EL BALCÓN
Había una ciudad que a mí me gustaba visitar en
verano. En esa época casi todo un barrio se iba a un balneario cercano.
Una de las casas abandonadas era muy antigua; en ella habían instalado un
hotel y apenas empezaba el verano la casa se ponía triste, iba perdiendo
sus mejores familias y quedaba habitada nada más que por los sirvientes.
Si yo me hubiera escondido detrás de ella y soltado un grito, éste
enseguida se hubiera apagado en el musgo.
El teatro donde yo daba los conciertos también tenía poca
gente y yo había invadido el silencio: yo lo veía agrandarse en la gran
tapa negra del piano. Al silencio le gustaba escuchar la música; oía hasta
la última resonancia y después se quedaba pensando en lo que había
escuchado. Sus opiniones tardaban. Pero cuando el silencio ya era de
confianza, intervenía en la música: pasaba entre los sonidos como un gato
con su gran cola negra y los dejaba llenos de intenciones.

Al final de uno de esos conciertos, vino a saludarme un
anciano tímido. Debajo de sus ojos azules se veía la carne viva y
enrojecida de sus párpados caídos; el labio inferior, muy grande y
parecido a la baranda de un palco, daba vuelta alrededor de su boca
entreabierta. De allí salía una voz apagada y palabras lentas; además, las
iba separando con el aire quejoso de la respiración.
Después de un largo intervalo me dijo:
—Yo lamento que mi hija no pueda escuchar su música.
No sé por qué se me ocurrió que la hija se habría quedado
ciega; y en seguida me di cuenta que una ciega podía oír, que más bien
podía haberse quedado sorda, o no estar en la ciudad; y de pronto me
detuve en la idea de que podría haberse muerto. Sin embargo aquella noche
yo era feliz; en aquella ciudad todas las cosas eran lentas, sin ruido y
yo iba atravesando, con el anciano, penumbras de reflejos verdosos.
De pronto me incliné hacia él —como en el instante en que
debía cuidar de algo muy delicado— y se me ocurrió preguntarle:
— ¿Su hija no puede venir?
Él dijo “ah” con un golpe de voz corto y sorpresivo; detuvo
el paso, me miró a la cara y por fin le salieron estas palabras:
—Eso, eso; ella no puede salir. Usted lo ha adivinado. Hay
noches que no duerme pensando que al día siguiente tiene que salir. Al
otro día se levanta temprano, apronta todo y le viene mucha agitación.
Después se le va pasando. Y al final se sienta en un sillón y ya no puede
salir.
La gente del concierto desapareció en seguida de las calles
que rodeaban al teatro y nosotros entramos en el café. Él le hizo señas al
mozo y le trajeron una bebida oscura en un vasito. Yo lo acompañaría nada
más que unos instantes; tenía que ir a cenar a otra parte. Entonces le
dije:
—Es una pena que ella no pueda salir. Todos necesitamos
pasear y distraernos.
Él, después de haber puesto el vasito en aquel labio tan
grande y que no alcanzó a mojarse, me explicó:
—Ella se distrae. Yo compré una casa vieja, demasiado grande
para nosotros dos, pero se halla en buen estado. Tiene un jardín con una
fuente; y la pieza de ella tiene, en una esquina, una puerta que da sobre
un balcón de invierno; y ese balcón da a la calle; casi puede decirse que
ella vive en el balcón. Algunas veces también pasea por el jardín y
algunas noches toca el piano. Usted podrá venir a cenar a mi casa cuando
quiera y le guardaré agradecimiento.
Comprendí en seguida; y entonces decidimos el día en que yo
iría a cenar y a tocar el piano. |
Él me vino
a buscar al hotel una tarde en que el sol todavía estaba alto. Desde
lejos, me mostró la esquina donde estaba colocado el balcón de invierno.
