stábamos con mi mujer debajo de la sombrilla. Ella leyendo una parte del diario; yo la otra. El paisaje casi solitario atrajo más mi atención que las noticias y abandoné esa página de informaciones (por otra parte, todas o casi todas terribles). Así, sentado, me puse a ver el mar que amo, lo desierto de la playa en ese marzo y dos mujeres que junto a la orilla se mojaban los pies mientras miraban distraídamente y charlaban. De pronto me di cuenta, o creí, que una de ellas, a quien llamaré “la polaca”, miraba hacia donde yo estaba. La atención dejó el paisaje y se concentró en ella.
—Mirá ese hombre, tan lejos (con su usual exclamación)... ¡Cómo se anima, qué barbaridad! —De todos modos, qué arriesgado. Y siguió leyendo con la atención que la caracteriza, comentándome de vez en cuando alguna noticia. Salido de este tema reapareció mi preocupación por “la polaca” —como ya a esa altura la había bautizado por su esbelta figura: rubia, nariz respingada, ojos que supuse claros—. Seguía mirando hacia mí. La tentación de un gesto (que ensayé mentalmente), me pareció algo sin posibilidad ni futuro. Renació mi interés, cuando justo su acompañante empezó a caminar por la orilla, alejándose bastante y ella se metió en el agua. Me dije: yo también quiero ir al agua. Si voy ahora, alguna palabra se puede cruzar... Pero, nuevamente, mi definición de que soy un hombre retirado de la “guerrilla urbana” (así le llamo al conocido como atraque), la ausencia de probabilidades y la presencia de mi mujer que —como es de imaginar— negaba toda chance, hicieron que desestimara la intención. No obstante seguí mirándola y, a veces, como el destino quiere ayudarme, la polaquita salió del agua, levantó su mano en busca de la atención de su amiga a lo lejos y se encaminó hacia ella. El camino del agua estaba ahora libre. Puse el pedazo de diario bajo un bolso y me encaminé hacia ese mar que añoro en la distancia y disfruto como un goce supremo cuando lo tengo cerca, o más cabría decir, cuando su inmensidad me abraza, me golpean sus olas, me arrulla como un canto de sirenas su ininterrumpida rompiente que se hace espuma en la orilla y cuyos últimos restos acuosos penetran en la arena; quizás para que las huellas del hombre se marquen, y para después que creyó imprimir esa huella (oh, lo efímero y transitorio de las cosas), venir con otra ola y borrar sus pisadas y la historia que esas pisadas trataban de contar. Digo esto, porque realmente el mar es mejor que cualquier diván, que cualquier terapia, más poderoso que cualquier otro dios. La sensación de frescura en los pies me sacó del ensimismamiento y ya fue vivencial pisar haciendo ruido y salpicando alrededor, hasta encontrarme con las primeras olas y el agua llegándome a la cintura. Eran las cinco de la tarde, más o menos; lo digo por la posición del sol. Parecía que estaba en una playa personal. Habría en ese momento, cuatro personas en cuatrocientos metros a la redonda. Una, mi esposa, impávida, leyendo a unos ochenta o noventa metros de donde yo estaba. Otros dos hombres, bien lejos, casi en el límite expresado y sí, bien cerca, en la orilla y precisamente mirando cómo yo jugueteaba con las olas, hacía la plancha, me zambullía debajo de alguna muy alta, se encontraba una mujer descalza con un pañuelo en la cabeza, con un vestido o salida de baño largo, color rojo y estoy seguro de que me miraba, le veía los dientes. Tenía, sin duda, expresión de risa. La tenía a veinte metros. Me tranquilizó pensar que estaría divirtiéndose con mis payasadas. Por un momento me sentí un tanto ridículo, pero el paisaje se impuso a mis ojos y olvidé todo y gocé esas gaviotas aterrizando y elevándose con una gracia inigualable. Pensé que una de ellas era Juan Salvador porque hacía todo lo que se le antojaba sin seguir las supuestas directivas o metas que esa hora de pesca indicaba a las otras de su especie. Algunas nubes a lo lejos, daban una impresión mágica al cuadro. Los rayos del sol se colaban por ellas, como a través de una seda, el fuego. Aun hacía mucho calor. El instante era en verdad inefable. Mi mujer, allá, leía. La mujer de la orilla seguía mirándome y parecía sonreír. Las figuras de las dos jóvenes se perdían en la lejanía, entre la bruma del agua y el espejismo de la superficie irregular. Los hombres, en el confín del cuadro, parecían cruzados de brazos, parados e inmóviles. Entonces, de pronto, mis pies no palparon ya la arena del fondo, el agua me cubrió, mis ojos se inundaron, salté y apareció el paisaje inmóvil con mi mujer a lo lejos leyendo sin mirarme (ella que siempre me seguía con su mirada cuando yo iba al agua), los hombres como estatuas clavadas en la distancia y las gaviotas detenidas en el aire en pleno vuelo. La chica que hasta