éxico fue una ciudad vehemente como el deseo que le dio origen. Esto se cuenta de su fundación:
Al amanecer, los cazadores buscaron aquel lago. Peregrinaron de un sitio a otro pero no encontraron rastros del sueño y, en cambio, su sed por la mujer iba en aumento. Un día, exhaustos, llegaron a un valle rodeado de montañas y volcanes. Entonces la vieron: una mujer de agua dormía recostada en el lecho del valle. Los hombres corrieron a su encuentro pero cuando creían tenerla entre sus manos, sólo tocaban el agua cristalina. Decidieron permanecer ahí donde un espejismo casi había hecho realidad su sueño. En la construcción de la ciudad cada uno recordó a la mujer: la gravidez de las caderas, el horizonte de su rostro, sus párpados tenues; también la brutalidad del asedio, la violencia al someterla. Así, lenguas de tierra y argamasa penetraron las aguas, barcas afiladas rasgaron los canales recién formados, palacios y chinampas flotaron como besos perennes. Los cazadores, medio cuerpo en el agua, se volvieron pescadores. Y en las redes que arrojaban al lago las noches de luna llena, intentaban apresar aquella mujer de plata que brillaba en la superficie del agua. Hoy México es una ciudad extinta como el deseo que le dio origen. A fuerza de buscar poseerla, los pescadores y los viajeros, siempre sedientos, terminaron por beberla. Hoy los visitantes se detienen en alguna de las montañas áridas que rodean el desierto. Sólo aves rapaces, cactáceas y reptiles se asientan en sus arenas ardientes. Entonces los visitantes huyen: presienten el cuerpo de la mujer de agua que dormía en el lecho del valle y se descubren una sed rotunda y desesperanzada, capaz de secarles el alma. (Del libro Los deseos y su sombra) |
ada vez que se
cortaba el pelo perdía un poco de memoria. Ella no l Entonces se miraba al espejo. Reparaba en el hilito que sobraba del suéter; reconocía sus hombros caídos y probaba a darles aliento: suspiraba profundamente. Observaba que el pelo le había crecido y que un mechoncillo rebelde se obstinaba en enfrentarla con la vida. Resolvía un nuevo corte. Y cada vez, el rechazo y el cabello rebelde hacían lo suyo. Un día, decidió cortar por lo sano. El mundo prometió paraísos trémulos e inexplorados, palpitantes como su cabeza rapada. (Del libro Paraísos trémulos)
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ste hombre
despierta mi hombre. Llega tarde a la cena de autores a la que he
sido invitada. Inapetente, apenas si he tocado un par de bocadillos.
Saluda y entre el alboroto, queda a mi lado. Es sencillamente un
encantador. Toca su flauta y ya me bamboleo y salgo de la cesta. Su
olor me abre. Platicamos sin ocuparnos de los otros: de las anguilas
que discurren ciegas por s PULSA AQUÍ PARA LEER RELATOS DE TEMA FANTÁSTICO |
uiero tu pubis de niña", dijo mi hombre mientras conducía el auto que nos llevaría esa noche hasta su casa. Después de recogerme en el aeropuerto se había dirigido a un restaurante donde cenamos sonrientes y silenciosos. Bueno, la verdad es que las miradas también nos alimentaron luego de meses en los que sólo habíamos mantenido contacto por teléfono y correo electrónico. Con certeza, sólo sabía tres cosas de él: que le gustaban los autos deportivos, que no bailaba tango aunque era argentino y que le apasionaban los libros que hablaban de la memoria. Había sido arriesgado viajar para conocerlo pero me decidió su indecisión, su escamoteo de agente viajero pernoctando en diferentes ciudades, su irrefrenable postergar nuestras citas. Una mañana tomé el teléfono y lo enfrenté: "Iré a California...". "¿Cuándo?", me preguntó sobresaltado. "Cuando tú estés...". No tuvo más remedio que aceptar. Entre los preparativos del viaje una amiga me sentenció: "Cuidado porque los argentinos las prefieren depiladas". Ante mi sorpresa, ella insistió: "Sí, depiladas, rasuradas, ni un pelo en la sopa o cuando más una raya a lo Hitler..." Me negué rotunda: "Pues por ahí empezaremos a discrepar. O me acepta con pelos y señales o no habrá trato".
Pero mi deseo
crecía conforme los días que nos separaban para el encuentro se
deshojaban. Alguna vez él me había dicho que desde su departamento
se veía el mar. Imaginé que mi deseo era una marejada que se alzaba
hasta el piso 22, que mi hombre abría la puerta del balcón y que mi
ola gigantesca lo inundaba. Salimos del restaurante y jugamos en el trayecto. "Te voy a devorar toda la noche", amenazó sin miramientos. Me besaba en los altos y toqueteaba mis senos y mis piernas. Ya casi para llegar escondió su mano en mi pubis y lanzó su súplica que era orden que fue promesa: en sus manos volvería a ser púber otra vez. Urgidos por tanta espera comenzamos a desvestirnos desde el elevador. Apenas entramos al departamento me condujo al baño entre besos y caricias sedientas. Entonces me apartó un instante para hacerse de tijeras, rastrillo, espuma. De modo que no era mentira. Obediente, lo dejé hacer. Se aplicó a la tarea de rasurarme como si podara un jardín de flores: cuidadoso, intransigente. En el espejo descubrí que mi pubis, albeante salvo por una misericorde línea central, sonreía con un virginal pudor neofascista. Me cargó en brazos hasta la cama. Comenzó a besarme con besos cortos y saltarines. Me tocaba con una delicadeza vehemente como si fuera yo una muñeca de porcelana y temiera romperme. De pronto, se detuvo: al pie de la cama hincó la rodilla y me ofreció hacerme un pastel, llevarme al acuario, mostrarme el final del arco iris si me abría de piernas y lo dejaba contemplarme. Mi pubis esbozó una carcajada franca, gozosa, impúdica para él. Yo me saboreaba su fascinación, su mirada eréctil que me esculpía como una estatua viviente. No pude resistir más. Al borde del naufragio, intenté atraerlo hacia mi interior para que juntos nos ahogáramos. Mi hombre dio un salto hacia atrás. Su cuerpo antes vigoroso era ahora el de un chiquillo: "Nunca he violado a una niña", gimoteó incapaz. Una hora más tarde estaba de regreso en el aeropuerto. Me marché con mi deseo. Tan intocado como una núbil ola adolescente.( De la serie 27 hombres y un desnudo) |