Es la historia que estando una vez Nicolau, marqués Ferrara, pasando el tiempo en pláticas con un truhán suyo le preguntó de qué oficio le parescías a él que había más número de personas en Ferrara, y el loco discreto le respondió que de médicos, y el marqués, oyendo se rio y burló de él diciendo: _Simple, ¿no ves que no hay en la ciudad más de cinco o seis médicos y hay más de trescientos zapateros y de muchos oficios otros tantos? ¿Cómo dices eso?
El truhán le respondió:
_Señor, como estáis ocupado en cosas muy grandes no tenéis estas cuentas por menudo ni sabéis los vasallos que tenéis; pues hágoos saber que lo que digo es la verdad, que del arte que más hombres hay en Ferrara es de Medicina, y apuesto doscientos ducados que es así. El marqués se tornó a reír de él y a contradecirle. Y en conclusión la apuesta se hizo, aunque lo tenía por simpleza y locura, y lo olvidó luego y se descuidó. Pero el chocarrero que tenía codicia del dinero apostado, habiendo bien pensado su negocio, se levantó otro día de mañana, que era domingo, y se rebozó el rostro y puestas unas estopas o lanas en un carrillo, fingiendo que tenía grande dolor de muelas, púsose a la puerta de Iglesia Mayor y cabe sí un muchacho hijo suyo, que escribía muy bien, con tinta y un papel para lo que diré. Y como él era conoscido, los que entraban y salían todos 1e preguntaban qué mal tenía y respondía a cada uno que muy gran dolor de dientes y muelas, que por amor de Dios le dijesen qué haría, y como todos presumimos de dar consejos a los que vemos padescer algún dolor, cuantos pasaban le decían algún remedio que hiciese y el muchacho lo escribía luego y los nombres de los que lo decían. Y habiendo estado allí lo que convenía y escrito harta copia de nombres y medicinas, hizo el mismo día otro tanto por diversas casas y calles de la ciudad y siempre con su rapaz que escribía; y al cabo, así como estaba, se fue al palacio del marqués, que estaba ya olvidado de la porfía y apuesta, y como el marqués lo vio así, cayó en lo que todos; que preguntándole qué mal tenía y siendo respondido como a los otros, le dijo también que hiciese no sé qué y luego sería sano. El truhán dijo que le besaba las manos y después de estar un poco con él disimulando, se vino a su posada y, sacando en limpio todo su proceso de aquel día, hizo una memoria de más de quinientos médicos (y el marqués por principio y cabeza de todos) y los consejos que le habían dado. Y otro día vínose a palacio sin rebozo, como ya sano, y díjole: _Señor, ya vengo sano, como curado por el más honrado médico de Italia, que sois vos; porque con el buen consejo que me diste, sané; pero mándame pagar la apuesta, porque os hago saber que para el mal que he tenido hallé en Ferrara todos los médicos de este memorial, y si más quisiera buscar, más hallara. El marqués, tomando el cuaderno y viéndose puesto a sí propio en cabeza y otros muchos hombres principales que allí venían, se rió muy mucho, y se confesó por vencido y mandó pagar luego lo que había apostado con el truhán. |
_¿Qué es eso que haces, Diógenes? Y él respondió: _Piso y huello el fausto y presunción de Platón. Y entonces el Platón le respondió: _Decís verdad, Diógenes, pero háceslo con otro mayor fausto y altiveza. |