Freddy Sosa

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Quién pudiera temerle a tu silueta...

Y no pasará nada.

Me esconderé en el fondo del agua...

No me dejes morir en oficinas.

Cecini pascua, rura, duces.

Como el rastro de Dios.

Acerca del olvido.

Canción de un tren a punto de partir.

 

Quién pudiera temerle a tu silueta
y al borde de tus labios.
Quién pudiera aguardar agazapado
tu acento de mujer
o tu espalda inclinada o tu silencio.
Quién fuera el que te huye,
quién fuera el que te espera.
Quién fuera el que te tiembla
o te anochece.

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Y no pasará nada.
Trazará en un papel una línea lo más recta posible
en medio de los árboles
y borrará los árboles.
Y a mediodía comerá con un amigo
en un restaurant de la plaza del río
y brillará el sol sobre su copa de agua fresca.
Y no pasará nada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Me esconderé en el fondo del agua,
detrás del sol,
en los caminos nublados de los bosques.
Me hundiré en una barca,
naufragaré en un páramo,
me arrancaré los ojos.
Me dejaré tragar por un camino
al calor polvoriento del verano
y me refugiaré entre los leprosos.
Fingiré un partido político,
una consigna, un acto de heroísmo.
Me pondré un nombre.
Cruzaré doce muros,
saldré en las fotos,
hablaré con alcaldes y rectores
e iré a la fiesta vestido de payaso
fingiendo que soy otro.
Treparé a un árbol
y allí viviré siglos
de ciegas soledades.
Me convertiré en perro
e iré por las ciudades
buscando un pan en medio de la noche.
Me meteré en mi cama
y no saldré más nunca.
Me vestiré de lluvia.
Dejaré de fingir que no estoy loco.
Me perderé en mí mismo
para no ver tus ojos.

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No me dejes morir en oficinas

 

Dios de la lluvia que se sienta
con una taza de café en las manos
a mirar la tormenta.

Amo y señor de un perro perezoso
que tiene un pan en la alacena
y a su lado una mujer dormida.

Poderoso señor de un páramo sin casas.

Amo absoluto de un árbol de naranjas
que mira el mundo detrás de una botella.

Hazme un sitio en tu reino.

Mira qué desolados y hollados y marchitos
son mis grises dominios.

Mira cómo amanezco.

No me dejes morir en oficinas.

Sálvame del cristal y de los funcionarios.
Déjame un sitio contigo en la neblina.
Invítame a tu diestra.
Y pon vino en la mesa

mientras llego,

poderoso señor del sol y la tormenta.

 

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Cecini pascua, rura, duces.

Esta es mi última canción.
La canto agradecido.
Corté una espiga a la orilla de un lago.
Encendí un leño una noche de invierno.
Vi el viento agitando el cabello de un chico que iba en bicicleta.
Alguien me dio café mirándome a los ojos.
Escuche una canción en medio de la niebla.
Leí un cuento de Borges echado en un colchón junto a una chica.
Tuve un perro.
Vi amanecer.
Tuve en mi lengua el sabor de las moras.
Vi tus ojos.
Conocí el mar, la tempestad y la nieve.
Canté los pastos, los hombres, los caballos

 

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Como el rastro de Dios

Un mundo hecho de líneas, no de tiempo.
Una tarde en la nada de un azul infinito.
Un vacío inagotable sin segundos ni árboles.
Una eternidad muda, extendida y sin hechos.

El infinito acaba en este punto.
La eternidad es esto.
He aquí la estela musical de la sustancia
y aquí las huellas que en la arena deja un ser absoluto.
Más acá está la tarde que se va y que me deja
a solas con la nada indiferente.

Ser sólo uno y ya. No ser el otro.

O tener que morir para ya no estar solo
como un dios solitario que se muere.

 

