Antonio Hernández

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Hay un fulgor que no ha perseverado

Si escribo es deserción

Vendrá pronto la luz con su muestrario

Renuncio a esta tristeza

Estremecido vi tu boca aprisa...

unas visión del NODO

Hay un fulgor que no ha perseverado

y ocupa el centro mismo del olvido.

A su raíz le ejecutó la flor

y vive enajenado de domingos.

 Debe saber que es pájaro y es liana,

enredadera, trenza de otro tiempo.

Vagamente ha de verse rodeado

de su muda canción, ya vago eco.

 Si es dios menguado, cascabel sin música,

un rescoldo de sí lo está tentando.

Como toda raíz saldrá a los aires

con el mismo temblor, en otro mayo.

 Inagotable fuerza del amor

que se repliega al eje de lo oscuro.

No tiene otro camino. Nuevamente

se verterá como un caudal su impulso.

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Si escribo es deserción

en lo creado,

mecánica del hombre,

pues sólo el hombre

escribe y se pregunta

sobre el mundo y su origen.

Con esta libertad que se atrapa

en su gesto, es norma de razón

mi oficio empecinado sin liberar semillas

como la flor aventa en sus colores

la ardiente opacidad

de la tierra

             y el pájaro

las mocedades del vergel.

Se sabe entonces

que no saber, repara,

y que el instinto esculpe

el destino sin fondo

que nunca esculpirá la inteligencia.

Temblor de alguna rama

que aún vive la memoria

vaga del paraíso,

dejo de antiguo mutis.

Igual que si te miro esta sorpresa:

la antigua de entender

cómo a los veinte años

el amor contenía la explicación del Cielo.

 

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 Vendrá pronto la luz con su muestrario

de emanaciones y a su sólo brillo

norma de manantial se hará el cuclillo

y su solsticio ascenderá el canario.

 Paso, dirá la vida, ¡Ah de diario!,

y en su avance de prado el caramillo

su silbo asociará con el anillo

de la azucena en mágico inventario.

 La creación se habrá puesto de celo

y no habrá labios donde no haya cielo,

vela por ala que no represente

 el parentesco en alma de estas cosas

distintas: los jilgueros y las rosas,

la luz y el mar, la niñez y la fuente..

 

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  Renuncio a esta tristeza,

pero cómo la quiero.

En sus harapos vive

la pulpa del que fuimos.

En ella amamos jóvenes

y tuvimos un reino.

 Renuncio a esta tristeza,

pero me amo en su vino.

La lluvia bordonea

tras los cristales, canta.

 Canta el otoño en ella

su terquedad de símbolo.

Renuncio a esta tristeza,

pero no a su guitarra:

hubo un amor en mí

por el que fui divino.

 Puede que de los años

nazca la claridad,

pero puede que nazca

con los ojos cautivos

en la memoria sola.

 La tristeza y la edad

son hijos del recuerdo

y el sueño fugitivos.

Canta un jilguero y gime,

airón de su pasado.

 De corazón nos queda

lo que ya hemos perdido.

Se ha hecho a nuestras lunas

que alumbraban la gloria

y ahora empleo de noches

quiere romper su sino.

 Renuncio a esta tristeza,

pero la necesito.

Ya he visto gerenciar

mi herencia a la innombrable.

A eso que es ceniza

le está poniendo piso.

 Renuncio a esta tristeza

pero no a sus desvanes

donde están desvelados

los juguetes de un niño.

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Estremecido vi tu boca aprisa

y no era todo, pero era el ave.

Asombro fuiste, pero no es la clave.

Más he caído en mí que en tu sonrisa.

Venía yo de penitencia. Y misa

necesitaba. Y la cantaste suave

como la noche que, aunque duerma, sabe

que oficia, oficia, oficia, oficia, oficia.

De mi sorpresa se creó el diamante.

De tu repente, el rayo. Y con ojeras

pulido me quedé como quien jura.

Mas de lo que amo a mí hay un instante.

Un destello que resta sus maneras.

Una salud que tiene calentura.

 

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UNA VISION DEL NODO

Estaba el Este triste como un guía

sin voz. Por el Oeste de la raya

un niño le enviaba a la muralla

la redondez azul de su alegría.

La pelota botaba y se volvía.

Era lo mismo cuando en la batalla

un hermano lanzaba la metralla

al otro, sin saber lo que se hacía.

Los niños, desde el Este, en las ventanas

descorrían visillos y campanas

hasta que el corazón lloraba, ciego.

La pelota seguía rebotando.

El niño del Oeste estaba dando

a Alemania más pena con su juego.

 

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