Sucedió en un
palacio
oda la
servidumbre de un palacio decidió retirarse a descansar por diversas
razones que no vienen al caso. Y, viéndoles marchar, sus amos se
reían: algunos con aplomo y otros ,
qué duda cabe, con gran delicadeza. El caso es que ninguno intentó
retenerlos y a la hora de comer acudieron en tromba a la cocina y,
al no saber qué hacer con la carne, el pescado y el resto de
alimentos _puesto que estaban crudos_, terminaron con todo el
embutido, la fruta y las verduras, sin lavar estas últimas y, aún
menos, aliñarlas. Nadie limpió, después, los desperdicios y, así, al
segundo día, la cocina exhalaba un olor nauseabundo. Dejaron de
jugar a sus sutiles, lúdicos, en suma, inteligentes, ligeramente
obscenos juegos recreativos y acabaron tendidos cada cual donde
pudo, uno al lado del otro, bajo aquellas arañas que otrora
iluminaron el más soberbio lujo y en las que ya habitaban sus
hermanas homónimas. Se morían de sed, pues asimismo nadie sabía
dónde hallar el agua necesaria, sino sólo el licor que antes los
embriagaba y que ahora quemaba sus pulidos gaznates. Ni qué decir,
olían desagradablemente, pese a haberse rociado, día tras día, el
cuerpo de perfume.
Pasado largo
tiempo, volvió la servidumbre. Con prontitud pusieron las cosas en
su sitio y todo volvió a ser como fue siempre. Sus amos, esta vez,
no se rieron, pero sí elaboraron un conjunto de leyes que, ladinos,
llamaron "Derechos y deberes de los trabajadores", plasmando
en un artículo la obligatoriedad, en caso de conflicto, de
establecer ciertos "servicios mínimos". |