy cerca de allí toparon con ellos, que tambien venían a buscarnos, porque los indios que allá quedaban les habían dicho de nosotros, y estos eran los capitanes Andrés Dorantes y Alonso del Castillo, con toda la gente de su barca. Y llegados a nosotros, se espantaron mucho de vernos de la manera que estábamos, y rescibieron muy gran pena por no tener que darnos; que ninguna otra ropa traían sino la que tenían vestida. Y estuvieron allí con nosotros, y nos contaron cómo a 6 de aquel mismo mes su barca había dado al través, legua y media de allí, y ellos habían escapado sin perderse ninguna cosa; y todos juntos acordamos de adobar su barca, y irnos en ella los que tuviesen fuerza y disposición para ello; los otros quedarse allí hasta que convaleciesen, para irse como pudiesen por luengo de costa, y que esperasen allí hasta que Dios los llevase con nosotros a tierra de cristianos; y como lo pensamos, así nos pusimos en ello, y antes que echásemos la barca al agua, Tavera, un caballero de nuestra compañía, murió, y la barca que nosotros pensábamos llevar hizo su fin, y no se pudo sostener a sí misma, que luego fue hundida; y como quedamos del arte que he dicho, y los más desnudos, y el tiempo tan recio para caminar y pasar ríos y ancones a nado, ni tener bastimento alguno ni manera para llevarlo, determinamos de hacer lo que la necesidad pedía, que era invernar allí; y acordamos también que cuatro hombres, que más recios estaban, fuesen a Pánuco, creyendo que estábamos cerca de allí; y que si Dios nuestro Señor fuese Servido de llevarlos allá, diesen aviso de cómo quedábamos en aquella isla, y de nuestra necesidad y trabajo. Estos eran muy grandes nadadores, y al uno llamaban Alvaro Fernández, portugués, carpintero y marinero; el segundo se llamaba Méndez, y el tercero Figueroa, que era natural de Toledo; el cuarto, Astudillo, natural deZafra: llevaban consigo un indio que era de la isla. |
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Como se partieron los cuatro cristianos
artidos estos cuatro cristianos,
dende a pocos días sucedió tal tiempo de fríos y tempestades, que los
indios no podían arrancar las raíces, y de los canales en que
pescaban ya no había provecho ninguno, y como las casas eran tan
desabrigadas, comenzose a morir la gente; y cinco cristianos que
estaban en rancho en la costa llegaron a tal extremo, que se
comieron los unos a los otros, hasta que quedó uno solo, que por ser
solo no hubo quien lo comiese. Los nombres de ellos son éstos:
Sierra, Diego López Coral, Palacios, Gonzalo Ruiz. De este caso se
alteraron tanto los indios, y hobo entre ellos tan
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De lo que nos acaesció en la isla de Mal Hado
n aquella isla que he contado nos quisieron hacer físicos sin examinarnos ni pedirnos los títulos, porque ellos curan las enfermedades soplando al enfermo, y con aquel soplo y las manos echan de él la enfermedad, y mandáronnos que hiciésemos lo mismo y sirviésemos en algo; nosotros nos reíamos de ello, diciendo que era burla y que no sabíamos curar; y por esto nos quitaban la comida hasta que hiciésemos lo que nos decían. Y viendo nuestra porfía, un indio me dijo a mí que yo no sabía lo que decía en decir que no aprovecharía nada equello que él sabía, ca las piedras y otras cosas que se crían por los campos tienen virtud; y que él con una piedra caliente, trayéndola por el estómago, sanaba y quitaba el dolor, y que nosotros, que éramos hombres, cierto era que teníamos mayor virtud y poder. En fin, nos vimos en tanta necesidad, que lo hobimos de hacer, sin temer que nadie nos llevase por ello la pena. La manera que ellos tienen en curarse es ésta: que en viéndose enfermo, llaman un médico, y despues de curado, no sólo le dan todo lo que poseen, más entre sus parientes buscan cosas para darle. Lo que el médico hace es dalle unas sajas adonde tiene el dolor, y chupanles al derredor de ellas. Dan cauterios de fuego, que es cosa entre ellos tenida por muy provechosa, y yo lo he experimentado, y me sucedió bien de ello; y después de esto, soplan aquel lugar que les duele, y con esto creen ellos que se les quita el mal. La manera con que nosotros curamos era santiguándolos y soplarlos, y rezar un Pater noster y un Ave María, y rogar lo mejor que podíamos a Dios Nuestro Señor que les diese salud, y espirase en ellos que nos hiciesen algun buen tratamiento. Quiso Dios nuestro Señor y su misericordia que todos aquellos por quien suplicamos, luego que los santiguamos, decían a los otros que estaban sanos y buenos, y por este respecto nos hacían buen tratamiento, y dejaban ellos de comer por dáarnoslo a nosotros y nos daban cueros y otras cosillas. Fue tan extremada la hambre que allí se pasó, que muchas veces estuve tres días sin comer ninguna cosa, y ellos también lo estaban, y parescíame ser cosa imposible durar la vida, aunque en otras mayores hambres y necesidades me vi después, como adelante diré. Los indios que tenían a Alonso del Castillo y Andrés Dorantes, y a los demas que habían quedado vivos, como eran de otra lengua y de otra parentela, se pasaron a otra parte de la Tierra Firme a comer ostiones, y allí estuvieron hasta el l día del mes de abril, y luego volvieron a la isla, que estaba de allí hasta dos leguas por lo más ancho del agua, y la isla tiene medía legua de través y cinco en largo. Toda la gente de esta tierra anda desnuda; solas las mujeres traen de sus cuerpos algo cubierto con una lana que en los árboles se cría. Las mozas secubren con unos cueros de venados. Es gente muy partida de lo que tienen unos con otros. No hay entre ellos señor. Todos los que son de un linaje andan juntos. Habitan en ella dos maneras de lenguas: a los unos llaman de Capoques, y a los otros de Han; tienen por costumbre cuando se conocen y de tiempo a tiempo se ven, primero que se hablen, estar media hora llorando, y acabado esto, aquel que es visitado se levanta primero y da al otro todo cuanto posee, y el otro lo rescibe, y de ahí a un pocoáe va con ello, y aun algunas veces, después de rescibido, se van sin que hablen palabra. Otras extrañas costumbres tienen; mas yo he contado las más principales y mas señaladas por pasar adelante y contar lo que más nos sucedió. |
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Cómo se partieron los cristiános de la isla de Mal Hado
espués que Dorantes y Castillo
volvieron a la isla recogieron consigo todos los cristianos, que
estaban algo esparcidos, y halláronse por todos catorce. Yo, como he
dicho, estaba en la otra parte, en la Tierra Firme, donde mis indios
me habían llevado y donde me habían dado una gran enfermedad, que ya
que alguna otra cosa me diera esperanza de vida, aquella bastaba
para del todo quitármela. Y, como los cristianos esto supieron,
dieron a un indio la manta de martas que del cacique habíamos
tomado, como arriba dijimos, porque los pasase donde yo estaba para
verme; y así vinieron doce, porque los dos quedaron tan flacos que
no se atrevieron a traerlos consigo. Los nombres de los que entonces
vinieron son: Alonso del Castillo, Andrés Dorantes y Diego Dorantes,
Valdivieso, Estrada, Tostado, Chaves, Gutiérrez, Esturiano, clérigo;
Diego de Huelva, Estebanico el Negro, Benítez; y como fueron venidos
a Tierra Firme, hallaron otro que era de los nuestros, que se llamaba
Francisco de León, y todos trece por luengo de costa. Y luego que
fueron pasados, los indios que me tenían me avisaron de ello, y como
quedaban en la isla Hierónimo de Alaniz y Lope de Oviedo. Mi
enfermedad estorbó que no les pude seguir ni los vi. Yo hube de
quedar con estos mismos indios de la isla más de un año, y por el
mucho trabajo que me daban y mal tratamiento que me hacían,
determiné de huir de ellos y irme a los que moran en los montes y
Tierra Firme, que se llaman los de Charruco, porque yo no podía
sufrir la vida que con estos otros tenía; porque, entre otros
trabajos muchos, había de sacar las raíces para comer debajo del
agua y entre las cañas donde estaban metidas en la tierra; y de esto
traía yo los dedos tan gastados, que una paja que me tocase me hacía
sangre de ellos, y las cañas me rompían por muchas partes, porque
muchas de ellas estaban quebradas y había de entrar por medio de
ellas con la ropa que he dicho que traía. Y por esto yo puse en obra
de pasarme a los otros, y con ellos me sucedió algo mejor; y porque
yo me hice mercader, procuré de usar el oficio lo mejor que supe, y
por esto ellos me daban de comer y me hacían buen tratamiento y
rogábanme que me fuese de unas partes a otras por cosas que ellos
habían menester, porque por razón de la guerra que contino traen, la
tierra no se anda ni se contrata tanto. E ya con mis tratos y
mercaderías entraba la tierra adentro todo lo que quería, y por
luengo de costa me alargaba de cuarenta o cincuenta leguas. Lo
principal de mi trato eran pedazos de caracolas de la mar y
corazones de ellos y conchas, con que ellos cortan una fruta que es
como frisoles, con que se curan y hacen sus bailes y fiestas, y ésta
es la cosa de mayor precio que entre ellos hay, y cuentas de la mar
y otras cosas. Así, esto era lo que yo llevaba la tierra adentro, y
en cambio y trueco de ello traía cueros y almagra, con que ellos se
untan y tiñen las caras y cabellos, pedernales para puntas de
flechas, engrudo y cañas duras para hacerlas, y unas borlas que se
hacen de pelo de venados, que las tiñen y para coloradas; y este
oficio me estaba a mí bien porque andando en él tenía libertad para
ir donde quería, y no era obligado a cosa alguna, y no era esclavo,
y dondequiera que iba me hacían buen tratamiento y me daban de comer