un momento antes parecía divertirse con mis zambullidas y que siguió mirándome después, justo ahora había girado y estaba como viendo el mismo cuadro que yo pero dándome la espalda. Ella, ahora creo que no se reía de mis payasadas. Esa mujer simbolizaba algo. Esto lo pensaba en décimas de segundos en las cuales emergía y volvía a sumergirme buscando desesperadamente con las puntas de mis pies, un suelo donde apoyarme, una salvación. Además, no creía que fuera válido gritar en demanda de auxilio, yo que había visto sacar a tantos hombres que se estaban por ahogar o ya muertos y recordaba sus pálidos semblantes, yertos sobre la arena o en camino a un inútil hospital sobre una camilla. Quería hacerlo por mí mismo y sintiendo que era imposible, me dije que debía aguantarme sin gritar, sin nada; morir como se debe, sin escándalo, sin ruido, sin que nadie despertara. Al emerger, otra vez ese paisaje quieto, las inexistentes olas, algo extraño en la nariz y los pulmones que me decía que era la hora y tenía que ser fuerte, aguantar y morir sin decir nada. Pero también quería salir, buscaba afanosamente con los pies un sitio, un fondo en el cual hallar la salvación, aunque el nivel del agua parecía subir y bajar en mis ojos como cuando viera esas películas que la cámara toma la superficie y bajo el nivel alternadamente. Pensaba en mi mujer allá a lo lejos leyendo. Vi, o me pareció ver, que la mujer de la orilla tenía una piel extremadamente blanca, pálida diría, como una imagen singular de la muerte que me hubiera venido a buscar. Entonces grité, moví manos, pedí auxilio y al sumergirme de nuevo pensé que al salir ya alguien me habría visto. Pero el paisaje seguía como una fotografía y un velo que no podría traducir de qué materia se componía iba espesándose… el paisaje se diluía. Pensé que debía gritar más fuerte, que el viento en contra de la dirección de mi pedido se confabulaba para apagar la voz; junté nuevas fuerzas, salí y grité con todo lo que podía, vi que mi mujer a lo lejos, parecía ahora sí mirarme, pero de costado, simulando que seguía leyendo el diario. Calculé si no sería ésa la respuesta final a mi pretensión de mirar a la polaquita de hace un rato y a otras cosas que yo creí que nunca se había enterado. Y si las sabía y ahora no me miraba era para disimuladamente verme perecer. Como en una película, acudían memorias de lo estudiado sobre la vida de las arañas que se dejan hacer el amor y después matan al macho y lo devoran. Mis pies no encontraban lugar, el agua parecía estar conquistándome, mis miembros no articulaban movimiento alguno y sólo mi mente no moría. Los ojos, percibiendo un paisaje cada vez más nublado como si una membrana de humo que se engrosara cada vez más me separara de todas las cosas. Como última imagen, apareció la nítida figura de la mujer pálida que ahora me había vuelto a mirar, sonreía dulcemente mientras venía hacia mí —o eso creí—, sólo quedaron en el espacio y el tiempo, (ya que todo lo demás se había borrado), ella y yo, juntos. |
o cotidiano transcurría en toda la casa para sus habitantes sin que se alterara la normalidad. Sólo él advertía peculiares situaciones que no podía transmitir a los demás. Los chicos y la mujer entraban y salían, jugaban, comían, se bañaban, desordenaban y volvían a ordenar. No les atraía quedarse en la casa; más vale, pensaban que se sentían encerrados. Querían generalmente salir, ir al cine, al parque, a lo de los abuelos, a visitar a otros amigos. En cambio él prefería quedarse, trabajar fuera de la casa lo menos posible, dejarla deshabitada el menor tiempo. Apenas el necesario para cumplir las obligaciones, hacer un esporádico viaje o paseo. Sentía que esa casa, la suya, era un mundo completo, con vida. Creía que las paredes, los pisos, los techos, cada recoveco, guardaban un misterio, poseían una sensibilidad. Tanto que, en ausencia de los demás, alguien habría supuesto que hablaba solo, pero en realidad hablaba con la casa, con sus partes. Y no creía en duendes ni fantasmas ni mucho menos. Tampoco creía en el diálogo con los muertos, porque ese culto de hablar con los que ya no están le producía rechazo, representaba el culto al pasado y él no participaba de esas ideas; al contrario, era cientificista al extremo, pues sabía que después de la vida iba a convertirse en polvo y si había otro nivel no era de los cuerpos; en todo caso, sería apenas de almas, de energía, sería de ese último aliento que sale al expirar la vida. Envidiaba la perdurabilidad de esa casa. De “ésa” porque era la suya, porque estaba invadida por su ser. En ella había crecido, jugado. En esa casa habían vivido con él sus padres y sus abuelos. En cada una de esas habitaciones leía memorias que parecían aparecer y restablecerse