Carlos Briones

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Luz usada

Atalaya

Habitante del bosque

La llave

La otra orilla

 

Luz usada
Quedó tendido el tiempo
y nuestra piel
en el último rayo que entró por la ventana.
Cuando regrese el sol, tras la tormenta,
su luz estará usada:
en el color que habita entre mis manos
descubrirá que has sido mariposa.
 

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Atalaya
Los girasoles guardan
el secreto del tiempo
y dibujan sus órbitas.
Las olas de la mar
esconden la pasión
de lunas recurrentes.
Los pájaros comparten
su camino de estrellas
cada noche distinta.
Yo los miro, renazco
y me siento a esperar
lo que apenas intuyo.
 

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Habitante del bosque
Tengo un bosque sereno entre mis manos
con árboles que fluyen como esencias
azules del enebro.
Entre un rumor de pájaros y savias
se mecen los nogales
y tiemblan como lágrimas los sauces.
Sangra el drago en heridas de caoba
para que el haya juegue a ser cerezo
o se refleje el fresno en el abeto.
La humedad de los álamos, el sol de los olivos,
se trenzan en sus sombras como el sueño
blanco abedul, gris olmo, ébano negro.
Destilo el tejo, tejo el tilo: tengo
entre mis manos luz de los senderos
del bosque transparente de tu pelo.

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La llave

F

ue hecha por un cerrajero de una solvente firma italiana. Es una llave legítima. Cuando la vi, entré obstinado en la ferretería más prestigiosa de la ciudad. Me explicaron que no estaba hecha para ser usada. El tendero mayor me dijo, con mal disimulada inquietud, algo que decidí ignorar:

—Es la llave del tiempo. No se ha logrado reconstruir la cerradura para la que fue hecha.

Pregunté su precio; y después de incómodas consultas, vino un señor que no ocultaba su rango y me dijo que no estaba a la venta. Junto a él, y del trasfondo de la tienda, apareció un joven, algo distraído, al que los otros empleados llamaban Ingeniero Presto. Les mencioné, con soltura, ciertos artículos del Código. Se miraron. Nuestro Código no es perfecto; pero, en suma, es suficientemente preciso. Reglamenta con claridad que no se puede poner objetos a la venta y después negar ésta. Algo de Perogrullo, pero el legislador previó esta situación. Evidentemente, ese alarde de mi memoria los alertó, y me preguntaron si era abogado. Saqué, por segunda vez, creo, una de mis tarjetas de visita, y nuevamente me molestó percibir el exagerado relieve del sello de la Corte. La miraron y comenzaron de inmediato a llamarme Señor Juez, nominación que me incomodaba; si bien es cierto ya había sido nombrado, pero hasta el momento no había fallado en ningún caso.

Mis anfitriones tomaron una decisión rápida. Me hicieron pasar a la oficina del ingeniero: analizaron el compuesto mineralógico del metal, y me la vendieron de acuerdo al precio de cada uno de sus compuestos. El ingeniero y sus ayudantes actuaron con eficiencia. De otra oficina vino una longeva y etérea dama, y habló, en cinco idiomas, con la Bolsa de Metales de Londres: obtuvo los precios que en ese momento se barajaban. Cuando habló en japonés, reconozco, no entendí nada.

El fin de semana me llevé la llave a mi casa de campo: un peñusco de tierra donde, aledaño a lo que los lugareños llaman la casa patronal, construí un galpón, imitación museo, para las cerraduras que he ido alquilando con mis esfuerzos y con eso que los puristas llaman coimas.

He vuelto sano y salvo de numerosos viajes al extranjero, donde he puesto a prueba la habilidad de innumerables artesanos de Oriente y Occidente, incluidos nuestros vecinos suizos, más famosos por su fama que por su eficiencia, como así también, de una gran cantidad de expertos en computación, derrotados ante el desafío de crear una cerradura para mi llave.