por respeto de mis mercaderías, y lo más principal porque andando en
ello yo buscaba por donde me había de ir adelante, y entre ellos era
muy conoscido; holgaban mucho cuando me vían y les traía lo que
habían menester, y los que no me conoscían me procuraban y deseaban
ver por mi fama. Los trabajos que en esto pase sería largo
contarlos, así de peligros y hambres, como de tempestades y fríos,
que muchos de ellos me tomaron en el campo y solo, donde por gran
misericordia de Dios nuestro Senor escapé; y por esta causa yo no
trataba el oficio en invierno, por ser tiempo que ellos
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Como vinieron los indios y trujeron a Andrés Dorantes y a Castillo y a Estebanico
esde a dos días que Lope de Oviedo se
había ido, los indios que tenían a Alonso del Castillo y Andrés
Dorantes vinieron al mesmo lugar que nos habían dicho, a comer de
aquellas nueces de que se mantienen, moliendo unos granillos de
ellas, dos meses del año, sin comer otra cosa, y aún esto no lo
tienen todos los años, porque acuden uno, y otro no; son del tamaño
de las de Galicia, y los arboles son muy grandes, y hay gran número
de ellos. Un indio me avisó cómo los cristianos eran llegados, y que
si yo quería verlos me hurtase y huyese a un canto de un monte que
el me señaló; porque él y otros parientes suyos habían de venir a
ver aquellos indios, y que me llevarían consigo adonde los
cristianos estaban. Yo me confié de ellos, y determiné de hacerlo,
porque tenían otra lengua distinta de la de mis indios; y puesto por
obra, otro día fueron y me hallaron en el lugar que estaba señalado;
y así, me llevaron consigo. Ya que llegué cerca de donde tenían su
aposento, Andrés Dorantes salió a ver quién era, porque los indios
le habían también dicho cómo venía un cristiano; y cuando me vio fue
muy espantado, porque había muchos días que me tenían por muerto, y
los indios así lo habían dicho. Dimos muchas gracias a Dios de
vernos juntos, y este día fue uno de los de mayor placer que en
nuestros días habemos tenido; y llegado donde Castillo estaba, me
preguntaron que dónde iba. Yo le dije que mi propósito era pasar a
tierra de cristianos, y que en este rastro y busca iba. Andrés
Dorantes respondió que muchos días había que él rogaba a Castillo y
a Estebanico que se fuesen adelante, y que no lo osaban hacer porque
no sabían nada, y que temían mucho los ríos y los ancones por donde
habían de pasar, que en aquella tierra hay muchos. Y pues
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De la relación que dio de Esquivel
sta cuenta toda dio Figueroa por la
relación que de Esquivel había sabido; y así, de mano en mano llegó
a mí, por donde se puede ver y saber el fin que toda aquella armada
hobo y los particulares casos que a cada uno de los demás
acontescieron. Y dijo más: que si los cristianos algún tiempo
andaban por allí podría ser que viesen a Esquivel, porque sabía que
se había huido de aquel indio con quien estaba, a otros, que se
decían los mareames, que eran allí vecinos. Y como acabo de decir,
él y el asturiano se quisieran ir a otros indios que adelante
estaban; mas como los indios que lo tenían lo sintieron, salieron a
ellos, y diéronles muchos palos, y desnudaron al asturiano, y
pasáronle un brazo con una flecha; y, en fin, se escaparon huyendo,
y los cristianos se quedaron con aquellos indios, y acabaron con
ellos que los tomasen por esclavos, aunque estando sirviéndoles
fueron tan maltratados de ellos, como nunca esclavos ni hombres de
ninguna suerte lo fueron; porque, de seis que eran, no contentos con
darles muchas bofetadas y apalearlos y pelarles las barbas por su
pasatiempo, por solo pasar de una casa a otra mataron tres, que son
los que arriba dije, Diego Dorantes y Valdivieso y Diego de Huelva,
y los otros tres que quedaban esperaban parar en esto mismo; y por
no sufrir esta vida, Andres Dorantes se huyó y se pasó a los
mareames, que eran aquellos adonde Es-quivel había parado, y ellos
le contaron cómo habían tenido allí a Esquivel, y cómo estando allí
se quiso huir porque una mujer había soñado que le había de matar un
hijo, y los indios fueron tras él y lo mataron, y mostraron a Andres
Dorantes su espada y sus cuentas y libro y otras cosas que tenía.
Esto hacen éstos por una costumbre que tienen, y es que matan sus
mismos hijos por sueños, y a las hijas en nasciendo las dejan comer
a perros, y las echan por ahí. La razón por que ellos lo hacen es,
según ellos dicen, porque todos los de la tierra son sus enemigos y
con ellos tienen continua guerra; y que si acaso casasen sus hijas,
multiplicarían tanto sus enemigos, que los sujetarían y tomarían por
esclavos; y por esta causa querían mas matallas que no que de ellas
mismas nasciese quien fuese su enemigo. Nosotros les dijimos que por
qué no las casaban con ellos mismos. Y también entre ellos dijeron
que era fea cosa casarlas con sus parientes, y que era muy mejor
matarlas que darlas a sus parientes ni a sus enemigos; y esta
costumbre usan estos y otros vecinos, que se llaman los iguaces,
solamente, sin que ningunos otros de la tierra la guarden. Y cuando
estos se han de casar, compran las mujeres a sus enemigos, y el
precio que cada uno da por la suya es un arco, el mejor que puede
haber, con dos flechas; y si acaso no tiene arco, una red hasta una
braza de ancho y otra en largo. Matan sus hijos, y mercan los ajenos;
no dura el casamiento más de cuanto están contentos, y con una higa
deshacen el casamiento. Dorantes estuvo con éstos y desde a pocos
días se huyó. Castillo y Estebanico se vinieron dentro a la Tierra
Firme a los iguaces. Toda esta gente son flecheros y bien
dispuestos, aunque no tan grandes como los que atrás dejamos, y
traen la teta y el labio horadado. Su mantenimiento principalmente
es raíces de dos o tres maneras, y búscanlas por toda la tierra; son
muy malas, y hinchan los hombres que las comen. Tardan dos días en
asarse, y muchas de ellas son muy amargas, y con todo esto se sacan
con mucho trabajo. Es tanta la hambre que aquellas gentes tienen,
que no se pueden pasar sin ellas, y andan dos o tres leguas
buscándolas. Algunas veces matan algunos venados, y a tiempos toman
algun pescado; mas esto es tan poco y su hambre tan grande, que
comen arañas y huevos de hormigas, y gusanos y lagartijas y
salamanquesas y culebras y víboras, que matan los hombres que
muerden, y comen tierra y madera y todo lo que pueden haber, y
estiércol de venados, y otras cosas que dejo de contar, y creo
averiguadamente, que si en aquella tierra hubiese piedras las
comerían. Guardan las espinas del pescado que comen, y de las
culebras y otras cosas, para molerlo después todo y comer el polvo
de ello. Entre éstos no se cargan los hombres ni llevan cosa de
peso; mas llevánlo las mujeres y los viejos, que es la gente que
ellos en menos tienen. No tenen tanto amor a sus hijos como los que
arriba dijimos. Hay algunos entre ellos que usan pecado contra
natura. Las mujeres son muy trabajadas y para mucho, porque de
veinticuatro horas que hay entre día y noche, no tienen sino seis
horas de descanso, y todo lo más de la noche pasan en atizar sus
hornos para secar aquellas raíces que comen; y desque amanesce
comienzan a cavar y a traer leña y agua a sus casas y dar orden en
las otras cosas de que tienen necesidad. Los más de estos son
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De cómo nos apartaron los indios
uando fueron cumplidos los seis meses que yo estuve con los cristianos esperando a poner en efecto el cuncierto que teníamos hecho, los indios se fueron a las tunas, que había de allí donde las habían de coger hasta treinta leguas; y ya estábamos para huirnos, los indios con quien estábamos, unos con otros riñeron sobre una mujer, y se apuñearon y apalearon y descalabraron unos a otros; y con el grande enojo que hubieron, cada uno tomó su casa y se fue a su parte; de donde fue necesario que todos los cristianos que allí éramos también nos apartásemos, y en ninguna manera nos podimos juntar hasta otro año; y en este tiempo yo pasé muy mala vida, ansí por la mucha hambre como por el mal tratamiento que de los indios rescebía, que fue tal, que yo me hube de huir tres veces de los amos que tenía, y todos me anduvieron a buscar y poniendo diligencia para matarme; y Dios nuestro Señor por su misericordia me quiso guardar y amparar de ellos; y cuando el tiempo de las tunas tornó, en aquel mismo lugar nos tornamos a juntar. Ya que teníamos concertado de huirnos y señalado el día, aquel mismo día los indios nos apartaron, y fuimos cada uno por su parte; y yo dije a los otros compañeros que yo los esperaría en las tunas hasta que la Luna fuese llena; y este día era 1 de septiembre y primero día de luna; y aviselos que si en este tiempo no viniesen al concierto, yo me iría solo y los dejaría; y ansí, nos apartamos y cada uno se fue con sus indios, y yo estuve con los míos hasta trece de luna, y yo tenía acordado de me huir a otros indios en siendo la Luna llena; y a 13 días del mes llegaron adonde yo estaba Andrés Dorantes y Estebanico; y dijéronme cómo dejaban a Castillo con otros indios que se llamaben anagados, y que estaban cerca de allí y que habían pasado mucho trabajo, y que habían andado perdidos. Y que otro día adelante nuestros indios se mudaron hacia donde Castillo estaba, y iban a juntarse con los que lo tenían, y hacerse amigos unos de otros, porque hasta allí habían tenido guerra, y de esta manera cobramos a Castillo. En todo el tiempo que comíamos las tunas teníamos sed, y para remedio de esto bebíamos el zumo de las tunas y sacábamoslo