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El malamor
La muchacha, la del cabello oscuro |
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erdí esta mano como resultado de
una pasión otoñal. |
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Luego de la preferencia de Isidora por el otro la noche del baile,
tenía por descontado que había perdido el primer round. Maquinaba
entonces una buena estrategia para asegurarme el segundo. |
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EufemiaI ¡Ah, tu cabeza me asustó!... Fluía de ella una ignota vida... Parecía no sé qué mundo anónimo y nocturno... Delmira Agustini 1
uién iba a decirme que el amor iría a traer aparejada esta angustia, tres amores después de la ida, y el alma que no acierta en la alegría, melancolía, destellos de segundos, más, belleza más perfecta pero no calma el corazón, cada vez. Deambula el espíritu del poeta de aquí a allá sin posarse, las manos, delgadas, largas, y su voz, honda y lenta, ojos de almendra, pelo de cerveza efervescente y esa ausencia, ese silencio, tal vez fuera el camino por el que yo no debiera de haber ido. Tres idas y se repite: de nuevo estoy a las puertas del sepulcro. 2
Pero
regreso y te encuentro, inmóvil frente a mí, tu nariz de aletas
anhelantes, los labios en serena sonrisa, qué raro, me dices, sí, me
parece extraño tu amor, y ya lo creo, puesto que no soy más que la
caparazón apenas contingente de un monstruo de mil faccio 3 Alberto encarna el suspiro de un niño nacido en el balbuceo de un pensamiento, Eufemia flota silenciosa en la alborada, a su lado. Los algarrobos sin hojas destejen harina sobre el cielo violáceo; amanece. Flota, tu pelo espumoso, tu velo, celeste, en el aire de la madugada, tus pies largos, tus manos largas. Eufemia. Rodillas agudas y piernas doradas. Se acercan unidos por los hombros a la orilla del agua, luego la muchacha arrima su pie. Se estremece, le mira, riendo (risa de dientes, Eufemia, risa dorada). De pronto, cae. Las manos de Alberto se estiran, horror no puede alcanzarla, Eufemia lentamente cae, flotando y el agua la traga, abajo del río se la ve difusa, figura de pájaro azul que se desvanece horror y Alberto no puede alcanzarla. Después desaparece para siempre. 4 _Has vuelto a la vida puede afirmarse... y lo haces llorando _me dijo Adriana con ademán de perplejidad. _Es cierto. No sé qué me pasa _mentí. Aún tenía el rostro mojado. Me sequé con el borde de la sábana. Me toqué la cabeza con cautela. La tenía cubierta con algo duro. El médico, benevolente, me explicó: _Se la hemos vendado con gasa enyesada, para proteger la zona de la operación. ( |
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I Por ti me duelen los pesados perfumes del estío: por ti vuelvo a acechar los ginos que precipitan los deseos, las estrellas en fuga, los objetos que caen. Pablo Neruda 1 Que renunciar a ti fue como arrancarme el corazón, no lo sabes. No soportar los tirones de los sentimientos no poder aclarar un camino; los recelos, las miradas, esa maraña interior que laboriosamente ha creado sobre nosotros y en nosotros la Humanidad (Adriana, los chicos, mi madre, mi padre, mis parientes, los parientes de mis parientes, toda la ciudad está llena de ellos aquí y allá, hacia atrás en el tiempo, las paredes están cargadas de sus pensamientos) rostros de humo que sobrevuelan mi ánimo al ir a verte, mi corazón en vez de cantar al cielo se desliza como apesadumbrado, tiene miedo... ¡miedo de amar, Eufemia, estoy loco!... Adriana me mira desde dentro de mí, incapaz de darme alegrías pero bien capaz de impedírmelas, hasta el grado de que no puedo amar, Eufemia. ¿Producirá tal vez un milagro tu voz distante, la no escuchada, o te consumirás callando? La simple enunciación sea quizás una esperanza, acaso no esté perdido mi corazón aún. 2
