
Escépticas
Mis culonas espantan cuervos y tormentas. Se han comido
sus propios ojos. Han tragado la última lluvia. Han perdido la
noción de amigo y enemigo. La resignación les ata las manos y les
sella la boca. No hay sed que sacie sus aguas. No hay astro que ciña
su aurora. Lo dicho les pesa y las sofoca. Antes de arrojarse a la
última caída no olvidan destruir los falsos presagios de sus
tréboles de cuatro hojas.
Teóloga
Según las investigaciones antropófagas de mi
teóloga sucia, fea y culona, el alma ocupa un lugar físico debajo de
la cintura, más precisamente en el túnel que separa las dos piernas.
A falta de otros nombres, esta zona se llama con vergüenza, con
descaro, con frambuesas. El alma o caracola marina sin mar, puede
alcanzar cinco veces el tamaño de un silencio. Dicha concavidad
mítica siempre está a merced de un pájaro alargado, esculpido con
gran economía de detalles y de orificio sediento.
Los prelados adversarios dicen que todo lo
apuntado por la teóloga es pura invención, pero ellos no admiten que
ese es el otro nombre de la fe.
Peregrina
Mis vírgenes culonas no prometen milagros. Por
medio de señas me abandonan a mi suerte. Se desploman en los
asientos reclinables del cielo y canturrean melodías barrocas
mientras juegan con sus pezones. Su religión es perezosa y poco
pontificia. Me hacen peregrinar hasta sus templos cargada de
crímenes de camellos y collares de plomo. Dicen que cualquier camino
puede llevarme a la ansiada perdición porque el mundo es redondo y
feo como el culo de una manzana seca ¿te das cuenta?
Cocinera
Ella, con el pelo ensortijado y una camisa
anudada en la cintura, golpea con fruición la masa contra el mármol.
Asume, en esas sacudidas, los movimientos de la actriz porno que,
desde el televisor, la ayudó a encenderse.
Generosa
La desesperada no usa prendas íntimas. No sólo
doy fe por haberle visto, en un descuido, la profunda línea que
divide en dos el mundo de sus nalgas, sino porque cierta tarde,
mientras esperábamos ser atendidas por la lenta empleada de la
perfumería, yo arrojé mi monedero contra sus sandalias. Al agacharme
para recogerlo, casi apoyo la cara en sus piernas. Ella fingió no
sentirme. Se movió levemente para abrirse un poco más y permitir que
yo me demorara, cuánto quisiera, en la observación abismada de esa
noche sumida en el curso de un río deseable y perfumado.
Mimbre
(Aquí se consume la mujer hecha con varas de
mimbre.)
Buscadora
Ella busca la tempestad, el maremoto, el
desierto, el mangrullo, el timón, el cementerio, debajo del zapato.
Busca falibles, culonas, sumergidas en el fulgor
lunar, putas, debajo de los brazos.
Ella busca a los que se aman, a los que no saben
que se aman, a los que no se quieren amar, bajo el ala del sombrero.
Ella busca el sauce al que trepaban los sueños.
Ella busca el sauce y busca los sueños, debajo
del zapato, debajo del silencio, debajo del poema.
Desnuda
Si mi culona desnuda no tuviera algo más que ron,
algo más que dedos, algo más que almohadas, podría perder su
dulzura, podría malgastar su elegancia y quedar pegada al dolor bajo
las sábanas.
Su encanto y suavidad no la hacen menos activa ni
menos peligrosa. La terrible pureza de sus sentimientos impuros le
resulta una misión esférica, nacarada.
Fatigada
Ella es una de esas culonas que ha sufrido cierta
torpeza sexual. Tiene amigas que usan escotes exagerados y dicen que
las han tratado con mezquindad. Están hartas del ficus que no
prospera. Sus maridos han perdido para ellas todo atractivo erótico.
Han olvidado las edades de sus hijos. El PAP es lo único que les
asegura un profundo contacto sexual. Rompen el taco de sus zapatos
más queridos en el consultorio del terapeuta. Están perdidas. Tan
perdidas como un gigante en un campeonato de billar. Ninguna de sus
amigas sabe cuál ha sido el camino que las ha llevado a semejante
insuficiencia, pero mi culona no piensa facilitarles la respuesta.
Fundadoras
Afortunadamente, hay culonas que desgranan el
espacio y hablan con el corazón en la mano. Identifican el
movimiento, pero con quietud fundan una región ajena a las típicas
identificaciones.

Abandonada de piernas abiertas
En cuanto a la abandonada de piernas abiertas,
digamos que padece de recuerdos cóncavos y deseos convexos. Su
conciencia es rala y poco concreta. Usa enaguas de encaje viejo y a
la hora de dormir se enrosca sobre sí misma como un gato o como un
poeta.
Virtuosa
Ella elimina la tensión excesiva de la garganta
hasta que deja de ser esforzada y dura. Cuida la posición de la
lengua y la extensión de las mejillas. Deja fluir naturalmente el
avance o retraimiento de los labios.
Llega a ser perfecta la abertura de sus
mandíbulas. Perfectas la tensión del velo palatino y la distensión
de la faringe superior. También pone sumo cuidado en la posición de
la cabeza. Todos los órganos armonizan con la sabia emisión del
soplo reforzando aquí, cediendo allá. De modo que la dicha va siendo
construida como una vibración. Va siendo devorada como una fina
tajada de sandía.
Puede que haya otro modo de cantar una canción.
Delicada
Tengo una culona especial que se separa los
cabellos con prudencia, como si fueran filos, para evitar que los
sueños se rasguen antes de echarlos a volar.
Falible
En mitad de una avenida la falible no encuentra
un trabajo. No encuentra un gato abandonado. No encuentra un
corazón, pero en todas partes siente el vaivén de su vestido. Siente
el pequeño movimiento de sus senos. En mitad de la avenida no
encuentra sus mejores pasatiempos ni dónde guardar el mayor secreto.
Se ha exigido no participar en pobres ilusiones. En mitad de un
vaivén la falible ha perdido su avenida pero sigue con los zapatos
puestos. Sigue con la sonrisa expuesta. Da al policía de tránsito el
nombre de su cantante preferido. En mitad de la avenida que no
encuentra, la falible quisiera tener una muselina inmensa o una
alfombra de brocato. No se saca el vestido. Tropieza a causa de los
tacos altos. Se lleva la mano al escote y se aprieta los viejos
dolores. Va a dejar de escribir poemas porque sólo le gustan las
mujeres gordas y los hombres viejos. En mitad de la falta de avenida
ve un perro con la lengua colgando. También le gustan las lenguas de
los perros y las mujeres que muestran el ombligo. No va a escribir
poemas porque está muy ocupada sintiendo el vaivén y tropezando en
el asfalto. Porque está a merced de un escozor adictivo.
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