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Acerca del olvido

  E

l olvido me hacía desaparecer. Cuando supe que era esto lo que me ocurría ya era demasiado tarde. Fue mi culpa. Lo atribuí a mis excesos literarios, a mi entrada brutal en los cuarenta, a mi imaginación. Comenzó por el codo izquierdo. Un día, buscando una mancha para untarle una crema, no lo encontré. Miré alarmado el espejo con el brazo levantado en un puño, como un marxista latinoamericano. En el lugar del codo había un vacío translúcido, como un gel transparente. Tengo por ley evitar las sorpresas. En el mundo hay leyes y hay sorpresas, y hemos de convertir a la sorpresa en ley. Así que me fui a la Universidad sin mi codo, esperando encontrarlo más tarde, cuando estuviera yo más calmado, más engranado al mundo cotidiano. Pero en la noche una parte de mi cadera ya no estaba. Y así, día tras día, fui perdiendo mi abdomen, mis brazos y mis piernas. Me aterrorizaba esperar a que llegara el turno de mi boca o mis ojos, porque ya no podría encubrir el vacío con la ropa, y tendría que quedarme en casa sin salir a la calle, y tendría que explicar mi ausencia en la Universidad. O sea, tendría que ver a un médico, y éste elaboraría una brillante ponencia que aparecería en congresos y revistas y vendrían caravanas del mundo entero a levantar mis sábanas para saber si aún me quedaba un resto de testículos o para palpar mi pecho y mis axilas. Si yo hubiera entendido lo que pasaba cuando sólo se trataba de pequeños brotes de vacío disimulables, hubiera detenido mi completa desaparición.  Cuando llamé a Marta, movido por la angustia, para explicarle lo que me pasaba —era la única persona a la que podía contarle todo sin reparos— fue que pude comprender lo que ocurría.
      Hacía dos años que no la llamaba. Yo la quería, y mucho. Pero no tenía tiempo para llamarla. No supe dónde escribí su número. Una vez la llamé y no estaba; y así un día tras otro. Ella seguramente había estado esperando dos años mi llamada, y esperando, esperando, la vida la empujó por sus caminos, la llevó de una acera a la otra, como a un papel periódico llevado por el viento, la estrelló aquí y allá, la moldeó, como una piedra noble llevada por el río. Llamé a su madre para saber su número y me respondió la contestadora. Al día siguiente en mi contestadora estaba el número de Marta. Temí no poder hablar en la lengua que nos amparaba y nos unía. “Sí. Digui”, escuché al otro lado del teléfono. Me asombró pensar que mi voz atravesaba corales, bancos de peces, pulpos, calamares, tiburones, peces de ojos saltones y de colores amarillos, a una velocidad de vértigo. Titubeé un poco, pero al cabo pude expresarme con corrección, incluso con dulzura. Hablé cuarenta y cinco minutos y colgué. Suficiente tiempo para condensar en el lenguaje de los conceptos dos años sin ella. Pero fue esto lo que me aturdió. Cuarenta y cinco minutos y no le dije nada de mi desaparición. Y lo peor: no sabía nada de ella, salvo los cursos que hacía, el costo de la renta del piso o la marca de su auto. Dejé la mano un momento sobre el teléfono colgado y al mirarla, de pronto, reparé en que me faltaba el dedo más pequeño. Y entonces fue cuando sospeché la horrorosa explicación: yo desaparecía en la misma medida en que Marta me olvidaba.
      Estúpidamente, todavía perdí tres días y casi todo mi cabello antes de volver a llamarla. Si hubiera podido salvar mi recuerdo en ella, reconstruir mi vida en su memoria, hacer que me quisiera como me quería el último día que nos vimos. Pero no podía decirle que su amor me salvaría, porque ya no sería amor sino necesidad. Me veía forzado a engañarla. Dejé en su contestadora el poema más hermoso que conozco: ese de Nazim Hikmet que dice “…el asfalto húmedo de las noches perfectas…” y esperé a que me llamara. No contestó. Esperando su llamada perdí una parte importante de mi mejilla izquierda, con lo cual el recurso de que me mirara a los ojos a través de una cámara conectada a Internet ya era imposible. Me quedaban horas antes de desaparecer por entero. Así que resolví llamarla una vez más y contárselo todo.
      Fue la peor decisión. Me dijo en castellano que yo sabía cuánto le gustaba la literatura fantástica y que me agradecía que la llamara, pero que tenía una audición esa misma tarde y que si yo quería la volviera a llamar mañana a las diez, que estaría saliendo de la cama. Quise gritarle, decirle que yo realmente la amaba, que dormí con su olor en mis manos estos años, que su voz me enternecía, que muchas veces creí despertar y tenerla conmigo, pero era inútil. Sólo pude decir con un hilo de voz “D’acord, Marta. Fins demà”, y colgar. La bocina se depositó sola en el aparato telefónico.

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Canción de un tren a punto de partir

M

oría el invierno del año 99 ¿recuerdas?, y yo sospechaba que era el mundo el que moría. Te vi caminando por la playa solitaria de un pueblecito al pie de una montaña desértica y te invité a seguir caminando en solitario, uno al lado del otro, y una sonrisa como un sol me atravesó como a un cristal. Para ti era normal mi cara y mi silueta recortada contra el mar, y era normal hablar con un desconocido a la orilla de un mar gris y frío, y era normal sentarse en un café y aceptar un cigarro y hablar como si fuéramos viejos amigos. Para ti eran normales el mar y el mundo. Pude haberte invitado a observar que no había peces, que el mar estaba herido, que la soledad nos acechaba, pero hubiera tenido que estrellar mis palabras en contra de tus ojos. Así que coincidí en contarnos la historia de nosotros, sin el mundo. Que eras de otras tierras. Que habías venido en tren. Que esperabas un chico allí, en el mismo sitio donde, entre el sol y la gente, lo habías conocido este mismo verano. Yo supe entonces que yo había venido de muy lejos sólo a mirar tus ojos. Y te dije que las horas o los segundos que nos quedaban, nos quedaban a ambos. Te dije que nada detendría el tren que venía a buscarte, pero que este tiempo era tan nuestro como la eternidad que le continuaría. Que habías venido aquí a cumplir con esta extraña tregua, con estas dos horas arrancadas, ganadas, a toda la soledad que nos sorprenderá mañana cuando nuestros trenes avancen juntos a destinos distintos. Y estuviste de acuerdo. Ibamos a encontrarnos, me dijiste. En el fondo del mar, a la entrada del metro, en una librería, esta tarde o ya viejos, íbamos a encontrarnos. Y para no dudarlo nos contamos cada uno la historia del otro. Yo te conté tu silencio en la mesa de tus padres, y te expliqué tu almohada y tu ventana, y el jardín de tu casa y el sabor del café, y la frase que has puesto con labial en tu espejo, y tu forma de asistir a la lluvia y tus noches sin llanto y tus pies desnudos a la orilla del mar, y tú me describiste una montaña y una casa de piedra, y una tarde de julio en que nacía la luz, y todo mi silencio y toda mi derrota, y mi sombra y mis pasos, y recitaste casi punto por punto un poema que he escrito y, cuando ya era la hora en que llegaba el tren, me dijiste que el mar no tenía peces y que la soledad había acudido tan puntual como siempre. Y entonces nos callamos. Salimos a la calle. Un guardia triste avanzaba contra el viento cuidándose del frío. Yo no quise quedarme con tu sombra hundiéndose en la calle y miré el mar.

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