La sola idea de que me olvides acentúa aquel escocer atá 3 No viniste. La plaza estaba llena de ruidos bajo el cielo gris, gente cruzando a mi lado y mirándome _siempre me miran_ las torres de la iglesia infladas de luz, sobrevolando el pórtico, tallas barrocas de terminación sutil, vitraux, fragmentos de vidrios astillados por alguna pedrada cruel percibo, la Virgen, no viniste. Mi corazón pese a estar preparado incubó tristeza, la tristeza angustia, melancolía de ti. Luego me fui caminando despacio, por entre el humo de los autos, la niebla, las luces de los comercios, el violeta espeso del cielo. 4 Adriana te sacude tomándote del brazo te sacude con violencia y la miras sorprendida, el corazón lo tengo dentro de esa leve opresión que no cesa, las manos y los pies atados sin poder hacer nada, tiemblas sin defenderte y Adriana sigue su tarea precisa, por fin consigue conmover tu cuerpo y un pedazo de tu cabello, cae, luego tu frente y así de a pedazos vas desmoronándote y por fin desapareces. Al lado se oyen las respiraciones y el silencio, el fru_fru del delantal almidonado de alguna enfermera y esta soledad que no cesa. Adriana se ha ido apenas se desmoronó tu cuerpo, seguramente ha subido satisfecha a su auto gacel, ha viajado las pocas cuadras hasta casa aspirando su propio perfume de colonia y cosméticos y tal vez un cigarrillo francés; mi corazón está aquí de nuevo, junto a lo que no soy, adentro de este cuerpo. ¿Adónde vagarás ahora que no puedo imaginarte? 5 Ella me miró como asombrada con sus ojos café. _¿Te sucede algo? _me dijo. _No sé. Tal vez he estado soñando. Eufemia se quedó mirándome largo rato, junto al río. Yo seguía silencioso. Cuando se me dio hablar, dije: _¡Qué extraño!... Adriana... los chicos... mi familia, la familia de mi familia... ¡parecían tan reales!. (Orillas del Limpopo, 6 de julio de 1988) |
La muchacha, la de cabello oscuro...
La muchacha, la de cabello oscuro Daniel Viglietti
ubió en una parada antes de Porteña. Habíamos concertado un código
para reconocernos: yo debía llevar bajo del brazo un ejemplar del
diario La Opinión; al comprobarlo, me diría "Parece que López Rega
se va"; le contestaría: "aún así, la caza de brujas sigue". Pero
apenas subió supe que era ella. Incongruente en medio de todas las
gringuitas de los poblados aledaños que iban a los boliches de San
Francisco en esa noche de sábado, con su vaquero gastado, camisa
blanca de hombre, el pelo oscuro, suelto, cayendo larguísimo hasta
más abajo de los pechos. Pensé en lo inútil que hubiera sido
disfrazarnos; esos ojos, esos modos adustos, reconcentrados... era
como si un sutil uniforme vistiera, desde el éter, a los compañeros.
Me tomaron completamente desprevenido, debo reconocerlo, volvía de
mi trabajo en la planta de Magnasco, en mi motocicleta, cuando me
encerraron entre dos autos, un Peugeot 504 y un Falcon, lo recuerdo.
En un santiamén me palparon de armas _alcancé a ver que ellos las
tenían de todo tipo_ y tomándome de la nuca, casi con cariño me
hicieron subir al Falcon, dejando allí mi moto abandonada.
¿Por qué lo cuento ahora? Mas bien, ¿por qué lo escribo? Tal vez
quienes fuimos tocados por esta singular suerte de ser
sobrevivientes necesitamos constatar una y otra vez la realidad de
nuestra experiencia. O sacar conclusiones. O sencillamente dotar de
superlativa objetividad a cada aspecto del presente cercano, ya
librado de la horrenda situación pasada.
Escribo esto mientras desde la ventana y a través de las cortinas de
color pastel trasciende levemente el sol. Son las seis y cinco de la
mañana. Desde el rincón con la pequeña mesita sobre la que apoyo mi
cuaderno, puedo adivinar el color plomizo del Adriático, que murmura
perceptiblemente pues aún no ha comenzado el trajinar cotidiano de
esta pequeña ciudad de pescadores. Sobre la pared a mi derecha hay
un cuadro, un dibujo enmarcado; en su vidrio refleja dulcemente el
sol. El sol esparce alrededor de la ancha cama una gasa de luz que
delinea aureolando uno por uno los cabellos del niño; esos cabellos
oscuros como los de su madre y la frente ancha, combada, como la de
su padre. Yace dormido junto a la mujer, de rostro sereno, que aún
descansa, envolviendo su hombro con la mano izquierda y apoyando sus
largos dedos en el pecho del niño. Esa muchacha que al mirarla
humedece mis ojos con su leve respirar sin sobresaltos, llenando mi
consciencia de sentimientos que hasta hoy no conocía. Esa muchacha,
la de cabello oscuro; la que subió a mi vida una parada antes de
Porteña, y ya no se bajará más. |