LA ORACIÓN POR LOS CABALLOS VIEJOS
Por los callejones y las alquerías que el sol ilumina con leves reflejos,
recordando siempre sus mejores días pasan renqueando los caballos viejos, llenos de amarguras y melancolías...
Por entre las cercas de palo y alambre meten las cabezas, medio adormecidos, les siguen de moscas zumbando un enjambre y ellos pobrecitos- transidos de hambre, se quedan mirando los prados floridos...
Los prados floridos en donde nacieron libres como el viento y como él veloces; esos mismos prados en donde corrieron lanzando felices relinchos y coces.
¡Ya sus ilusiones todas se murieron! Uno rememora cuando altivo y fiero llevaba en sus lomos la alfombra escarlata de algún valeroso e hidalgo guerrero de casco dorado y espuelas de plata. El otro recuerda que sobre sus ancas llevó dulcemente, con gran donosura, mujeres divinas, esbeltas y blancas, de formas talladas como una escultura.
El otro medita: yo fui en las carreras el rey de los vientos, de sedosas crines, y vi desplegarse las rojas banderas y oí los saludos de roncos clarines... Los viejos caballos meditan ahora al pie de las cercas, cerrados los ojos. Una flauta rústica a lo lejos llora: ¡La vida está llena de espinas y abrojos!
Hermano caballo: mejor es tu suerte que la de los hombres a quienes la vida clavó con su zarpa despiadada y fuerte... y van por el mundo cubriendo la herida en pos de la dicha que obsequia la muerte...
Hermano caballo: igual es tu sino al de los mortales; a ti, cuando inútil, te arroja el destino a morir de hambre a un negro camino ¡y a aquellos arrojan a los hospitales!
Serviste, ¿Y ahora qué pides?, ¿qué quieres? Así son los hombres no solo contigo que tan noble y dulce, que tan bueno eres; en esta tragedia de todos los seres es solo el sepulcro el único amigo.
Hermano caballo: como tú los parias de la vida pasan horas de quebranto; para sus oídos no fueron las arias de los vencedores... Almas solitarias, ¡flores que se abrieron regadas de llanto!
Empleados oscuros de las oficinas, músico ambulante, pobres artesanos, artistas... poetas... que parecen ruinas, del caballo viejo somos los hermanos... ¡como a él no nos quedan sino las espinas!...
Cuando las arrugas surcan ya la frente, y el alma tenemos llena de consejos, la vida que todo lo ve brutalmente, ¡como mueren siempre los caballos viejos!
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Duerme el aduar al pie de las cisternas del desierto. La brisa taciturna hinche la lona de las blancas lonas en la callada soledad nocturna.
Silencio en derredor. Duerme el desierto y cuanto habita en él: hombres y fieras; y entre el paisaje desolado y muerto sólo se oye el vaivén de las palmeras.
Más, de repente entre la sombra densa se oye un rumor lejano, que va cruzando entre la noche inmensa como el quejido de un dolor humano.
-Padre, dice el pequeño- ¿oyes ese rumor...? -Lo oigo hijo mío... -¿Es que tal vez, aunque despierto, sueño, o es que ha brotado en el desierto un río?
-Es el desierto que se queja. Llora. Él tiene su dolor desconocido, y piensa con tristeza en esta hora en lo que pudo ser y nunca ha sido!
Él pudo ser un mar: tener sus olas coronadas de vívidas espumas, ser un campo cubierto de amapolas, o una selva con túnica de brumas...
Pudo ser y no fue. (Oye, alma mía, la parábola triste del desierto: de todas la mayor melancolía, es verse vivo mas sentirse muerto!) |
En las ramas de los pinos la flor lunar sus pétalos enreda, se oyen del ruiseñor los dulces trinos mientras se abre un balcón! El cisne y Leda. Oh, amorosa Julieta, ¿hablas acaso?... No ha cantado la alondra todavía… Tiene tu voz la suavidad del raso y los fulgores diáfanos del día…
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Veleros somnolientos en uvas y cantares perversos atraviesan las puertas del sol. Se absorben los últimos besos. Ella, ríe, y se come sus orgasmos en su cuerpo de mujer sirena. La “Isla Negra” cierra sus puertos. Sólo quedó el resplandor entre el fuego y el agua.
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