Era un primer piso. Se entraba por un gran portón que había al costado de
la casa y que daba a un jardín con una fuente y estatuillas que se
escondían entre los yuyos. El jardín estaba rodeado por un alto paredón;
en la parte de arriba le habían puesto pedazos de vidrio pegados con
mezcla. Se subía a la casa por una escalinata colocada delante de una
galería desde donde se podía mirar al jardín a través de una vidriera. Me
sorprendió ver, en el largo corredor, un gran número de sombrillas
abiertas; eran de distintos colores y parecían grandes plantas de
invernáculo. En seguida el anciano me explicó:
—La mayor parte de estas sombrillas se las he regalado yo. A
ella le gusta tenerlas abiertas para ver los colores. Cuando el tiempo
está bueno elige una y da una vueltita por el jardín. En los días que hay
viento no se puede abrir esta puerta porque las sombrillas se vuelan,
tenemos que entrar por otro lado.
Fuimos caminando hasta un extremo del corredor por un trecho
que había entre la pared y las sombrillas. Llegamos a una puerta, el
anciano tamborileó con los dedos en el vidrio y de adentro respondió una
voz apagada. El anciano me hizo entrar y en seguida vi a su hija de pie en
medio del balcón de invierno; frente a nosotros y de espaldas a vidrios de
colores. Sólo cuando nosotros habíamos cruzado la mitad del salón ella
salió de su balcón y nos vino a alcanzar. Desde lejos ya venía levantando
la mano y diciendo palabras de agradecimiento por mi visita. Contra la
pared que recibía menos luz había recostado un pequeño piano abierto, su
gran sonrisa amarillenta parecía ingenua.
Ella se disculpó por el hecho de no poder salir y señalando
al balcón vacío, dijo:
—Él es mi único amigo.
Yo señalé al piano y le pregunté:
—Y ese inocente ¿no es amigo suyo también?

Nos estábamos sentando en sillas que había a los pies de la
cama de ella. Tuve tiempo de ver muchos cuadritos de flores pintadas
colocados todos a la misma altura y alrededor de las cuatro paredes como
si formaran un friso. Ella había dejado abandonada en medio de su cara una
sonrisa tan inocente como la del piano; pero su cabello rubio y desteñido
y su cuerpo delgado también parecían haber sido abandonados desde mucho
tiempo. Ya empezaba a explicar por qué el piano no era tan amigo suyo como
el balcón, cuando el anciano salió casi en puntas de pie. Ella siguió
diciendo:
—El piano era un gran amigo de mi madre.
Yo hice un movimiento como para ir a mirarlo; pero ella,
levantando una mano y abriendo los ojos me detuvo:
—Perdone, preferiría que probara el piano después de cenar,
cuando haya luces encendidas. Me acostumbré desde muy niña a oír el piano
nada más que por la noche. Era cuando lo tocaba mi madre. Ella encendía
las cuatro velas de los candelabros y tocaba notas tan lentas y tan
separadas en el silencio como si también fuera encendiendo, uno por uno,
los sonidos.
Después se levantó y pidiéndome permiso se fue al balcón; al
llegar a él puso los brazos desnudos en los vidrios como si los recostara
sobre el pecho de otra persona. Pero en seguida volvió y me dijo:
—Cuando veo pasar varias veces a un hombre por el vidrio
rojo, casi siempre resulta que él es violento o de mal carácter.
No pude dejar de preguntarle:
—Y yo ¿en qué vidrio caí?
—En el verde. Casi siempre les toca a las personas que viven
solas en el campo.
—Casualmente a mí me gusta la soledad entre plantas —le
contesté.
Se abrió la puerta por donde yo había entrado y apareció el
anciano seguido por una sirvienta tan baja que yo no sabía si era niña o
enana. Su cara roja aparecía encima de la mesita que ella misma traía en
sus bracitos. El anciano me preguntó:
— ¿Qué bebida prefiere?
Yo iba a decir “ninguna”; pero pensé que se disgustaría y le
pedí una cualquiera. A él le trajeron un vasito con la bebida oscura que
yo le había visto tomar a la salida del concierto. Cuando ya era del todo
la noche fuimos al comedor y pasamos por la galería de las sombrillas;
ella cambió algunas de lugar y mientras yo se las elogiaba se le llenaba
la cara de felicidad.
