¡Andalucía cantaora! Nadie recuerda los nombres que están doliendo en la boca. Dicen las olas del mar:
leve movimiento somos mas queda la eternidad. La amistad es al amigo: su voz y su pensamiento y su corazón, conmigo. El llanto del hombre suena; y los ángeles, dormidos, su cuerpo y su sangre sueñan. No se pueden contar las estrellas del cielo, pero sí contemplar. Hay en la contemplación una dulce paz humana que es ansia viva de Dios. Morir, todos moriremos; pero el morir de los Santos ha sido el más verdadero. Soledad, nombre divino: nombre de mujer, primero; después, nombre de Dios mismo. Mira que te mira Dios, y en la luz de su mirada la claridad es dolor. ¡Cantares de Andalucía! ¡La voz de Manuel Machado me está sonando en la mía! |
Viene despacio, caminando a ciegas por senderos de sangre, por senderos de amor que no interrumpen barbechos ni trigales, que alargan bajo el viento sus aromas
silvestres, sus instantes recoletos de sol junto a las tapias, su blancura en pañales, y acuden, sin querer, casi en un vuelo legua tras legua, casi dejándose ignorar desde el nocturno latido que los hace tan hondos y tan leves, tan hilillos de luz de luna errante, tan infancia de luna en cada piedra, tan raicillas de árboles. Viene a través de un sueño y otro sueño, a través de una tarde y otra tarde, tranquilas, con el brillo del lucero en el aire, con el girar pausado de la noria repitiendo su frase de agua empapada en sombra hacía los labios que la huerta entreabre, con el durar cobalto de los montes apagados y unánimes más allá de los visos donde el ángelus labriego se deshace. Viene apenas rezado y melodioso, como un manso oleaje rompiendo hacia la playa que aún no alumbra su espuma trashumante, como ingrávida nube cuyos bordes empiezan a endulzarse cuando, cerca del alba y sin sonido, su lluvia lenta cae sobre el quieto regazo de una yerba dormida, en que se abren las húmedas violetas primerizas de un corazón de madre. |