Hasta los niños la miraban, cuando. doblaba las esquinas de la calle; tan azul y radiante, que una llama parecía tener entre los dientes. Huía de la luz con la pereza de una cierva cansada, y sonreía sintiendo las miradas de las gentes resbalar por el vientre abovedado. Sé llevaba las manos a la henchida plenitud de su carne y las dejaba allí sumidas, por sentir el eco caliente y vivo del amor, haciéndose. Hasta entonces, los hombres la siguieron con ronca voz de barro; y les temía; porque el hombre fue sólo para ella lobo furtivo y sal de madrugada. |
Si, soy todo de ti, ¿por qué me alejas? Si me pariste, madre, ¿por qué airada me niegas el fulgor de tu mirada y, entre escombros de luz, solo me dejas? ¿Quién puso en nuestro amor furias y rejas? ¿Quién sembró de cuchillos mi pisada y te colgó de un alba ensangrentada en que, amenazadora, te reflejas? Malmaridada madre, que me diste un padrastro de cólera y de viento, brotado, como un toro, de la nada. No fue entrega la tuya. Te rendiste con tristeza y con sangre, y tu tormento duele como una antigua cuchillada. |
(Buenos días)
Aparecía silencioso. Nada le precedía. Era, como si de pronto,
la claridad del patio se cuajara y un hombre blanco fuera haciéndose entre la sombra verde de la parra.
Sonreía un momento, el necesario para quitarle luz a la mirada y decirme que un hombre también ríe aunque le estén quemando las palabras.
(Por el rojo brocal de los tejados el sol metía sus doradas lanzas y brillaba un clavel entre los hierros con repentina lumbre.) El hombre alzaba los ojos lentamente y me decía: -Buenos dio, señor... Y me miraba desde su corazón, tímido y blanco, esperando...
(La luz se hacía amarga resbalando por él, como el arroyo toma el color del cauce que le ampara.)
Tomaba las monedas de mi mano sin mirarme. (¡Bien sé que esto no basta!) Y arrastraba en silencio su tristeza, su soledad... Y yo le contemplaba marchar con mis monedas -mis pequeñas salivas-, sin decirle la palabra que él venía buscando-:
-¡Amigo!
(Lejos un estío glorioso levantaba nubes de oro en el camino.) Solo el hombre va con su esperanza. |
Y
allí sobre los ángeles, Santiago. El tremendo Sant-Yago, Hijo del Trueno-. con sus barbas de sal marina; todo piedra enteriza, frontera de los vientos. No tiene el mar su acento, su profundo latido; ni la noche, en el silencio de las piedras antiguas, su resuelta plenitud estelar de ser eterno. Árbol de fundación, de copa airada y reseca raíz, metida dentro del corazón de España, resucita impetuosamente de entre los muertos. Muertos batalladores, que no cejan -inmortales bajo la cal del tiempo- como la vida vegetal, que se hace de su propia derrota, renaciendo. |