El comedor estaba en un nivel más bajo que la calle y a
través de pequeñas ventanas enrejadas se veían los pies y las piernas de
los que pasaban por la vereda. La luz, no bien salía de una pantalla verde
ya daba sobre un mantel blanco; allí se habían reunido, como para una
fiesta de recuerdos, los viejos objetos de la familia. Apenas nos
sentamos, los tres nos quedamos callados un momento; entonces todas las
cosas que había en la mesa parecían formas preciosas del silencio.
Empezaron a entrar en el mantel nuestros pares de manos: ellas parecían
habitantes naturales de la mesa. Yo no podía dejar de pensar en la vida de
las manos. Haría muchos años, unas manos habían obligado a estos objetos
de la mesa a tener una forma. Después de mucho andar ellos encontrarían
colocación en algún aparador. Estos seres de la vajilla tendrían que
servir a toda clase de manos. Cualquiera de ellas echaría los alimentos en
las caras lisas y brillosas de los platos; obligarían a las jarras a
llenar y a volcar sus caderas; y a los cubiertos, a hundirse en la carne,
a deshacerla y a llevar los pedazos a la boca. Por último los seres de la
vajilla eran bañados, secados y conducidos a sus pequeñas habitaciones.
Algunos de estos seres podrían sobrevivir a muchas parejas de manos;
algunas de ellas serían buenas con ellos, los amarían y los llenarían de
recuerdos; pero ellos tendrían que seguir sirviendo en silencio.
Hacía un rato, cuando nos hallábamos en la habitación de la
hija de la casa y ella no había encendido la luz —quería aprovechar hasta
último momento el resplandor que venía de su balcón—, estuvimos hablando
de los objetos. A medida que se iba la luz, ellos se acurrucaban en la
sombra como si tuvieran plumas y se prepararan para dormir. Entonces ella
dijo que los objetos adquirían alma a medida que entraban en relación con
las personas. Algunos de ellos antes habían sido otros y habían tenido
otra alma (algunos que ahora tenían patas, antes habían tenido ramas, las
teclas habían sido colmillos), pero su balcón había tenido alma por
primera vez cuando ella empezó a vivir en él.
De pronto apareció en la orilla del mantel la cara colorada
de la enana. Aunque ella metía con decisión sus bracitos en la mesa para
que las manitas tomaran las cosas, el anciano y su hija le acercaban los
platos a la orilla de la mesa. Pero al ser tomados por la enana, los
objetos de la mesa perdían dignidad. Además el anciano tenía una manera
apresurada y humillante de agarrar el botellón por el pescuezo y
doblegarlo hasta que le salía vino.
Al principio la conversación era difícil. Después apareció dando
campanadas un gran reloj de pie; había estado marchando contra la pared
situada detrás del anciano; pero yo me había olvidado de su presencia.
Entonces empezamos a hablar. Ella me preguntó:
— ¿Usted no siente cariño por las ropas viejas?
— ¡Cómo no! Y de acuerdo a lo que usted dijo de los objetos,
los trajes son los que han estado en más estrecha relación con nosotros
—aquí yo me reí y ella se quedó seria—; y no me parecería imposible que
guardaran de nosotros algo más que la forma obligada del cuerpo y alguna
emanación de la piel.
Pero ella no me oía y había procurado interrumpirme como
alguien que intenta entrar a saltar cuando están torneando la cuerda. Sin
duda me había hecho la pregunta pensando en lo que respondería ella. Por
fin dijo:
—Yo compongo mis poesías
después de estar acostada —ya, en la tarde había hecho alusión a esas
poesías— y tengo un camisón blanco que me acompaña desde mis primeros
poemas. Algunas noches de verano voy con él al balcón. El año pasado le
dediqué una poesía.
Había dejado de comer y no le importaba que la enana metiera
los bracitos en la mesa. Abrió los ojos como ante una visión y empezó a
recitar:
—A mi camisón blanco.