en un hoyo que en la tierra hacíamos, y desque estaba lleno bebíamos de él hasta que nos hartábamos. Es dulce y de color de arrope; esto hacen por falta de otras vasijas. Hay muchas maneras de tunas, y entre ellas hay algunas muy buenas, aunque a mí todas me parescían así, y nunca la hambre me dio espacio para escogerlas ni parar mientes en cuales eran mejores. Todas las más destas gentes beben agua llovediza y recogida en algunas partes; porque, aunque hay ríos, como nunca están de asiento, nunca tienen agua conoscida, a ni señalada. Por toda la tierra hay muy grandes y hermosas dehesas, y de muy buenos pastos para ganados; y parésceme que sería tierra muy fructífera así fuese labrada y habitada de gente de razón. No vimos sierra en toda ella en tanto que en ella estuvimos. Aquellos indios nos dijeron que otros estaban más adelante, llamados camones, que viven hacia la costa, y habían muerto toda la gente que venía en la barca de Peñalosa y Téllez; que venían tan flacos, que aunque los mataban no se defendían; y así, los acabaron todos; y nos mostraron ropas y armas de ellos y dijeron que la barca estaba allí al través. Esta es la quinta barca que faltaba, porque la del gobernador ya dijimos cómo la mar la llevó, y la del contador y los frailes la habían visto echada al través en la costa, y Esquivel contó el fin de ellos. Las dos en que Castillo y yo y Dorantes íbamos, ya hemos contedo cómo junto a la isla de Mal Hado se hundieron. |
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De cómo nos huimos
espués de habernos mudado, desde a dos días nos encomendamos a Dios nuestro Señor y nos fuimos huyendo, confiando que, aunque ya era tarde y las tunas se acababan, con los frutos que quedarían en el campo podríamos andar buena parte de tierra. Yendo aquel día nuestro camino con harto temor que los indios nos habían de seguir, vimos unos humos, y yendo a ellos, después de vísperas llegamos allá, do vimos un indio que, como vio que ibamos a él, huyó sin querernos aguardar; nosotros enviamos al negro tras él, y como vio que iba solo aguardolo. El negro le dijo que íbamos a buscar aquella gente que hacía humos. Él respondió que cerca de allí estaban las casas, y que nos guiaría allá; y así, lo fuimos siguiendo; y él corrió a dar aviso de cómo ibamos, y a puesta del sol vimos las casas, y dos tiros de ballesta antes que llegásemos a ellas hallamos cuatro indios que nos esperaban, y nos rescibieron bien. Dijímosles en lengua de mareames que íbamos a buscallos, y ellos se mostraron que se holgaban con nuestra compañía; y ansí nos llevaron a sus casas, y a Dorante y al negro aposentaron en casa de un físico; y a mí y a Castillo en casa de otro. Estos tienen otra lengua y llámanse avatares, y son aquellos que solían llevar los arcos a los nuestros y iban a contratar con ellos; y aunque son de otra nación y lengua, entienden la lengua de aquellos con quien antes estábamos, y aquel mismo día habían llegado allí con sus casas. Luego el pueblo nos ofreció muchas tunas, porque ya ellos tenían noticia de nosotros y cómo curábamos, y de las maravillas quel nuestro Señor con nosotros obraba, que, aunque no hubiera otras, harto grandes eran abrirnos caminos por tierra tan despoblada, y darnos gente por donde muchos tiempos no la había, y librarnos de tantos peligros, y no permitir que nos matasen, y sustentarnos con tanta hambre, y poner aquellas gentes encorazón que nos tratasen bien, como adelante diremos. |
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De como curamos aquí unos dolientes
quella misma noche que llegamos vinieron unos indios a Castillo, y dijéronle que estaban muy malos de la cabeza, rogándole que los curase; y después que los hubo santiguado y encomendado a Dios, en aquel punto los indios dijeron que todo el mal se les había quitado; y fueron sus casas y trujeron muchas tunas y un pedazo de carne de venado, cosa que no sabíamos qué cosa era; y como esto entre ellos se publicó, vinieron otros muchos enfermos en aquella noche a que los sanase, y cada uno traía un pedazo de venado; y tantos eran, que no sabíamos adónde poner la carne. Dimos muchas gracias a Dios porque cada día iba cresciendo su misericordia y mercedes; y después que se acabaron las curas comenzaron a bailar y hacer sus areitos y fiestas, hasta otro día que el sol salió; y duró la fiesta tres días por haber nosotros venido, y al cabo de ellos les preguntamos por la tierra de adelante, y por la gente que en ella hallaríamos, y los mantenimientos que en ella había. Respondiéronnos que por toda aquella tierra había muchas tunas, mas que ya eran acabadas, y que ninguna gente había, porque todos eran idos a su casas, con haber ya cogido las tunas; que la tierra era muy fría y en ella había muy pocos cueros. Nosotros viendo esto, que ya el invierno y tiempo frío entraba, acordamos de pasarlo con éstos. A cabo de cinco días que allí habíamos llegado se partieron a buscar otras tunas adonde había otra gente de otras naciones y lenguas; y andadas cinco jornadas con muy grande hambre, porque en el camino no había tunas ni otra fruta ninguna, y después de asentadas, fuimos a buscar un fruto de unos árboles, que es como hieros; y como por toda esta tierra no hay caminos, yo me detuve más en buscarla; la gente se volvió, y yo quedé solo, y viniendo a buscarlos aquella noche me perdí, y plugo a Dios que hallé un árbol ardiendo, y al fuego de él pasé aquel frío aquella noche, y a la mañana yo me cargué de leña y tomé dos tizones, y volví a buscarlos, y anduve de esta manera cinco días, siempre con mi lumbre y mi carga de leña, porque si el fuego se me matase en parte donde no tuviese leña, como en muchas partes no la había, tuviese de qué hacer otros tizones y no me quedase sin lumbre, porque para el frío yo no tenía otro remedio, por andar desnudo como nascí; y para las noches yo tenía este remedio, que me iba a las matas del monte, que estaba cerca de los ríos, y paraba en ellas antes que el sol se pusiese, y en la tierra hacía un hoyo y en él echaba mucha leña, que se cría en muchos árboles, de que por allí hay muy gran cantidad, y juntaba mucha leña de la que estaba caída y seca de los árboles, y al derredor de aquel hoyo hacía cuatro fuegos en cruz, y yo tenía cargo y cuidado de rehacer el fuego de rato en rato, y hacía unas gavillas de paja larga que por allí hay, con que me cubría en aquel hoyo, y de esta manera me amparaba del frío de las noches; y una de ellas el fuego cayó en la paja con que yo estaba cubierto, y estando yo durmiendo en el hoyo, comenzó a arder muy recio, y por mucha priesa que yo me di a salir, todavía saqué señal en los cabellos del peligro en que había estado. En todo este tiempo no comí bocado ni hallé cosa que pudiese comer; y como traía los pies descalzos, corriome de ellos mucha sangre, y Dios usó conmigo de misericordia, que en todo este tiempo no ventó el norte, porque de otra manera ningún remedio había de yo vivir; y a cabo de cinco días llegué a una rimera de un río, donde yo hallé a mis indios, que ellos y los cristianos me contaban ya por muerto, y siempre creían que alguna víbora me había mordido. Todos hubieron gran placer de verme, principalmente los cristianos, y me dijeron que hasta entonces habían caminado con mucha hambre, que ésta era la causa que no me habían buscado; y aquella noche me dieron de las tunas que tenían, y otro día partimos de allí, y fuimos donde hallamos muchas tunas, con que todos satisficieron su gran hambre, y nosotros dimos muchas gracias a nuestro Señor porque nunca nos faltaba su remedio. |
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Como otro día nos trujeron otros enfermos
tro día de mañana vinieron allí
muchos indios y traían cinco enfermos que estaban tollidos y muy
malos, y venían en busca de Castillo que los curase, y cada uno de
los enfermos ofresció su arco y flechas, y él los rescibió y a
puesta del sol los santiguó y encomendó a Dios nuestro Señor, y
todos le suplicamos con la mejor manera que podíamos les enviase
salud, pues él vía que no había otro remedio para que aquella gente
nos ayudase y saliésemos de tan miserable vida; y él lo hizo tan
misericordiosamente, que venida la mañana, todos amanescieron tan
buenos y sanos, y se fueron tan recios como si nunca hobieran tenido
mal ninguno. Esto causó entre ellos muy gran admiración, y a
nosotros despertó que diésemos muchas gracias a nuestro Señor, a que
más enteramente conosciésemos su bondad, y tuviésemos firme
esperanza que nos había de librar y traer donde le pudiésemos
servir; y de mí sé decir que siempre tuve esperanza en su
misericordia que me había de sacar de aquella captividad, y así lo
hablé siempre a mis compañeros. Como los indios fueron idos y
llevaron sus indios sanos, partimos donde estaban otros comiendo
tunas, y éstos se llaman cutalches y malicones, que son otras
lenguas, y junto con ellos había otros que se llaman coayos y
susolas, y de otra parte otros llamados atayos, y éstos tenían
guerra con los susolas, con quien se flechaban cada día; y como por
toda la tierra no se hablase sino en los misterios que Dios nuestro
Señor con nosotros obraba, venían de muchas partes a buscarnos para
que los curásemos; y a cabo de dos días que allí llegaron, vinieron
a nosotros unos indios de los susolas y rogaron a Castillo que fuese
a curar un herido y otros enfermos, y dijeron que entre ellos
quedaba uno que estaba muy al cabo. Castillo era médico muy
temeroso, principalmente cuando las curas eran muy temerosas y
peligrosas, y creía que sus pecados habían de estorbar que no todas
veces suscediese bien el curar.