En Fresno, California, mi amiga Amy Philpott organizó un programa de televisión con una Universidad Estatal para las Altas Matemáticas. Trescientas mil claves computarizadas de cerradura fueron puestas a prueba. Apoyada en mi pecho, flotando en el lago de su esposo, Amy, orgullosa, norteamericana y ofendida, calificó la llave de diabólica. Entonces la pseudo champaña de los extensos campos californianos me pareció dulce como su boca.

Una de mis nietas, creo que ya son cuarenta y cinco, después que saqué mis cosas de la oficina del presidente de la Superior Corte Federal, me hizo una entrevista, donde me preguntó por qué había comprado esa llave. Le dije lo que intuí en el momento de la compra; pero la niña no pudo comprender mis intuiciones elevadas al enigmático rango de razonamientos; las desatendió. Y reprodujo una pobre frase familiar: La llave que el abuelo siempre lleva encima. Mis familiares nos saben que la llevo siempre junto a mí para no olvidarme del accidente donde hace veinte años pereció mi mujer. El conductor, que ya no odio, era un talento de la velocidad que había obtenido el apoyo económico de mi mujer. Lo pensé, pero jamás se lo dije: me parecía grotesca esa conquista que no apreciaba su encanto ni la belleza de su cuerpo después de haber parido siete magníficos hijos. Cuando me dijo que iban a Monte Carlo, le pasé la llave, con la intención de estar presente hasta en los momentos más ingratos. El triste argumento era que daba suerte.

Pienso en ese pedacito de metal que fácilmente adquiere mi temperatura, que hasta olor a mí tiene. He llegado a sentir dolor cuando la he golpeado. Pienso en el origen de sus metales, en el primigenio hálito del Universo, y repito, para mi solaz, los trucos que con ella practico. La siento y la imagino recorriendo mis vísceras. Nada pierdo, pensé, cuando tomé la decisión. Originalmente, orgánicamente, todos somos un compuesto de todo, un compuesto de los elementos básicos; entonces pensé que la llave también podría pensar. Y si podía pensar, también podía sentir.

(Torino, 1973)

 

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La otra orilla

U

n hombre sueña: una esquina, una calle, y en el fondo de la calle, una casa. Sabe que sueña. Avanza, entre neblinas, por unos gastados piedrones negros y lustrosos. Entra en la casa. Después de la puerta de calle, un amplio corredor le ofrece posibilidades diversas. Abre una puerta interior. En una habitación amplia y en penumbras, un hombre, en un sillón dormita. Un hombre de unos cuarenta años, que no parece cansado ni preocupado.

El recién llegado lo observa. En una mesa cerca del sillón hay un libro. Siete Noches, es su título. El recién llegado se acerca al dormido. Primero con curiosidad, luego con estupor. Reconoce los rasgos de la cara, el abundante pelo negro, el rictus de los labios en descanso y la manera de dormitar con la cabeza apoyada en el pecho, las manos cruzadas y abandonadas. Estos detalles le son familiares, más que familiares, le son íntimos. El que está sentado se inclina, toma una hoja de papel y un bolígrafo, y comienza a escribir rápidamente. Al recién llegado le incomoda esta indiferencia.

Transcurre un instante, unos segundos, una suma de segundos.

El que escribe sigue concentrado en su quehacer. El otro no sale de su asombro. Observa con curiosidad y con inquietud controlada, reprimida. La letra del que escribe comienza a deformarse. Y sin interrumpirse le dice al recién llegado:

—Acabo de soñar conmigo mismo, y quiero seguir esa sugerencia de Borges, de manipular el producto más intenso de nuestra imaginación.

—También me parece estar soñando —dice el recién llegado.

—Lo sé, pero para usted que no es escritor no debe ser lo mismo que para mí.

—Naturalmente. Yo prefiero leer a escribir.

—No me dice nada nuevo.

—Yo también conozco algo de Borges —dice el recién llegado, con cierta, expresamente, mal disimulada vanidad—, y durante muchos años, siguiendo su recomendación, he aspirado a la dicha de comprender, más que a la de escribir.