Yo endurecía todo el cuerpo y al mismo tiempo atendía a las
manos de la enana. Sus deditos, muy sólidos, iban arrollados hasta los
objetos, y sólo a último momento se abrían para tomarlos.
Al principio yo me preocupaba por demostrar distintas maneras
de atender; pero después me quedé haciendo un movimiento afirmativo con la
cabeza que coincidía con la llegada del péndulo a uno de los lados del
reloj. Esto me dio fastidio; y también me angustiaba el pensamiento de que
pronto ella terminaría y yo no tenía preparado nada para decirle; además,
al anciano le había quedado un poco de acelga en el borde del labio
inferior y muy cerca de la comisura.
La poesía era cursi; pero parecía bien medida; con “camisón”
no rimaba ninguna de las palabras que yo esperaba; le diría que el poema
era fresco. Yo miraba al anciano y al hacerlo me había pasado la lengua
por el labio inferior; pero él escuchaba a la hija. Ahora yo empezaba a
sufrir porque el poema no terminaba. De pronto dijo “balcón” para rimar
con “camisón”, y ahí terminó el poema.
Después de las primeras palabras, yo escuchaba con serenidad
y daba a los demás la impresión de buscar algo que ya estaba a punto de
encontrar.
—Me llama la atención —comencé— la calidad de adolescencia
que le ha quedado en el poema. Es muy fresco y...
Cuando yo había empezado a decir “es muy fresco”, ella
también empezaba a decir:
—Hice otro...
Yo me sentí desgraciado; pensaba en mí con un egoísmo
traicionero. Llegó la enana con otra fuente y me serví con desenfado una
buena cantidad. No quedaba ningún prestigio: ni el de los objetos de la
mesa, ni el de la poesía, ni el de la casa que tenía encima, con el
corredor de las sombrillas, ni el de la hiedra que tapaba todo un lado de
la casa. Para peor, yo me sentía separado de ellos y comía en forma
canallesca; no había una vez que el anciano no manoteara el pescuezo del
botellón que no encontrara mi copa vacía.
Cuando ella terminó el segundo poema, yo dije:
—Si esto no estuviera tan bueno —yo señalaba el plato—, le
pediría que me dijera otro.
En seguida el anciano dijo:
—Primero ella debía comer. Después tendrá tiempo.
Yo empezaba a ponerme cínico, y en aquel momento no se me
hubiera importado dejar que me creciera una gran barriga. Pero de pronto
sentí como una necesidad de agarrarme del saco de aquel pobre viejo y
tener para él un momento de generosidad. Entonces señalándole el vino le
dije que hacía poco me habían hecho un cuento de un borracho. Se lo conté,
y al terminar, los dos empezaron a reírse desesperadamente; después yo
seguí contando otros. La risa de ella era dolorosa, pero me pedía por
favor que siguiera contando cuentos; la boca se le había estirado para los
lados como un tajo impresionante; las “patas de gallo” se le habían
quedado prendidas en los ojos llenos de lágrimas, y se apretaba las manos
juntas entre las rodillas. El anciano tosía y había tenido que dejar el
botellón antes de llenar la copa. La enana se reía haciendo un saludo de
medio cuerpo.
Milagrosamente todos habíamos quedado unidos, y yo no tenía
el menor remordimiento.
Esa noche no toqué el piano. Ellos me rogaron que me quedara,
y me llevaron a un dormitorio que estaba al lado de la casa que tenía
enredaderas de hiedra. Al empezar a subir la escalera, me fijé que del
reloj de pie salía un cordón que iba siguiendo a la escalera, en todas sus
vueltas. Al llegar al dormitorio, el cordón entraba y terminaba atado en
una de las pequeñas columnas del dosel de mi cama. Los muebles eran
amarillos, antiguos, y la luz de una lámpara hacía brillar sus vientres.
Yo puse mis manos en mi abdomen y miré el del anciano. Sus últimas
palabras de aquella noche habían sido para recomendarme:
—Si usted se siente desvelado y quiere saber la hora, tire de
este cordón. Desde aquí oirá el reloj del comedor; primero le dará las
horas y después de un intervalo, los minutos.
