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Manuel Reina Montilla

La gota de sangre

Juventud de Musset

Baile de máscaras

A media noche

A una mujer

LA GOTA DE SANGRE

Sentados en la gótica ventana

 estábamos tú y yo, mi antigua amante;

 tú, de hermosura y de placer, radiante;

 yo, absorto en tu belleza soberana.

  Al ver tu fresca juventud lozana,

 una abeja lasciva y susurrante

 clavó su oculto dardo penetrante

 en tu seno gentil de nieve y grana.

  Viva gota de sangre transparente

 sobre tu piel rosada y hechicera

 brilló como un rubí resplandeciente.

  Mi ansioso labio en la pequeña herida

 estampé con afán... ¡Nunca lo hiciera,

 que aquella gota envenenó mi vida!

 

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JUVENTUD DE MUSSET

I

  Mimí Pinsón, la griseta

              seductora,

 arrulla, dulce y coqueta,

 con su risa trinadora,

 la juventud del poeta.

    Junto a su amada, el cantor

             da al olvido

 toda amargura y dolor,

 al pie de rosal florido

 donde mora un ruiseñor.

    Y ella, con vivos fulgores

              en los ojos,

 al vate de sus amores

 ofrece sus labios rojos

 y una corona de flores.

    Y a la luz de astros radiantes

 y entre notas argentinas

 del ave, estallan triunfantes

 las rotas frases divinas

 y el beso de los amantes.

 II

     En tarde resplandeciente

             y aromada,

 reclina el genio la frente

 sobre el cabello esplendente

 de su gentil adorada;

 cuando, envuelto en áurea bruma,

              cruza el cielo

 cisne blanco, cual la espuma,

 que, herido, pierde en su vuelo,

 una ensangrentada pluma.

    Con rápida sacudida

              se alza el vate,

 y ase, el alma conmovida,

 la pluma, en sangre teñida

 cual lanza tras del combate.

    Y arranca de ella el tesoro

 de sus más tristes canciones,

 bajo cuyas alas de oro

 se anegan en dulce lloro

 los dolientes corazones.

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BAILE DE MÁSCARAS

El salón, por deliciosas

 mujeres, se halla adornado;

 parece estuche dorado

 lleno de piedras preciosas.

 ¡Oh brillante diversión!

 Notas, perfumes, colores,

 gasas, diamantes y flores,

 en lujosa confusión!

 Los brilladores reflejos

 de los ojos de las bellas;

 la luz, salpicando estrellas

 en los grandiosos espejos;

 los tapices, las pinturas,

 los elegantes tocados,

 las alfombras, los brocados,

 las correctas esculturas,

 los cojines orientales,

 las blondas, la gentileza

 de las damas, la riqueza

 de mármoles y cristales,

 el raso, perlas y tul,

 plumas, risas y fragancia,

 forman de la hermosa estancia

 un mundo de oro y azul

 ..............................

    Allí se ve al caballero

 feudal, al cinto la espada,

 ostentando la celada

 y la cota del guerrero,

 prodigando madrigales

 a una linda jardinera

 de rizada cabellera

 y pupilas celestiales.

 Allá, un alegre estudiante

 baila con una sultana;

 aquí, una lista aldeana

 se burla de un almirante.

 Allí, un grave capuchino

 de mirada tenebrosa

 y barba blanca y sedosa,

 baila, en raudo torbellino,

 con una bella gitana

 que luce negra mantilla,

 y exhibe la pantorrilla

 bajo la falda de grana.

 Mirad, mirad aquel clown

 en brazos de alta señora;

 ved aquí, esta labradora

 bailar con un infanzón.

 Allá, marcha un mosquetero

 con una monja del brazo;

 mirad, en estrecho lazo,

 una reina y un torero.

 Allí, un astrónomo gira

 bordado el manto de estrellas

 en derredor de las bellas

 aquel trovador suspira.

 Y se encuentran confundidos

 payasos, reyes, gitanos,

 griegos, moros y cristianos,

 guerreros, frailes, bandidos.

 Monjas, magas, bailarinas,

 labradoras y princesas,

 rusas, gitanas, inglesas,

 moras, gallegas y chinas.

 Y en medio de ese ruido,

 de esta locura y afán,

 del espumante champán

 se oye el báquico estampido.

 Y vestido de escarlata,

 y ceñida la tizona,

 Mefistófeles entona

 la sublime serenata.

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A MEDIA NOCHE

Choca tu dulce boca con la mía,

            mujer deslumbradora;

 y brotará la ardiente poesía

           que mi mente atesora.

     Deja, deja que rompa ese lujoso

            traje de terciopelo

 que oculta, como amante cariñoso,

           de tu belleza el cielo.

     Quiero una bacanal regia y grandiosa;

           que el dios de los amores

 en ella cubra tu cabeza hermosa

           de perfumadas flores.

     Un banquete de dioses, una orgía

          tan rica y deslumbrante,

 que exceda a la más bella fantasía

         del genio más gigante.

     Que esté el salón cubierto de brocados,

          y telas suntuosas;

 la mesa, de manjares delicados

          y de divinas rosas.

     Y que haya esos licores deliciosos

          coronados de llamas,

 que engendran en la mente luminosos

          y bellos panoramas.

     Los generosos vinos espumantes

          dejemos al olvido;

 ¡quiero beber en copa de brillantes

          el oro derretido!

     Y cuando de estos goces y delicias

         esté mi pecho lleno,

 expirar entre besos y caricias,

        reclinado en tu seno.

 

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A UNA MUJER

Es de rayos de sol tu cabellera

 la línea de tu rostro seductora;

 eres la encarnación de la hermosura;

          de las gracias la diosa.

     La voluptuosidad, ave de fuego,

 tiene por nido tus divinas formas;

 y hay un cielo de esencias y rubíes

          en tu risueña boca.

     Sólo te falta el alma, hermosa mía

 no tienes alma, no; pero, ¡qué importa!

 tampoco tienen alma las estrellas,

           las perlas, ni las rosas.

 

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