Novia lejana de la faz de cera, dulce adorada de melena rubia, añorando tu boca-primavera sueña el poeta mientras cae la lluvia. Canta el agua sus arias otoñales… dulce nostalgia de tu voz de seda, que cantara divinos madrigales, bajo el palio triunfal de la arboleda. Roza una hoja la dolida frente… -visión amada de la blanca mano que me da su caricia transparente- Y en un divino espasmo de ansia loca, me dé un beso de lluvia… beso hermano del beso deseado de tu boca.
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Eras grave y augusta, eras casi hierática y te amé en la escultura de tu cuerpo pagano, tu mirada dormida era quieta y extática y era, un mármol desnudo, tu blancor soberano. Un jardín luminoso; una fuente sonora; desmayados los cuerpos en la luz violeta; un perfume violento exhalaba la flora que abrasaba la carne en un ansia secreta. En la hora encantada, del jardín principesco, la armonía del verso devanaba en tu oído, encendidos los ojos de un arder satanesco. Tal que un rito pagano, a la luz postrimera, como a un dios, en el templo del jardín florecido, me ofrendaste el exvoto de tu cuerpo de cera.
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Inquietudes inefables, ponían sus largos estremecimientos,
en mis entrañas. Había llovido… El jardín se abría pomposo, más verde, más carnal. Las rosas, grandes y sangrientas, se abrían atónitas de los truenos lejanos al poniente. Una ola de perfumes, frescos de agua, asaltó mis sentidos. Y yo, puse mis manos sobre las rosas, aún mojadas de la lluvia reciente; mis manos, que temblaban, temblaban, como las estrellas; mis manos abiertas como pasionarias, pálidas como pasionarias. Tenían, mis manos, para las rosas, una caricia inextinguible, una larga caricia de carne y espíritu. El crepúsculo llenaba de su sangre los senderos _venas henchidas, que se abrían delante de mis ojos_. Ríos alucinantes que el día llenaba de su sangre de vencido. Las rosas, palpitaron entre mis dedos abiertos; y fue una palpitación de carne tibia, carne estremecida y fragante. _Glorioso contacto que rompió el dique de los deseos abocados_. Y en aquella divina, explosión de inquietudes el alma se me hizo carne también, carne trémula, enfebrecida, que, en incomprensibles ansiedades, se hundía, ahogándose, en los ríos, sangrientos, del crepúsculo.
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La tarde pegaba su cara a las vidrieras Vivíamos un verso antiguo Desde el fondo del cuarto el espejo dialogaba con nosotros Tus palabras se tronchaban las alas contra los cristales Cambiábamos las manos como bandejas colmadas de los frutos nuevos de todas las promesas Los labios tímidos apretaban su horca mientras la tarde nos volvía la espalda arrastrando su pena.
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