Luis García Montero

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Complemente viernes

Soneto herido

El aguilucho

El amor


COMPLETAMENTE VIERNES

Por detergentes y lavavajillas,
por libros ordenados y escobas en el suelo,
por los cristales limpios, por la mesa
sin papeles, libretas ni bolígrafos,
por los sillones sin periódicos,
quien se acerque a mi casa
puede encontrar un día
completamente viernes.
Como yo me lo encuentro
cuando salgo a la calle
y está la catedral
tomada por el mundo de los vivos
y en el supermercado
junio se hace botella de ginebra,
embutidos y postre,
abanico de luz en el quiosco
de la floristería,
ciudad que se desnuda completamente viernes.
Así mi cuerpo
que se hace memoria de tu cuerpo
y te presiente
en la inquietud de todo lo que toca,
en el mando a distancia de la música,
en el papel de la revista,
en el hielo deshecho
igual que se deshace una mañana
completamente viernes.
Cuando se abre la puerta de la calle,
la nevera adivina lo que supo mi cuerpo
y sugiere otros títulos para este poema:
completamente tú,
mañana de regreso, el buen amor,
la buena compañía.



SONETO HERIDO
La lluvia en el cristal de la ventana,
el aire de la plaza compartida,
el pañuelo de sombras de la vida,
la noche de Madrid y su mañana,
el amor, la ilusión del porvenir,
el dolor, la verdad de lo perdido,
la constancia de un sueño decidido,
la humana libertad de decidir,
la prisa, la política, el mercado,
las noticias, la voz, el indiscreto
esfuerzo por saber lo silenciado,
el rumor, las mentiras y el secreto,
todo lo que la muerte os ha quitado,
quisiera devolverlo en un soneto.

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EL AGUILUCHO

Por las altas miradas de la espera

se vio salir a punta de pistola,

irrumpiendo feroz como una ola

sobre la orilla calma de la acera.

Conquista el coche, arranca y acelera

cuando histérica estalla, loca, sola,

por detrás de un panel de Cocacola

la sirena precoz de una lechera.

Cruces, Stop, portales, en cornisas

letreros luminosos, calles, rojos

semáforos que quedan de pasada.

Y la velocidad del parabrisas

que la ciudad convierte ante tus ojos

en tierra, en polvo, en humo, en sombra, en nada.

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 EL AMOR

Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.

Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.

Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.

Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.

Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.

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