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Cómo nos partimos después de haber comido los perros
espués que comimos los perros, paresciéndonos que teníamos algún esfuerzo para poder ir adelante, encomendámonos a Dios nuestro Señor para que nos guiase, nos despedimos de aquellos indios, y ellos nos encaminaron a otros de su lengua que estaban cerca de allí. E yendo por nuestro camino llovió, y todo aquel día anduvimos con agua, y allende de esto, perdimos el camino y fuimos a parar a un monte muy grande, y cogimos muchas hojas de tunas y asámoslas aquella noche en un horno que hecimos, y dímosle tanto fuego, que a la mañana estaban para comer; y después de haberlas comido encomendámonos a Dios y partímonos, y hallamos el camino que perdido habíamos; y pasado el monte, hallamos otras casas de indios; y llegamos allá, vimos dos mujeres y muchachos, que se espantaron, que andaban por el monte, y en vernos huyeron de nosotros y fueron a llamar a los indios que andaban por el monte; y venidos, paráronse a mirarnos detras de unos árboles, y llamámosles y allegáronse con mucho temor; y después de haberlos hablado, nos dijeron que tenían mucha hambre, y que cerca de allí estaban muchas casas de ellos propios; y dijeron que nos llevarían a ellos y aquella noche llegamos adonde había cincuenta casas, y se espantaban de vernos y mostraban mucho temor; y después que estuvieron algo sosegados de nosotros, allegábannos con las manos al rostro y al cuerpo, y después traían ellos sus mismas manos por sus caras y sus cuerpos, y así estuvimos aquella noche; y venida la mañana, trajéronnos los enfermos que tenían, rogándonos que los santiguásemos, y nos dieron de lo que tenían para comer, que eran hojas de tunas verdes asadas; y por el buen tratamiento que nos hacían, y porque aquello que tenían nos lo daban de buena gana y voluntad, y holgaban de quedar sin comer por dárnoslo, estuvimos con ellos algunos días; y estando allí, vinieron otros de mas adelante. Cuando se quisieron partir dijimos a los primeros que nos queríamos ir con aquéllos. A ellos les pesó mucho, y rogáronnos muy ahincadamente que no nos fuésemos y al fin nos despedimos de ellos, y los dejamos llorando por nuestra partida, porque les pesaba muchoen gran manera. |
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De las costumbres de los indios de aquellas tierras
esde la isla de Mal Hado, todos los
indios que hasta esta tierra vimos tienen por costumbre desde el día
que sus mujeres se sienten preñadas no dormir juntos hasta que hacen
dos años que han criado los hijos, los cuales maman hasta que son de
edad de doce años; que ya entonces están en edad que por sí saben
buscar de comer. Preguntámosles que por qué los criaban así, y
decían que por la mucha hambre que en la tierra había, que
acontescía muchas veces, como
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Cómo los indios son prestos a un arma
sta es la más presta gente para un arma de cuantas yo he visto en el mundo, porque se temen de sus enemigos, toda la noche están despiertos con sus arcos a par de sí y una docena de flechas; el que duerme tienta su arco, y si no le halla en cuerda le da la vuelta que ha menester. Salen muchas veces fuera de las casas bajados por el suelo, de arte que no pueden ser vistos, y miran y atalayan por todas partes para sentir lo que hay; y si algo sienten, en un punto son todos en el campo con sus arcos y flechas, y así estan hasta el día, corriendo a unas partes y otras, donde ven que es menester o piensan que pueden estar sus enemigos. Cuando viene el día tornan a aflojar sus arcos hasta que salen a caza. Las cuerdas de los arcos son nervios de venados. La manera que tienen de pelear es abajados por el suelo, y mientras se flechan andan hablando y saltando siempre de un cabo para otro, guardándose de las flechas de sus enemigos, tanto, que en semejante parte pueden rescebir muy poco daño de ballestas y arcabuces; antes los indios burlan de ellos, porque estas armas no aprovechan para ellos en campos llanos, adonde ellos andan sueltos; son buenas para estrechos y lugares de agua; en todo lo demás, los caballos son los que han de sojuzgar y lo que los indios universalmente temen. Quien contra ellos hobiere de pelear ha de estar muy avisado que no le sientan flaqueza ni codicia de lo que tienen, y mientras durare la guerra hanlos de tratará muy mal; porque si temor les conocen o alguna codicia, ella es gente que saben conoscer tiempos en que vengarse y toman esfuerzo del temor de los contrarios. Cuando se han flechado en la guerra y gastado su munición, vuélvense cada uno su camino, sin que los unos sigan a los otros, aunque los unos sean muchos y los otros pocos, y ésta es costumbre suya. Muchas veces se pasan de parte a parte con las flechas y no mueren de las heridas si no toca en las tripas o en el corazón; antes sanan presto. Ven y oyen más y tienen más agudo sentido que cuantos hombres yo creo que hay en el mundo. Son grandes sufridores de hambre y de sed y de frío, como aquellos que están más acostumbrados y hechos a ello que otros. Esto he querido contar porque allende que todos los hombres desean saber las costumbres y ejercicios e los otros, los que algunas veces se vinieren a ver con ellos estén avisados de sus costumbres yardides, que suelen no poco aprovechar en semejantes casos. |
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De las naciones y lenguas
ambién quiero contar sus naciones y lenguas, que desde la isla de Mal Hado hasta los ultimos hay. En la isla de Mal Hado hay dos lenguas: a los que unos llaman de Caoques y a los otros llaman de Han. En la Tierra Firme, enfrente de la isla, hay otros que se llaman de Chorruco; y toman el nombre de los montes donde vine. Adelante, en la costa del mar, habitan otros que se llaman Doguenes y enfrente de ellos otros que tienen por nombre los de Mendica. Más adelante, en la costa, estan los quevenes, y enfrente de ellos, dentro en la Tierra Firme, los mariames; y yendo por la costa adelante, están otros que se llaman guaycones, y enfrente de éstos, dentro en la Tierra Firme, los iguaces. Cabo de éstos están otros que se llaman atayos, y detras de éstos, otros, acubadaos, y de éstos hay muchos por esta vereda adelante. En la costa viven otros llamados quitoles, y enfrente de éstos, dentro en la Tierra Firme, los avavares. Con éstos se juntan los maliacones, y otros cutalchiches, y otros que se llaman susolas, y otros que se llaman comos, y adelante en la costa estén los camoles, y en la misma costa adelante, otros a quienes nosotros llamamos los de los higos. Todas estas gentes tienen habitaciones y pueblos y lenguas diversas. Entre éstos hay una lengua en que llaman a los hombres por mira acá; arre acá; a los perros, xo; en toda la tierra se emborachan con un humo, y dan cuanto tienen por él. Beben también otra cosa que sacan de las hojas de los arboles, como de encina, y tuéstanla en unos botes al fuego, y después que la tienen tostada hinchan el bote de agua, y así lo tienen sobre el fuego, y cuando ha hervido dos veces, échanlo en una vasija y están enfriándola con media calabaza, y cuando está con mucha espuma bébenla tan caliente cuanto pueden sufrir, y desde que la sacan del bote hasta que la beben están dando voces, diciendo que quién quiere beber. Y cuando las mujeres oyen estas voces luego se paran sin osarse mudar, y aunque esten mucho cargadas, no osan hacer otra cosa, y si acaso alguna de ellas se mueve, la deshonran y la dan de palos, y con muy gran enojo derraman el agua que tienen para beber, y la que han bebido la tornan a lanzar, lo cual ellos hacen muy ligeramente y sin pena alguna. La razón de la costumbre dan ellos, y dicen que si cuando ellos quieren beber aquella agua las mujeres se mueven de donde les toma la voz, que en aquella agua se les mete en el cuerpo una cosa mala y que donde a poco les hace morir, y todo el tiempo que el agua está cociendo ha de estar el bote atapado, y si acaso este destapado y alguna mujer pasa, lo derraman y no beben más de aquella agua; es amarilla y están bebiéndola tres días sin comer, y cada día bebe cada uno arroba y media de ella, y cuando las mujeres están con su costumbre no buscan de comer más de para sí solas, porque ninguna otra persona come de lo que ellas traen. En el tiempo que así estaba, entre éstos vi una diablura, y es que vi un hombre casado con otro, y éstos son unos hombres amarionados, impotentes, y andan tapados como mujeres y hacen oficio de mujeres, y tiran arco y llevan muy gran carga, entre éstos vimos muchos de ellos así amarionados como digo, y son más membrudos que los otros hombres y mas altos; sufren muy grandes cargas. |
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De cómo nos mudamos y fuimos bien rescebidos
espués que nos partimos de los que
dejamos llorando, fuímonos con los otros a sus casas, y de los que
en ellas estaban fuimos bien rescebidos y trujeron sus hijos para
que les tocásemos las manos, y dábannos mucha harina de mezquiquez.