en realidad. En momentos en los que su esposa e hijos se iban y quedaba solo, caminaba el corredor que une los dormitorios, se detenía en el comedor diario, miraba el reloj que desde hacía cincuenta años estaba sobre la biblioteca, privado de funcionar porque su tic-tac era para él tan sonoro que lo despertaba, así como su gong. Se sentaba y en el medio del silencio, aparecían supuestos pasos que trataba de identificar. Esos son los pasos de mi padre. Esos otros los de mi abuelo. Esos tacos secos los de mi abuela. Ese ruido lejano de agua, viene de la cocina. Esa puerta que se cierra, la del patio al living. Ese crujido, de este mueble. Ese otro, del ropero inglés. Aquel sonido de pasos, el de mis pasos. Los ruidos que vienen del patio, mi hermano y yo jugando. Esos golpes como bombas seguidos de protestas, de mi madre a quien le duele la cabeza y está encerrada en su dormitorio todo oscuro. También mi hermano y yo jugando a la paleta en el patio y un vidrio más que rompemos de la mampara. Nosotros escondiéndonos para no ligarla. Ese llanto que se escucha es el mío o el de mi hermano, agarrados in fraganti, después de hacer una macana. Recuerdos, recuerdos como una película que pasara lentamente, memoria de hace mucho o momentos no sometidos a la temporalidad profana en los que la casa es manipuladora del pasado, sólo cuando el hombre está solo y sólo cuando además de solo, piensa en la casa y la casa le responde con ese artilugio de hacerlo sentir como sentado en la butaca de un cine viendo su historia. La casa, tan misteriosa como la rosa. Y como ella, dentro contiene algo distinto. La casa es la de adentro. Porque mirada desde afuera o enfrente, desde la terraza o el patio, ya no es la misma. Es la fachada o un frente, o el techo. La casa tiene como el hombre, o como la rosa, su sí mismo en lo interior, no en lo externo. Lo de afuera puede diferir, aunque el rostro de una persona exprese su fuero íntimo como lo que se ve desde afuera de una casa revele un tanto lo que contiene.
Y así, el hombre
ingresa a un pliegue temporal en el que desaparece por completo lo
cotidiano. Desaparecen los muebles que ahora la visten y las cerámicas del patio y el empapelado de las paredes y regresan aquellos viejos muebles que alguna vez rayaron con un triciclo, la vieja escalera que conduce a la terracita y la otra, que llevaba de allí a la terraza. Vuelven el cielo aquél, las meriendas del invierno, la radio, las llegadas de la escuela, la vieja bañera de fierro en el baño inmenso, el patio, las macetas, los helechos y los geranios, la pileta de lavar, la Olivetti negra, portátil, del viejo allá a lo lejos en el escritorio, los cuadros que su tío Jorge hizo, reproduciendo a Degas y Utrillo, instalados en el comedor que ostentaba esa araña preñada de caireles. Las celosías tantas veces barnizadas. El tintineo de las copas guardadas, al son del tranvía que pasaba a media cuadra. El timbre que sonaba a la mañana y el lechero tuerto que bajaba de un sulky, o un carro tirado por un obediente caballito, apoyaba sobre la rodilla un tanto levantada, sobre la punta de un pie, el tarro grande y volcaba midiendo generosamente los litros en el hervidor que la abuela le arrimaba. Vuelven las tortas negras caseras, el Toddy, Oscar Rovito haciendo de Tarzán a las seis de la tarde de lunes a viernes. Los partidos en la calle, con Ernesto, Juan Carlos, Mario, Eugenio, Carlitos, Bazán y el gringuito de la panadería. Vuelve el club de la infancia, el fanatismo por Ñuls, su camiseta, los partidos interminables contra su hermano de Central. Vuelve el primer televisor, esa maravilla que hacía que el abuelo no creyera lo que estaba viendo. Vuelve otro horizonte de casas altas pero sin edificios, la plaza López, el parque de la ancianidad, las barrancas, los amigos, las peleas, el camino a la escuela que podría haber recorrido ciego, identificando cada casa, la cuadra del hospital que entonces era más sucia todavía y daba asco el olor que uno sentía, al pasar nomás. De pronto, los gritos de los chicos rompen la situación y la casa calla. Enmudecen las paredes y las memorias. Es el intervalo de la infancia, en el que la luz aparecida después de horas de casi oscuridad, molesta y hace que el hombre se restriegue los ojos con las dos manos y empiece a escuchar la voz de su mujer diciéndole a los chicos que papi no está y los chicos insistiendo a los gritos, llamando: papá, papi, dónde estás. |
distinta. Cada palabra nos acerca o aleja de nosotros. Ser y estar en el otro es la manera de amar.
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Poema del amor y de la
muerte
Olvidar
todas las ausencias
Recordar
ese rito desgarrado |
La mujer del tiempo
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