Rafael Santos Torroella |
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¿Conoces el país..? |
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A Aitana Alberti, en Buenos Aires. ¿Conoces el país donde la brisa ramos de soledad antigua mueve y, con palabra azul y pluma leve, sobre la sal inscribe su sonrisa? El tiempo, allí, su corazón sin prisa más de una vez a descubrir se atreve; allí, con pie menudo y paso breve, ahonda el agua los cármenes que pisa. Es el sur que recuerdas y no viste, tu memoria futura en esta orilla, la alondra de tu ausencia en la mañana. Es allí donde el aire, con el triste acento de su oscura maravilla, cada noche pregunta por Aitana.
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Dura cosa es vivir y estar contando las horas, esas nubes, los latidos, vagar despiertos cuando más dormidos, estar en vela y continuar soñando. Sumamos días que nos van restando los plazos por el tiempo concedidos. Nos deja la alegría malheridos y a veces el pesar nos va curando. En este breve sueño, paradoja de tanta libertad nunca aprendida, la sonrisa es un ceño que se enoja, el amor como un llanto que se olvida, el vivir un otoño hoja tras hoja, la muerte un suma y sigue de la vida.
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PÁJAROS, LUNA, PERRO Y PERSONAJES DE JOAN MIRO Los pájaros cansados de ser pájaros, la luna que se siente envilecida con tanto ser la luna, los hombres, las mujeres y los niños gastados de ser gestos y costumbres, cuerpos, rostros, manos y pies gastados, están todos ahora en el estudio de Joan Miró. Han saltado de las paredes de los museos y de las casas de los burgueses que ignoran la fatiga de sí mismos; han saltado de los rincones donde el silencio se muere poco a poco y de algunos palacios y edificios públicos donde el polvo tiene estratos de alcurnia e incluso cierta jerarquía de escalafón. Y la luna dice que le gustaría ser otra cosa, pájaro, mujer e incluso perro; y el perro ser niño, o mejor, luna, para escuchar allá abajo el ladrido de los otros perros, y los hombres, las mujeres y los niños, quisieran ser otros hombres, otras mujeres y otros niños, pero no los que fueron hasta entonces; y los pájaros quisieran ser aire, o luna, pero nunca pájaros y niños que caminan torpemente. Y entonces Miró, que estuvo escuchando a todos largo tiempo sin decir palabra, como hace de ordinario; Miró, dándose cuenta de que nadie se conforma con lo que pide, pues un gran deseo deja de serlo si se colma a espaldas de la sorpresa y la aventura: Miró va y hace pájaro al pájaro, mas pájaro fantasma para que no pueda gastarse, pues nunca ocurre así con lo que en la vida, como el pez, se mueve entre dos aguas, y convierte a la luna en simple luna, para que pueda hacer lo que quiera, incluso bajar a Barcelona y montar en una golondrina del puerto los domingos por la tarde, y al perro le devuelve su ladrido y hasta su condición de perro, aunque de tal modo que ya no necesitará ser otra cosa para sentirse perro y escuchar sus ladridos con lejana música de las esferas, y los hombres, las mujeres y los niños, que nunca se contentan fácilmente, los devuelve al limbo de sí propios, seguros de que allí, sin tanta gravedad ni tanto peso, les va a dar lo mismo soñar que estar en vela. Y todos salen así del estudio de Miró, por ese barrio donde la ciudad embarranca cada noche; todos salen estrenándose de nuevo, así los habitantes del Arca de Noé tras el diluvio. Pero nadie los reconoce, porque hay una cierta crueldad acostumbrada entre los hombres, hay un cierto furor que se ensaña en petrificar las cosas que se miran. Y entonces ellos, los pájaros, la luna, el perro, los hombres, niños y mujeres que salieron del estudio de Miró, se van en busca de las vallas de los jardines públicos, las paredes de las Escuelas y los muros del arrabal, en espera de que los niños y muchachos insolentes les hagan sus retratos, con blanca tiza, rojo ladrillo, negro carbón para el museo efímero y constante de los días y las noches públicos, del aire público, del sol, de la lluvia públicos, de la pública piedra. |