Este mezquiquez es una fruta que cuando esté en el arbol es muy
amarga, y es de la manera de algarrobas, y cómese con tierra, y con
ella está dulce y bueno de comer. La manera que tienen con ella es
ésta: que hacen un hoyo en el suelo, de la hondura que cada uno
quiere, y después de echada la fruta en este hoyo, con un palo tan
gordo como la pierna y de braza y media en largo, la muelen hasta
muy molida; y demás que se le pega de la tierra del hoyo, traen otros
puños y échanla en el hoyo y tornan otro rato a moler, y después
échanla en una vasija de manera de una espuerta, y échanle tanta agua
que basta a cubrirla, de suerte que quede agua por cima, y el que la
ha molido pruébala, y si le parece que no esté dulce, pide tierra y
revuélvela con ella, y esto hace hasta que la halla dulce, y
asiéntanse todos alrededor y cada uno mete la mano y saca lo que
puede, y las pepitas de ella tornan a echar sobre unos cueros y las
cáscaras; y el que lo ha molido las coge y las torna a echar en
aquella espuerta, y echa agua como de primero, y tornan a exprimir el
zumo y agua que de ello sale, y las pepitas y cáscaras tornan a poner
en el cuero, y de esta manera hacen tres o cuatro veces cada
moledura; y los que en este banquete, que para ellos es muy grande,
se hallan, quedan las barrigas muy grandes, de la tierra y agua que
han bebido; y de esto nos hicieron los indios muy gran fiesta, y
hobo entre ellos muy grandes bailes y areitos en tanto que allí
estuvimos. Y cuando de noche dormíamos, a la puerta del rancho donde
estábamos nos velaban a cada uno de nosotros seis hombres con gran
cuidado, sin que nadie nos osase entrar dentro hasta que el sol era
salido. Cuando nosotros nos quisimos partir de ellos, llegaron
allí unas mujeres de otros que vivían adelante; y informados de ellas
dónde estaban aquellas casas, nos partimos para allá, aunque ellos
nos rogaron mucho que por aquel día nos detuviésemos, porque las
casas adonde íbamos estaban lejos, y no había camino para ellas, y
que aquellas mujeres venían cansadas, y descansando, otro día se
irían con nosotros y nos guiarían, y ansi nos despedimos; y dende a
poco las
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De otra nueva costumbre
artidos de éstos, fuimos a otras
muchas casas, y desde aquí comenzó otra nueva costumbre, y es que,
rescibiendonos muy bien, que los que iban con nosotros los
comenzaron a hacer tanto mal, que les tomaban las haciendas y les
saqueaban las casas, sin que otra cosa ninguna les dejasen; de esto
nos pesó mucho, por ver el mal tratamiento que a aquellos que tan
bien nos rescebíanse hacía, y tambien porque temíamos que aquello
sería o causaría alguna alteración y escándalo entre ellos; mas como
no éramos parte para remediarlo ni para osar castigar, los que esto
hacían y hobimos por entonces de sufrir, hasta que más autoridad
entre ellos tuviésemos; y también los indios mismos que perdían la
hacienda, conosciendo nuestra tristeza, nos consolaron, diciendo que
de aquello no rescibiésemos pena; que ellos estaban tan contentos de
habernos visto, que daban por bien empleadas sus haciendas, y que
adelante serían pagados de otros que estaban muy ricos. Por todo
este cémino teníamos muy gran trabajo, por la mucha gente que nos
seguía, y no podíamos huir de ella, aunque lo procurabamos, porque
era muy grande la priesa que tenían por llegar a tocarnos; y era
tanta la importunidad de ellos sobre esto, que pasaban tres horas
que no podíamos acabar con ellos que nos dejasen. Otro día
nos trajeron toda la gente del pueblo, y la mayor parte de ellos son
tuertos denubes, y otros de ellos son ciegos de ellas mismas, de que
estabamos espantados. Son muy
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De como se robaban los unos a los otros
espués de haberlos informado y
señalado bien lo que habían de hacer, se volvieron, y nos dejaron
con aquéllos; los cuales, teniendo en la memoria lo que los otros
les habían dicho, nos comenzaron a tratar con aquel mismo temor y
reverencia que los otros, y fuimos con ellos tres jornadas y
lleváronnos adonde había mucha gente; y antes que llegásemos a ellos
avisaron como íbamos, y dijeron de nosotros todo lo que los otros
les habían enseñado, y añadieron mucho más, porque toda esta gente
de indios son grandes amigos de novelas y muy mentirosos, mayormente
donde pretende algún interés. Y cuando llegamos cerca de las casas,
salió toda la gente a recebirnos con mucho placer y fiesta, y entre
otras cosas, dos físicos de ellos nos dieron dos calabazas, y de
aquí comenzamos a llevar calabazas con nosotros, y añadimos a
nuestra autoridad esta cerimonia, que para ellos es muy grande. Los
que nos habían acompañado saquearon las casas; mas, como eran muchas
y ellos pocos, no pudieron llevar todo cuanto tomaron, y más de la
mitad dejaron perdido; y de aquí por la halda de la sierra nos
fuimos metiendo por la tierra adentro más de cincuenta leguas, y al
cabo de ellas hallamos cuarenta casas, y entre otras cosas que nos
dieron, hobo Andrés Dorantes un cascabel gordo, grande, de cobre, y
en él figurado un rostro, y esto mostraban ellos, que lo tenían en
mucho, y les dijeron que lo habían habido de otros sus vecinos; y
preguntándoles que dónde habían habido aquello, dijéronlo que lo
habían traído de hacia el Norte, y que allí había mucho, era tenido
en grande estima; y entendimos que do quiera que aquella había
venido, había fundición y se labraba de vaciado, y con esto nos
partimos otro día, y atravesamos una sierra de siete leguas, y
las piedras de ellas eran de escorias de hierro; y a la noche
llegamos a muchas casas que estaban asentadas a la ribera de un muy
hermoso río, y los señores de ellas salieron a medio camino
recebirnos con sus hijos a cuestas, y nos dieron muchas taleguillas
de margarita y de alcohol molido, con esto se untan ellos la cara; y
dieron muchas cuentas, y muchas mantas de vacas, y cargaron a todos
los que venían con nosotros de todo cuanto ellos tenían. Comían
tunas y piñones; hay por aquella tierra pinos chicos, y las piñas
de ellos son como huevos pequeños, mas los piñones son mejores que
los de Castilla, porque tienen las cáscaras muy delgadas; y cuando
están verdes, muélenlos y hácenlos pellas, y ansí los comen; y si
estén secos, los muelen con cáscaras, y los comen hechos polvos. Y
los que por allí nos recebían, desque nos habían tocado,
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De cómo se mudó la costumbre del recebirnos
esde aquí hobo otra manera de
recebirnos, en cuanto toca al saquearse, porque los que salían de
los caminos a traernos alguna cosa a los que nosotros venían no los
robaban: mas después de entrados en sus casas, ellos mismos nos
ofrescían cuanto tenían, y las casas con ellos; nosotros las dábamos
a los principales, para que entre ellos las partiesen, y siempre los
que quedaban despojados nos seguían, de donde crescía mucha gente
para satisfacerse de su pérdida; y decíanles que se guardasen y no
escondiesen cosa alguna de cuantas tenían, porque no podía ser sin
que nosotros lo supiésemos, y haríamos luego que todos muriesen,
porque el sol nos lo decía. Tan grandes eran los temores que les
ponían, que los primeros días que con nosotros estaban, nunca estaban
sino temblando y sin osar hablar ni alzar los ojos al cielo. Estos
nos guiaron por más de cincuenta leguas de despoblado de muy ásperas
sierras, y por ser tan secas no había caza en ellas, y por esto
pasamos mucha hambre, y al cabo un río muy grande, que el agua nos
daba hasta los pechos; y desde aquí nos comenzó mucha de la gente
que traíamos a adolescer de la mucha hambre y trabajo que por
aquellas sierras habían pasado, que por extremo eran agras y
trabajosas. Estos mismos nos llevaron a unos llanos al cabo de las
sierras, donde venían a recebirnos de muy lejos de allí, y nos
recebieron como los pasados, y dieron tanta hacienda a los que con
nosotros venían, que por no poderla llevar dejaron la mitad; y
dijimos a los indios que lo habían dado que lo tornasen a tomar y lo
llevasen, porque no quedase allí perdido; y respondieron que en
ninguna manera lo harían, porque no era su costumbre, después de
haber una vez ofrecido, tornarlo a tomar; y así, no lo teniendo en
nada, lo dejaron todo perder. A éstos dijimos que queríamos ir a la
puesta del sol, y ellos respondiéronnos que por allí estaba la gente
muy lejos, y nosotros les mandábamos que enviasen a hacerles saber
cómo nosotros íbamos allá, y de esto se excusaron lo mejor que ellos
podían, porque ellos eran sus enemigos, y no querían que fuésemos a
ellos; mas no osaron hacer otra cosa; y así, envíaron dos mujeres
una suya, y otra que de ellos tenían captiva; y envíaron éstas
porque las mujeres pueden contratar aunque haya guerra; y nosotros
las seguimos, y paramos en un lugar donde estaba concertado que las
esperásemos; mas ellas tardaron cinco días; y los indios decían que
no debían de hallar gente. Dijímosles que nos llevasen hacía el
Norte; respondieron de la misma manera, diciendo que por allí no
había gente sino muy lejos y que no había qué comer ni se hallaba
agua; y con todo esto, nosotros porfiamos y dijimos que por allí
queríamos ir, y ellos todavía se excusaban de la mejor manera que
podían y por esto nos enojamos, y yo me salí una noche a dormir en
el campo, apartado de ellos; mas luego fueron donde yo estaba y toda
la noche estuvieron sin dormir y con mucho miedo y habléndome y
diciéndome cuán atemorizados estaban, rogándonos que no estuviésemos
más enojados, y que aunque ellos supiesen morir en el camino, nos
llevarían por donde nosotros quisiésemos ir; y como nosotros
todavía fingíamos estar enojados y porque su miedo no se quitase,
suscedió una cosa extraña, y fue que este día mesmo adolescieron
muchos de ellos, y otro día siguiente murieron ocho hombres. Por
toda la tierra donde esto se supo hobieron tanto miedo de nosotros,
que parescía en vernos que de temor habían de morir. Rogáronnos que
no estuviésemos enojados, ni quisiésemos que más de ellos murieren,
y traían por muy cierto que nosotros los matábamos con solamente
quererlo; y a la verdad, nosotros recebíamos tanta pena de esto, que
no podía ser mayor; porque, allende de ver los que morían, temíamos
que no muriesen todos o nos dejasen solos, de miedo, y todas las
otras gentes de ahí adelante hiciesen lo mismo, viendo lo que a
éstos había acontecido. Rogamos a Dios Nuestro Señor que lo
remediase; y ansí, comenzaron a sanar todos aquellos que habían
enfermado, y vimos una cosa que fue de grande admiración: que los
padres y hermanos y mujeres de los que murieron, de verlos en aquel
estado tenían gran pena; y después de muerto, ningún sentimiento
hicieron, ni los vimos llorar, ni hablar unos con otros, ni hacer
otra ninguna muestra, ni osaban llegar a ellos, hasta que nosotros
los mandábamos llevar a enterrar, y más de quince días que con
aquéllos estuvimos, a ninguno vimos hablar uno con otro, ni los vimos
reir ni llorar a ninguna criatura; antes, porque uno llora, la
llevaron muy lejos de allí, y con unos dientes de ratón agudos la
sajaron desde los hombros hasta casi todas las piernas. E yo, viendo
esta crueldad y enojado de ello, les pregunté que por qué lo hacían,
respondiéronme que para castigarla porque había llorado delante de
mí. Todos estos temores que ellos tenían ponían a todos los otros que
nuevamente venían a conoscernos, a fin que nos diesen todo cuanto
tenían, porque sabían que nosotros no tomabamos nada, y lo habíamos
de dar todo a ellos. Esta fue la más obediente gente que hallamos
por esta tierra, y de mejor condición; y comúnmente son muy
dispuestos. Convalescidos los dolientes, y ya que había tres días
que estábamos allí, llegaron las mujeres que habíamos envíado,
diciendo que habían hallados muy poca gente, y que todos habían ido
a las vacas, que era en tiempo de ellas; y mandamos a los que habían
estado enfermos que se quedasen, y los que estuviesen buenos fuesen
con nosotros, y que dos jornadas de allí, aquellas mismas dos
mujeres irían con dos de nosotros a sacar gente y traerla al camino
para que nos recebiesen; y con esto, otro día de mañana todos los
que más resciosestaban partieron con nosotros, y a tres jornadas
paramos, y el siguiente día partió Alonso del Castillo con
Estebanico el negro, llevando por guía las dos mujeres; y la que de
ellas era captiva los llevó a un río que corría entre unas sierras
donde estaba un pueblo en que su padre vivía, y éstas fueron las
primeras casas que vimos que estuviesen parescer y manera de ello.