De pronto se empezó a reír, y se fue dándome las “buenas
noches”. Sin duda se acordaría de uno de los cuentos, el del borracho que
conversaba con un reloj.
Todavía el anciano hacía crujir la escalera de madera con sus
pasos pesados cuando yo ya me sentía solo con mi cuerpo. Él —mi cuerpo—
había atraído hacia sí todas aquellas comidas y todo aquel alcohol como un
animal tragando a otros; y ahora tendría que luchar con ellos toda la
noche. Lo desnudé completamente y lo hice pasear descalzo por la
habitación.
En seguida de acostarme quise saber qué cosa estaba haciendo
yo con mi vida en aquellos días; recibí de la memoria algunos
acontecimientos de los días anteriores, y pensé en personas que estaban
muy lejos de allí. Después empecé a deslizarme con tristeza y con cierta
impudicia por algo que era como las tripas del silencio.
|
A la mañana
siguiente hice un recorrido sonriente y casi feliz de las cosas de mi
vida. Era muy temprano; me vestí lentamente y salí a un corredor que
estaba a pocos metros, sobre el jardín. De este lado también había yuyos y
altos árboles espesos. Oí conversar al anciano y a su hija, y descubrí que
estaban sentados en un banco colocado bajo mis pies. Entendí primero lo
que decía ella:
—Ahora Úrsula sufre más; no sólo quiere menos al marido, sino
que quiere más al otro.
El anciano preguntó:
— ¿Y no puede divorciarse?
—No; porque ella quiere a los hijos, y los hijos quieren al
marido y no quieren al otro.
Entonces el anciano dijo con mucha timidez:
—Ella podría decirle a los hijos que el marido tiene varias
amantes.
La hija se levantó enojada:
— ¡Siempre el mismo, tú! ¡Cuándo comprenderás a Úrsula! ¡Ella
es incapaz de hacer eso!
Yo me quedé muy intrigado. La enana no podía ser —se llamaba
Tamarinda—. Ellos vivían, según me había dicho el anciano, completamente
solos. ¿Y esas noticias? ¿Las habrían recibido en la noche? Después del
enojo, ella había ido al comedor y al rato salió al jardín bajo una
sombrilla color salmón con volados de gasas blancas. A mediodía no vino a
la mesa. El anciano y yo comimos poco y tomamos poco vino. Después yo salí
para comprar un libro a propósito para ser leído en una casa abandonada
entre yuyos, en una noche muda y después de haber comido y bebido en
abundancia.
Cuando iba de vuelta pasó frente al balcón, un poco antes que
yo, un pobre negro viejo y rengo, con un sombrero verde de alas tan anchas
como las que usan los mejicanos.
Se veía una mancha blanca de carne, apoyada en el vidrio
verde del balcón.
Esa n oche, apenas nos sentamos a la mesa, yo empecé a hacer
cuentos, y ella no recitó.
Las carcajadas que soltábamos el anciano y yo nos servían
para ir acomodando cantidades brutales de comida y de vinos.
Hubo un momento en que nos quedamos silenciosos. Después, la
hija nos dijo:
—Esta noche quiero oír música. Yo iré antes a mi habitación y
encenderé las velas del piano. Hace ya mucho tiempo que no se encienden.
El piano, ese pobre amigo de mamá, creerá que es ella quien lo irá a
tocar.
Ni el anciano ni yo hablamos una palabra más. Al rato vino
Tamarinda a decirnos que la señorita nos esperaba.
Cuando fui a hacer el primer acorde, el silencio parecía un animal pesado
que hubiera levantado una pata. Después del primer acorde salieron sonidos
que empezaron a oscilar como la luz de las velas. Hice otro acorde como si
adelantara otro paso. Y a los pocos instantes, y antes que yo tocara otro
acorde más, estalló una cuerda. Ella dio un grito. El anciano y yo nos
paramos; él fue hacia su hija, que se había tapado los ojos, y la empezó a
calmar diciéndole que las cuerdas estaban viejas y llenas de herrumbre.
