Hoy, lecho simmons, hoy, potro de tortura para ella, me despido de ti, duermo en tus senos y caliento tus muslos de algodón como las playas de una isla a punto de perderse. Entro en el mar. Olvido inmensas noches en que la carne anduvo sola entre las sábanas, sin apenas saberlo. Hoy cama, oh simmons, toco tus caderas de resorte, beso tus pies amados, nado en tu vello de bestia jiña como sobre rebaños de corderos, y acaricio el hueco de una espalda que huyó las mantas, se enfrió con su luciérnaga en mi pecho y desplumó sus alas en mi piel de lagarto. |
¿No será mal negocio este que somos
A diario hacemos cuentas y balances, a diario negociamos con nuestros cuerpos y con nuestras almas. Inútilmente, a ciegas, sordos. Inútilmente. Inútil. Los dos robamos. Ambos somos venales. Nos vigilamos, nos enternecemos. Yo acaricio el talón de esta mujer, muy suavemente —con la yema de la yema de los dedos— buscando el punto débil, él talón del talón, el atajo más corto el inhollado centro de su vida. Inútilmente. Inútil. Y ella me toca a mí y me mira completo, con sus manos omnímodas. Busca un hueco en él torso, una fisura para hundir el brazo tras tesoros supuestos. Inútilmente. Inútil. Tal vez, acaso, a lo mejor, quizá, en él fondo, dicho de algún modo, en cierta forma, entonces, no lo sé, es posible: no nos hemos tocado, ni nos conocemos, ni hemos estado aquí, ni importa a nadie lo que nos suceda; y no somos humanos ni hemos sentido adentro cosa alguna —murallones calizos y abstrusos de la costa que se miran sin ojos y sin verse—, ni somos nadie ni existimos ni nada. |
Tengo que agradecerte, Señor —de tal manera todopoderoso que has logrado construir el más horrendo de los mundos—, tengo que agradecerte que me hayas hecho a mí tan bella en especial. Que hayas construido para mí tales tersuras, tal rostro rutilante y tales ojos estelares. Que hayas dado a mis piernas semejantes grandiosas redondeces, y este vuelo delgado a mis caderas, y esta dulzura al talle, y estos mármoles túrgidos al pecho. Pero tengo que odiarte por esta perfección. Tengo que odiarte por esa pericia torpe de tu excelso cuidado: me has construido a tu imagen inhumana, perfecta y repelente para los imperfectos
y me has dado la cruel inteligencia para percibirlo. Pero Dios, por encima de todo, sangro de furia por los ojos al odiarte cuando veo de qué modo primitivo te cebaste al construirme en mis perfectas carnes inocentes, pues no me diste sólo muñecas de cristal, manos preciosas —rosa repetida— o cuello de paloma sin paloma y cabellera de aureolada girándula y mente iluminada por la luz de la locura favorable: hiciste de mi cuerpo un instrumento de tortura lo convertiste en concentrado beso, en carnicera sustancia de codicia, en cepo delicioso, en lanzadera que no teje el regreso, en temerosa bestia perseguida, en llave sólo para cerrar por dentro. ¿Cómo decirte claro lo que has hecho, Dios, con este cuerpo? ¿Cómo hacer que al decidirlas, al hablar de este cuerpo y de sus joyas se amen a sí mismas las palabras y que se vuelvan locas y que estallen y se rompan de amor por este cuerpo que ni siquiera anuncian al sonar? ¿Por qué no haberme creado, limpiamente, de vidrio o terracota? Cuánto mejor yo fuera si tú mismo no hubieras sido lúbrico al formarme —eterno y sucio esposo— y al fundir mi bronce en tus divinas palmas no me hubieras deseado en tan salvaje estilo. Mejor hubiera sido, de una buena vez, haberme dejado en piedra, en cosa. |
Hay un tigre
en la casa |
Y si uno de esos ángeles |