Aquí llegaron Castillo y Estebanico adonde nos había dejado, y trajo
cinco o seis de aquellos indios, y dijo cómo había hallado casas de
gente y de asiento, y que aquella gente comía frisoles y calabazas,
y que había visto maíz. Esta fue la cosa del mundo que más nos
alegró, y por ello dimos infinitas gracias a nuestro Señor; y dijo
que el negro vernía con toda la gente de las casas a esperar al
camino, cerca de allí; y por esta causa partimos; y andada legua y
media, topamos con el negro y la gente que venían a recebirnos, y
nos dieron frisoles y muchas calabazas para comer y para traer agua,
y mantas de vacas, y otras cosas. Y como estas gentes y las que con
nosotros venían eran enemigos y no se entendían, partimos de los
primeros, dándoles lo que nos habían dado, y fuimonos con éstos; y a
seis leguas de allí, ya que venía la noche, llegamos a sus casas,
donde hicieron muchas fiestas con nosotros. Aquí estuvimos un día, y
el siguiente nos partimos, y llevándoslos con nosotros a otras casas
de asiento, donde comían lo mismo que ellos; y de ahí adelante hobo
otro nuevo uso: que los que sabían de nuestra ida no salían a
recebirnos a los caminos, como los otros hacían; antes los hallábamos
en sus casas, y tenían hechas otras para nosotros, y estaban todos
asentados, y todos tenían vueltas las caras hacia la pared y las
cabezas bajas y los cabellos puestos delante de los ojos, y su
hacienda puesta en montón en medio de la casa; y de aquí adelante
comenzaron a darnos muchas mantas de cueros, y no tenían cosa que no
nos diesen. Es la gente de mejores cuerpos que vimos y de mayor
viveza y habilidad y que mejor nos entendían y respondían en lo que
preguntábamos; y llamémosles de las Vacas, porque la mayor parte que
de ellas mueren es cerca de allí, y porque aquel río arriba más de
cincuenta leguas, van matando muchas de ellas. Esta gente andan del
todo desnudos, a la manera de los primeros que hallamos. Las mujeres
andan cubiertas con unos cueros de venado, y algunos pocos de
hombres, señaladamente los que son viejos, que no sirven para la
guerra. Es tierra muy poblada. Preguntámosle cómo no sembraban maíz;
respondiéronnos que lo hacían por no
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De cómo seguimos el camino del maíz
asados dos días que allí estuvimos, determinamos de ir a buscar el maíz, y no quesimos seguir el camino de las Vacas, porque es hacia el Norte, y esto era para nosotros muy gran rodeo, porque siempre tuvimos por cierto que yendo la puesta del sol habíamos de hallar lo que deseábamos; y ansí, seguimos nuestro camino, y atravesamos toda la tierra hasta salir a la mar del Sur; y no bastó a estorbarnos esto el temor que nos ponían de la mucha hambre que habíamos de pasar, como a la verdad la pasamos, por todas las diez y siete jornadas que nos habían dicho. Por todas ellas el río arriba nos dieron muchas mantas de vacas, y no comimos de aquella su fruta; mas nuestro mantenimiento era cada día tanto como una mano de unto de venado, que para estas necesidades procurábamos siempre de guardar, y ansí pasamos todas las diez y siete jornadas y al cabo de ellas atravesamos el río, y caminamos otras diez y siete. A la puesta del sol, por unos llanos, y entre unas sierras muy grandes que allí se hacen, allí hallamos una gente que la tercera parte del año no comen sino unos polvos de paja; y por ser aquel tiempo cuando nosotros por allí caminamos, habíamoslo también de comer hasta que, acabados estas jornadas, hallamos casas de asiento, adonde había mucho maíz allagado, y de ello y de su harina nos dieron mucha cantidad, y de calabazas y frisoles y mantas de algodón, y de todo cargamos a los que allí nos habían traído, y con esto se volvieron los más contentos del mundo. Nosotros dimos muchas gracias a Dios nuestro señor por habernos traído allí, donde habíamos hallado tanto mantenimiento. Entre estas casas había algunas de ellas que eran de tierra, y las otras todas son de estera de cañas; y de aquí pasamos más de cien leguas de tierra, y siempre hallamos casas de asiento, y mucho mantenimiento de maíz, y frisoles y dábannos muchos venados y muchas mantas de algodón, mejores que las de la Nueva España. Dábannos también muchas cuentas y de unos corales que hay en la mar del Sur muchas turquesas muy buenas que tienen de hacía el Norte; y finalmente, dieron aquí todo cuanto tenían, y a mí me dieron cinco esmeraldas hechas puntas de flechas, y con estas flechas hacen ellos sus areitos y bailes; y paresciéndome a mí que eran muy buenas, les pregunté que dónde las habían habido, y dijeron que las traían de unas sierras muy altas que están hacia el Norte, y las compraban a trueco de penachos y plumas de papagayos, y decían que había allí pueblos de mucha gente y casas muy grandes. Entre éstos vimos las mujeres mas honestamente tratadas que a ninguna parte de Indias que hobiésemos visto. Traen unas camisas de algodón, que llegan hasta las rodillas, y unas medias mangas encima dellas, de unas faldillas de cuero de venado sin pelo, que tocan en el suelo, y enjabónanlas con unas raíces que alimpian mucho, y ansí las tienen muy bien tratadas; son abiertas por delante, y cerradas con unas correas; andan calzados con zapatos. Toda esta gente venía a nosotros a que los tocásemos y santiguásemos; y eran en esto tan importunos, que con gran trabajo lo sufríamos, porque dolientes y sanos, todos querían ir santiguados. Acontescía muchas veces que de las mujeres que con nosotros iban parían algunas, y luego en nasciendo nos traían la criatura a que la santiguásemos y tocásemos. Acompañábannos siempre hasta darnos entregados a otros, y entre todas estas gentes se tenía por muy cierto que veníamos del cielo. Entretanto que con éstos anduvimos caminamos todo el día sin comer hasta la noche, y comíamos tan poco, que ellos se espantaban de verlo. Nunca nos sintieron cansancio, y a la verdad nosotros estábamos tan hechos al trabajo, que tampoco lo sentimos. Teníamos con ellos mucha autoridad y gravedad, y para conservar esto les hablábamos pocas veces. El negro les hablaba siempre; se informaba de los caminos que queríamos ir y los pueblos que había y de las cosas que queríamos saber. Pasamos por gran número y diversidades de lenguas; con todas ellas Dios nuestro señor nos favoreció, porque siempre nos entendieron y les entendimos; y ansí, preguntábamos y respondían por señas, como si ellos hablaran nuestra lengua y nosotros la suya; porque, aunque sabíamos seis lenguas, no nos podíamos en todas partes aprovechar de ellas, porque hallamos más de mil diferencias. Por todas estas tierras, los que tenían guerras con los otros se hacían luego amigos para venirnos a recebir y traernos todo cuanto tenían, y de esta manera dejamos toda la tierra en paz, y dijímosles, por las señas porque nos entendían, que en el cielo había un hombre que llamabamos Dios, el cual había criado el Cielo y la Tierra, y que Este adorábamos nosotros y teníamos por Señor, y que hacíamos lo que nos mandaba, y que de su manovenían todas las cosas buenas, y que si ansí ellos lo hiciesen, les iría muy bien de ello; y tan grande aparejo hallamos en ellos que si lengua hobiera con queperfectamente nos entendiéramos, todos los dejáramos cristianos. Esto les dimos a entender lo mejor que podimos, y de ahí adelante, cuando él sol salía, con muy gran grita abrían las manos juntas al cielo, y después las traíanpor todo su cuerpo, y otro tanto hacían cuando se ponía. Es gente bien acondicionada y aprovechada para seguir cualquiera cosa bien aparejada. |
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De cómo nos dieron los corazones de los venados
n el pueblo donde nos dieron las
esmeraldas dieron a Dorantes más de seiscientos corazones de
venados, abiertos, de que ellos tienen siempre mucha abundancia para
su mantenimiento, y por esto le pusimos nombre el pueblo de los
Corazones, y por él es la entrada para muchas provincias que están a
la mar del Sur; y si los que la fueren a buscar por aquí no
entraren, se perderán, porque la costa no tiene maíz, y comen polvo
de bledo y de paja y de pescado, que toman en la mar con bolsas,
porque no alcanzan canoas. Las mujeres cubren sus vergüenzas con
yerba y paja. Es gente muy apocada y triste. Creemos que cerca de la
costa por la vía de aquellos pueblos que nosotros trujimos, hay más
de mil leguas de tierra poblada, y tienen mucho mantenimiento,
porque siembran tres veces en el año frisoles y maíz. Hay tres
maneras de venados: los de la una de ellas son tamaños como novillos
de Castilla; hay casas de asiento, que llaman buhíos, y tienen
yerba, y esto es de unos árboles al tamaño de manzanos, y no es