—También lo sé —dice el que escribe sin interrumpir su quehacer.

El recién llegado pregunta:

—¿Se puede tener acaso dos personalidades?

—¿Qué quiere decir con eso de se puede? No sólo se puede, sino que se debe —le dice el que escribe, con cierta insistencia, con cierta entonación de convencimiento que denota más un deseo de convencer que de explicar—. De otra manera sería imposible —sigue—, no nos soportaríamos, no nos daríamos tregua.

—Me cuesta discutir sin imágenes —dice el otro interrumpiendo, pero el que escribe ignora la observación y sigue.

—Uno es uno, para uno; y uno es otro, para los demás.

—¿Cómo y cuándo —quiere saber el recién llegado— podré tener la certeza, la comprobación de esa ecuación?

—La calle existe, ¿no? —interroga y afirma el que escribe—, lleva el nombre de uno de los signos zodiacales; los piedrones negros y gastados, los sacaron hace algún tiempo. Usted estuvo una vez aquí, y le gusta soñarse aquí. Le gusta soñar que una parte suya; sólo una parte, se repite aquí, se encuentra aquí nuevamente, sin molestar, sin preocupar a nadie.

—Sí —responde con incomodidad el recién llegado.

—A veces, durante la vigilia (con el propósito de realizarlas evidentemente), usted ha tramado distintas arquitecturas oníricas. Quiero decir que se ha dormido con el propósito, con la esperanza, de soñar lo que usted quiere soñar. Y lo que usted quiere es soñar con la dueña de esta casa. Pero la dueña de esta casa sólo vigila su vigilia, donde usted cada vez le repite su veneración. ¿No es así? —pregunta el que escribe.

—Yo estaba convencido que uno soñaba lo que uno quería —argumenta el recién llegado—, y dudaba, todavía dudo, del Doble-Ser. Sin embargo he constatado algo con satisfacción. En mi modesto caso, a este y al otro lado de la vigilia, he reconocido con agrado una tranquila veneración por Rulfo, una serena pasión, platónica acaso, por Rosa Río-Zugmann, y un ardiente apetito carnal por esa muchacha que en algunos relatos eróticos se llama Ariadna Francis.

—Pero nada respalda su certeza de que no hay motivos para que sienta angustia al despertar —objeta el que escribe, sin abandonar su quehacer.

—Mi terror no es durante la vigilia —argumenta molesto el recién llegado—. Lo diré de otra manera, intento decirlo de otra manera: en mis sueños, algo se niega en mí a despertar. Los psicólogos (a los que he consultado, para dejar tranquila a mi mujer), sostienen que mi verdadero terror es al hecho de que, durante la vigilia, sin saberlo, yo pienso que me voy a dormir y a soñar eternamente. Los especialistas a los que he consultado son amigos míos, de manera que puedo asegurar que sus puntos de vista no están estrictamente apegados a los catálogos de interpretaciones. Sin que lo diga, no creo haberlo dicho, en verdad, le temo a la muerte, al tránsito hacia la muerte.

—¿Se refiere a ese tránsito lleno de mangueras y de tubos de oxígeno, con gente infeliz mirando la pantalla de algún aparato, e interpretando sus señales, al tránsito doloroso, a una agonía mortificante? ¿A eso se refiere? ¿Eso lo espanta?

—Mi ideal es una muerte durante el sueño, plácida, ignorada —confirma el recién llegado—. Me gustaría saber que mi regreso a la vigilia será feliz y no debajo de la carrocería de uno de esos artilugios que en Santiago de Chile se les llama micros —agrega con repudio.

—Una bala que lo mate, no una bala que lo despierte. ¿Ese es su ideal? —pregunta el que escribe.

—Disfruto, hasta donde puedo, de eso que llamamos vida, pero no estoy dispuesto a hacer nada por o para mantenerme en ella —reconoce el recién llegado y se sienta.

—Estamos de acuerdo —dice el que escribe. Y despierta.

(Londres, 1983)

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