Pero ella seguía sin sacarse las manos de los ojos y haciendo movimientos
negativos con la cabeza. Yo no sabía qué hacer; nunca se me había
reventado una cuerda. Pedí permiso para ir a mi cuarto; y al pasar por el
corredor tenía miedo de pisar una sombrilla. |
A la mañana
siguiente llegué tarde a la cita del anciano y la hija en el banco del
jardín; pero alcancé a oír que la hija decía:
—El enamorado de Úrsula trajo puesto un gran sombrero verde
de alas anchísimas.
Yo no podía pensar que fuera aquel negro viejo y rengo que
había visto pasar en la tarde anterior; ni podía pensar en quién traería
esas noticias por la noche.
Al mediodía volvimos a almorzar el anciano y yo solos.
Entonces aproveché para decirle:
—Es mu y linda la vista desde el corredor. Hoy me quedé más porque
ustedes hablaban de una Úrsula, y yo temía ser indiscreto.
El anciano había dejado de comer, y me había preguntado en
voz baja:
— ¿Usted oyó?
Vi el camino fácil para la confidencia, y le contesté:
—Sí, oí todo; ¡pero no me explico cómo Úrsula puede encontrar
buen mozo a ese negro viejo y rengo que ayer llevaba sombrero verde de
alas tan anchas!
— ¡Ah! —dijo el anciano—, usted no ha entendido. Desde que mi
hija era casi una niña me obligaba a escuchar y a que yo interviniera en
la vida de personajes que ella inventaba. Y siempre hemos seguido sus
destinos como si realmente existieran y recibiéramos noticias de sus
vidas. Ella les atribuye hechos y vestimentas que percibe desde el balcón.
Sí ayer vio pasar a un hombre de sombrero verde, no se extrañe que hoy se
lo haya puesto a uno de sus personajes. Yo soy muy torpe para seguirle
esos inventos, y ella se enoja conmigo. ¿Por qué no le ayuda usted? Si
quiere yo...
No lo dejé terminar.
—De ninguna manera, señor. Yo inventaría cosas que le harían
mucho daño.
A la noche ella tampoco vino a la mesa. El anciano y yo
comimos, bebimos y conversamos hasta muy tarde de la noche.
Después que me acosté sentí crujir una madera que no era de
los muebles. Por fin comprendí que alguien subía la escalera. Y a los
pocos instantes llamaron suavemente a mi puerta. Pregunté quién era, y la
voz de la hija me respondió:
—Soy yo; quiero conversar con usted.
Encendí la lámpara, abrí una rendija en la puerta y ella me
dijo:
—Es inútil que tenga la puerta
entornada; yo veo por la rendija el espejo, y el espejo lo refleja a usted
desnudito detrás de la puerta.
Cerré en seguida y le dije que esperara. Cuando le indiqué
que podía entrar abrió la puerta de entrada y se dirigió a otra que había
en mi habitación y que yo nunca pude abrir. Ella la abrió con la mayor
facilidad y entró a tientas en la oscuridad de otra habitación que yo no
conocía. Al momento salió de allí con una silla que colocó al lado de mi
cama. Se abrió una capa azul que traía puesta y sacó un cuaderno de
versos. Mientras ella leía yo hacía un esfuerzo inmenso para no dormirme;
quería levantar los párpados y no podía; en vez, daba vuelta para arriba
los ojos y debía parecer un moribundo. De pronto ella dio un grito como
cuando se reventó la cuerda del piano y yo salté en la cama. En medio del
piso había una araña grandísima. En el momento que yo la vi ya no
caminaba: había crispado tres de sus patas peludas, como si fuera a
saltar. Después yo le tiré los zapatos sin poder acertarle. Me levanté,
pero ella me dijo que no me acercara, que esa araña saltaba. Yo tomé la
lámpara, fui dando la vuelta a la habitación cerca de las paredes hasta
llegar al lavatorio, y desde allí le tiré con el jabón, con la tapa de la
jabonera, con el cepillo, y sólo acerté cuando le tiré con la jabonera. La
araña arrolló sus patas y quedó hecha un pequeño ovillo de lana oscura. La
hija del anciano me pidió que no le dijera nada al padre porque él se
oponía a que ella trabajara o leyera hasta tan tarde. Después que ella se
fue, reventé la araña con el tacón del zapato y me acosté sin apagar la
luz. Cuando estaba por dormirme, arrollé sin querer los dedos de los pies;
esto me hizo pensar en que la araña estaba allí, y volví a dar un salto.