menester más de coger la fruta y untar la flecha con ella; y si no
tienen fruta, quiebran una rama; y con la leche que tienen hacen lo
mesmo. Hay muchos de estos arboles que son ponzoñosos, que si majan
las hojas de él y las lavan en alguna agua allegada, todos venados y
cualquier otros animales que de ella beben revientan luego. En este
pueblo estuvimos tres días, y a una jornada de allí estaba otro en
el cual tomaron tantas aguas, que porque un río cresció mucho, no lo
podimos pasar, y nos detuvimos allí quince días. En este tiempo,
Castillo vio al cuello de un indio una hebilleta de talabarte de
espada, y en ella cosido un clavo de herrar; tomósela y
preguntémosle qué cosa era aquélla y dijéronnos que habían venido
del cielo. Preguntémosle más, que quién la había traído de allá, y
respondieron que unos hombres que traían barbas como nosotros, que
habían venido del cielo y llegado a aquel río, y que traían caballos
y lanzas y espadas, y que habían alanceado dos de ellos; y lo más
disimuladamente que podíamos les preguntamos qué se habían hecho
aquéllos hombres, y respondiéronnos que se
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Cómo vimos rastro de cristianos
espués que vimos rastro claro de cristianos, y entendimos que tan cerca estábamos de ellos, dimos muchas gracias a Dios nuestro Señor por querernos sacar de tan triste y miserable captiverio; el placer que de esto sentimos júzguelo cada uno cuando pensare el tiempo que en aquella tierra estuvimos y los peligros y trabajos porque pasamos. Aquella noche yo rogué a uno de mis compañeros que fuese tras los cristianos, que iban por donde nosotros dejábamos la tierra asegurada, y había tres días de camino. A ellos se les hizo de mal esto, excusándose por el cansancio y trabajo; y aunque cada uno de ellos lo pudiera hacer mejor que yo, por ser más recios y más mozos; mas, vista su voluntad, otro día por la mañana tomé conmigo al negro y once indios, y por el rastro que hallaba siguiendo a los cristianos pasó por tres lugares donde habían dormido; y este día anduve diez leguas, y otro día de mañana alcancé cuatro cristianos de caballo, que recebieron gran alteracion de verme tan extrañamente vestido y en compania de indios. Estuviéronme mirando mucho espacio de tiempo, tan atónitos, que ni me hablaban ni acertaban a preguntarme nada. Yo les dije que me llevasen a donde estaba su capitán; y así, fuimos media legua de allí, donde estaba Diego de Alcaraz, que era el capitán; y después de haberle hablado, me dijo que estaba muy perdido allí, porque había muchos días que no había podido tomar indios, y que no había por dónde ir, porque entre ellos comenzaba a haber necesidad y hambre; yo le dije cómo atrás quedaban Dorantes y Castillo, que estaban diez leguas de allí, con muchas gentes que nos hablan traído; y él envió luego tres de caballo y cincuenta indios de los que ellos traían; y el negro volvió con ellos para guiarlos,y yo quedé allí, y pedí que me diesen por testimonio el año y el mes y día que allí habían llegado, y la manera en que venía, y ansí lo hicieron. De este río hasta el pueblo de los cristianos, que se llama Sant Miguel, que es de la gobernación de la provincia que dicen la Nueva Galicia hay treinta leguas. |
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De cómo envié por los cristianos
asados cinco días, llegaron Andrés
Dorantes y Alonso del Castillo con los que habían ido por ellos, y
traían consigo más de seiscientas personas, que eran de aquel pueblo
que los cristianos habían hecho subir al monte, y andaban escondidos
por la tierra, y los que hasta allí con nosotros habían venidolos
habían sacado de los montes y entregado a los cristianos, y ellos
habían despedido todas las otras gentes que hasta allí habían
traído; y venidos adonde yo estaba, Alcaraz me rogó que enviásemos a
llamar la gente de los pueblos que están a vera del río, que andaban
escondidos por los montes de la tierra, y que les mandásemos que
trujesen de comer, aunque esto no era menester, porque ellos siempre
tenían cuidado de traernos todo lo que podían, y envíamos luego
nuestros mensajeros a que los llamasen, y vinieron seiscientas
personas, que nos trujeron todo el maíz que alcanzaban, y traíanlo
en unas ollas tapadas con barro en que lo habían enterrado y
escondido, y nos trujeron todo lo más que tenían; mas nosotros no
quisimos tomar de todo ello sino la comida, y dimos todo lo otro a
los cristianos para que entre sí la repartiesen; y después de esto
pasamos muchas y grandes pendencias con ellos, porque nos querían
hacer los indios que traíamos esclavos, y con este enojo, al partir
dejamos muchos arcos turquescos, que traíamos, y muchos zurrones y
flechas, y entre ellas las cinco de las esmeraldas, que no se nos
acordó de ellas; y ansí, las perdimos. Dimos a los cristianos muchas
mantas de vaca y otras cosas que traíamos; vímonos con los indios en
mucho trabajo porque se volviesen a sus casas y se asegurasen y
sembrasen su maíz. Ellos no querían sino ir con nosotros hasta
dejarnos, como acostumbraban, con otros indios; porque si se
volviesen sin hacer esto temían que se morirían;
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De cómo el alcalde mayor nos recebió bien la noche que llegamos
omo el alcalde mayor fue avisado de nuestra salida y venida, luego aquella noche partió, y vino adonde nosotros estábamos, y lloró mucho con nosotros, dando loores a Dios nuestro Señor por haber usado de tanta misericordia con nosotros; y nos habló y trató muy bien; y de parte del gobernador Nuño de Guzman y suya nos ofresció todo lo que tenía y podía; y mostró mucho sentimiento de la mala acogida y tratamiento que en Alcaraz y los otros habíamos hallado, y tuvimos por cierto que si él se hallara allí, se excusara lo que con nosotros y con los indios se hizo; y pasada aquella noche, otro día nos partimos, y el alcalde mayor nos rogó mucho que nos detuviésemos allí, y que en esto haríamos muy gran servicio a Dios y a Vuestra Majestad, porque la tierra estaba despoblada, sin labrarse, y toda muy destruida, y los indios andaban escondidos y huidos por los montes, sin querer venir a hacer asiento en sus pueblos, y que los envíasemos a llamar, y les mandásemos de parte de Dios y de Vuestra Majestad que viniesen y poblasen en lo llano, y labrasen la tierra. A nosotros nos pareció esto muy dificultoso de poner en efecto, porque no traíamos indio ninguno de los nuestros ni de los que nos solían acompañar y entender en estas cosas. En fin, aventuramos a esto dos indios de los que traían allí captivos, que eran de los mismos de la tierra, y éstos se habían hallado con los cristianos; cuando primero llegamos a ellos, y vieron la gente que nos acompañaba, y supieron ellos la mucha autoridad y dominio que por todas aquellas tierras habíamos traído y tenido, y las maravillas que habíamos hecho, los enfermos que habíamos curado, y otras muchas cosas. Y con estos indios mandamos a otros del pueblo, que juntamente fuesen y llamasen los indios que estaban por las sierras alzados, y los del río de Petaan, donde habíamos hallado a los cristianos, y que les dijésen que viniesen a nosotros, porque les queríamos hablar; para que fuesen seguros, y los otros viniesen, les dimos un calabazo de los que nosotros traíamos en las manos (que era nuestra principal insignia y muestra de gran estado), y con éste ellos fueron y anduvieron por allí siete días, y al fin de ellos vinieron, y trujeron consigo tres señores de los que estaban alzados por las sierras, que traían quince hombres, y nos trujeron cuentas y turquesas y plumas, y los mensajeros nos dijeron que no habían hallado a los naturales del río donde habíamos otra vez huir a los montes; y el Melchior Díaz dijo a la lengua que de nuestra parte les hablase a aquellos indios, y les dijese cómo venía de parte de Dios que está en el cielo, y que habíamos andado por el mundo muchos años, diciendo a toda la gente que habíamos hallado que creyesen en Dios y lo sirviesen, porque era señor de todas cuantas cosas había en el mundo, y que él daba galardón y pagaba a los buenos, y pena perpetua de fuego a los malos; y que cuando los buenos morían los llevaba al cielo, donde nunca nadie moría, ni tenían hambre, ni frío, ni sed, ni otra necesidad ninguna, sino la mayor gloria que se podía pensar; y que los que no le querían creer ni obedecer sus mandamientos, lo sechaba debajo la tierra en compañía de los demonios y en gran fuego, el cual nunca se había de acabar, sino atormentarlos para siempre; y que allende de esto, si ellos quisiesen ser cristianos y servir a Dios de la manera que les mandásemos, que los cristianos tendrían por hermanos y los tratarían muy bien, y nosotros les mandaríamos que no les hiciesen ningun enojo ni los sacasen de sus tierras, sino que fuesen grandes amigos suyos; mas que si esto no quisiesen hacer, los cristianos los tratarían muy mal, y se los llevarían por esclavos a otras tierras. A esto respondieron a la lengua que ellos serían muy buenos cristianos, y servirían a Dios; y preguntados en qué adoraban y sacrificaban, y a quién pedían el agua para sus maizales y la salud para ellos, respondieron que a un hombre que estaba en el cielo. Preguntámosles cómo se llamaba, y dijeron que Aguar, y que creían que él había criado todo el mundo y las cosas de él. Tornámosles a preguntar cómo sabían esto, y respondieron que sus padres y abuelos se lo habían dicho, que de muchos tiempos tenían noticia de esto, y sabían que el agua y todas las buenas cosas las envíaba Aquél. Nosotros les dijimos que Aquel que ellos decían nosotros lo llamábamos Dios, y que ansí lo llamasen ellos, y lo sirviesen y adorasen como mandábamos, y ellos se hallarían muy bien de ello. Respondieron que todo lo tenían muy bien entendido, y que así lo harían; y mandámosles que bajasen de las sierras, y vinieron seguros y en paz, y poblasen toda la tierra, y hiciesen sus casas, y que entre ellas hiciesen una para Dios, y pusiesen a la entrada una cruz como la que allí teníamos, y que cuando viniesen allí los cristianos, los saliesen recibir con las cruces en las manos, sin los arcos y sin arma, y los llevasen a su casas, y les diesen de comer de los que tenían, y por esta manera no les harían mal; antes serían sus amigos; y ellos dijeron que ansí lo harían como nosotros lo mandábamos: y el capitán les dio mantas y los trató muy bien; y así, se volvieron, llevando los dos que estaban captivos y habían sido por mensajeros. Esto pasó en presencia del escribano que allí tenían y otros muchos testigos. |
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De como hecimos hacer iglesias en aquella tierra
omo los indios se volvieron, todos los de aquella provincia, que eran amigos de los cristianos, como tuvieron noticias de nosotros, nos vinieron a ver, y nos trujeron cuentas y plumas, y nosotros les mandamos que hiciesen iglesias, y pusiesen cruces en ellas, porque hasta entonces no las habían hecho; y hecimos traer los hijos de los principales señores y baptizarlos; y luego el capitán hizo pleito homenaje a Dios de no hacer ni consentir hacer entrada ninguna, ni tomar esclavo por la tierra y gente que osotros habíamos asegurado, y que esto guardaría cumpliría hasta que Su Majestad y el gobernador Nuño de Guzman, o el visorrey en su nombre, proveyesen en lo que más fuese servicio de Dios y de Su Majestad; despues de bautizados los niños, nos partimos para la villa de Sant Miguel, donde, como fuimos llegados, vinieron indios, que nos dijeron cómo mucha gente bajaba de las sierras y poblaban en lo llano, y hacían iglesias y cruces y todo lo que les hablamos mandado, y cada día teníamos nuevas de cómo esto se iba haciendo y cumpliendo más enteramente; y pasados quince días que allí habíamos estado, llegó Alcaraz con los cristianos que habían ido en aquella entrada, y contaron al capitan cómo eran bajados de las sierras los indios, y habían poblado en lo llano, y habían hallado pueblos con mucha gente, que de primero estaban despoblados y desiertos, y que los indios les salieron a recebir con cruces en las manos, los llevaron a sus casas, y les dieron de lo que tenían, y durmieron con ellos allí aquella noche. Espantados de tal novedad, y de que los indios les dijeron como estaban ya asegurados, mandó que no les hiciesen mal, y ansí se despidieron. Dios nuestro Señor, por su infinita misericordia, quiera que en los días de Vuestra Majestad y debajo de vuestro poder y señorío, estas gentes vengan a ser verdaderamente y con entera voluntad sujetas al verdadero Seénor que las crió y redimió. Lo cual tenemos por cierto que así será, y que Vuestra Majestad ha de ser el que lo ha de poner en efecto (que no sera tan difícil de hacer); porque dos mil leguas que anduvimos por tierra y por la mar en las barcas, y otros diez meses que despues de salidos de captivos, sin parar, anduvimos por la tierra, no hallamos sacrificios ni idolatría. En este tiempo travesamos de una mar a otra, y por la noticia que con mucha dlligencia alcanzamos a entender, de una costa a la otra, por lo más ancho, puede haber doscientas leguas, y alcanzamos a entender que en la costa del sur hay perlas y mucha riqueza, y que todo lo mejor y más rico están cerca de ella. En la villa de Sant Miguel estuvimos hasta 10 días del mes de mayo; y la causa de detenernos allí tanto fue porque de allí hasta la ciudad de Compostela, donde el gobernador Nuño de Guzman residía, hay cien leguas y todas son despobladas y de enemigos, y hobieron de ir con nosotros gente, con que iban veinte de caballo que nos acompañaron hasta cuarenta leguas; y de allí adelante vinieron con nosotros seis cristianos, que traían quinientos indios hechos esclavos; y llegados en Compostela el gubernador nos recebió muy bien, y de lo que tenía nos dio de vestir; lo cual yo por muchos días no pude traer, ni podíamos dormir sino en el suelo; y pasados diez o doce días partimos para Méjico, y por todo elcamino fuimos bien tratados de los cristianos, y muchos nos salían a ver por los caminos y daban gracias a Dios de habernos librado de tantos peligros. Llegamos a Méjico domingo, un día antes de la víspera de Santiago, donde del visorrey y del marqués del Valle fuimos muy bien tratados y con mucho placer recebidos, y nos dieron de vestir y ofrescieron todo lo que tenían, y el día de Santiago hobo fiesta y juego de cañas y toros.
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De lo que acontesció cuando me quise venir
espués que descansamos en Méjico dos
meses, yo me quise venir en estos reinos, y yendo a embarcar en el
mes de octubre, vino una tormenta que dio con el navío al través, y
se perdió; y visto esto, acordé de dejar pasar el invierno, porque
en aquellas partes es muy recio tiempo para navegar en él; y después
de pasado el invierno, por cuaresma, nos
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De lo que suscedió a los demás que entraron en las Indias
ues he hecho relación de todo lo
susodicho en el viaje, y entrada y salida de la tierra; hasta volver
a estos reinos, quiero asimismo hacer memoria y relación de lo que
hicieron los navíos y la gente que en ellos quedó, de lo cual no he
hecho memoria en lo dicho atrás, porque nunca tuvimos noticia
de ellos hasta después de salidos, que hallamos mucha gente de ellos
en la Nueva España, y otros acá en Castilla, de quien supimos el
suceso y todo el fin de allí de qué manera pasó, después que dejamos
los tres navíos porque el otro era perdido en la costa brava, los
cuales quedaban a mucho peligro, y quedaban en ellos hasta cien
personas con poco mantenimientos, entre los cuales quedaban diez
mujeres casadas, y una de ellas había dicho al gobernador muchas
cosas que le acaecieron en el víaje, antes que le suscediesen y esta
le dijo, cuando entraba por la tierra, que no entrase, porque ella
creía que él ni ninguno de los que con él iban no saldrían de la
tierra y que si alguno saliese, que haría Dios por eso muy grandes
milagros; pero creía que fuesen pocos los que escapasen o no
ninguno; y el gobernador entonces le respondió que él y todos los
que con él entraban iban a pelear y conquistar muchas y muy extrañas
gentes y tierras, y que tenía por muy cierto que conquistándolas
habían de morir muchos; pero aquellos que quedasen serían de buena
ventura y quedarían muy ricos por la noticia que él tenía de la
riqueza que en aquella tierra había; y díjole más, que le rogaba que
ella le diese las cosas que había dicha pasadas y presentes, quién
se las había dicho. Ella le respondió, y dijo que en Castilla una
mora de Hornachos se lo había dicho, lo cual antes que partiésemos
de Castilla nos lo había a nosotros dicho, y nos había suscedido
todo el víaje de la misma manera que ella nos había dicho. Y después
de haber dejado el gobernador por su teniente y capitán de todos los
navíos y gente que allí dejaba a Carvallo, natural de Cuenca, de
Huete, nosotros nos partimos de ellos, dejándoles el gobernador
mandado que luego en todas maneras se recogiesen todos a los navíos
y siguiesen su viaje derecho la vía del Pánuco, y yendo siempre
costeando la costa y buscando lo mejor que ellos pudiesen el puerto,
para que en hallándolo parasen en él y nos esperasen. En aquel
tiempo que ellos se recogían en los navíos, dicen que aquellas
personas que allí estaban vieron y oyeron
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