|
En el Café
del Teatro había mucho barullo, y fuimos a otro lado. El anciano estaba
deprimido, pero tomó en seguida las esperanzas que yo le tendía. Le
trajeron la bebida oscura en el vasito, y me dijo:
—Anteayer había tormenta, y a la tardecita nosotros estábamos
en el comedor. Sentimos un estruendo, y en seguida nos dimos cuenta que no
era la tormenta. Mi hija corrió para su cuarto y yo fui detrás. Cuando
llegué ella ya había abierto las puertas que dan al balcón, y se había
encontrado nada más que con el cielo y la luz de la tormenta. Se tapó los
ojos y se desvaneció.

— ¿Así que le hizo mal esa luz?
— ¡Pero, mi amigo! ¿Usted no ha entendido?
— ¿Qué?
—¡Hemos perdido el balcón! ¡El balcón se cayó! ¡Aquella no
era la luz del balcón!
—Pero un balcón...
Más bien me callé la boca. Él me encargó que no le dijera a
la hija una palabra del balcón. Y yo, ¿qué haría? El pobre anciano tenía
confianza en mí. Pensé en las orgías que vivimos juntos. Entonces decidí
esperar blandamente a que se me ocurriera algo cuando estuviera con ella.
Era angustioso ver el corredor sin sombrillas.
Esa noche comimos y bebimos poco. Después fui con el anciano
hasta la cama de la hija y en seguida él salió de la habitación. Ella no
había dicho ni una palabra; pero apenas se fue el anciano miró hacia la
puerta que daba al vacío y me dijo:
— ¿Vio cómo se nos fue?
— ¡Pero, señorita! Un balcón que se cae...
—Él no se cayó. Él se tiró.
—Bueno, pero...
—No sólo yo lo quería a él; yo estoy segura de que él también
me quería a mí; él me lo había demostrado.
Yo bajé la cabeza. Me sentía complicado en un acto de
responsabilidad para el cual no estaba preparado. Ella había empezado a
volcarme su alma y yo no sabía cómo recibirla ni qué hacer con ella.
Ahora la pobre muchacha estaba diciendo:
—Yo tuve la culpa de todo. Él se puso celoso la noche que yo
fui a su habitación.
— ¿Quién?
— ¿Y quién va a ser? El balcón, mi balcón.
—Pero, señorita, usted piensa demasiado en eso. Él ya estaba
viejo. Hay cosas que caen por su propio peso.
Ella no me escuchaba, y seguía diciendo:
—Esa misma noche comprendí el aviso y la amenaza.
—Pero escuche, ¿cómo es posible que?...
— ¿No se acuerda quién me amenazó?... ¿Quién me miraba fijo
tanto rato y levantando aquellas tres patas peludas?
—¡Oh!, tiene razón. ¡La araña!
—Todo eso es muy suyo.
Ella levantó los párpados. Después echó a un lado las cobijas
y se bajó de la cama en camisón. Iba hacia la puerta que daba al balcón, y
yo pensé que se tiraría al vacío. Hice un ademán para agarrarla; pero ella
estaba en camisón. Mientras yo quedé indeciso, ella había definido su
ruta. Se dirigía a una mesita que estaba al lado de la puerta que daba al
vacío. Antes que llegara a la mesita, vi el cuaderno de hule negro de los
versos.
Entonces ella se sentó en una silla, abrió el cuaderno y empezó a recitar:
—La viuda
del balcón... |