José María Álvarez

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Argent vivo

Coral

Margull

El niño y la sirena

Argent vivo
                                                                                                 ¡Qué vida más tranquila parece llevar mi familia!

                                                                                                 -pensó Gregorio
                                                                                                                                              
Franz Kafka
       La voluntad y los apetitos... ah!
                             Edmund Burke

¿Lo recuerdas? Tuvimos
la Luna en la palma de la mano.
Nunca otra vez la música
de aquel tambalillo de la playa
volverá a hacernos bailar,
ni, sin que nosotros lo escuchemos,
a crujir el mundo volverá.
Volverá tu marido, no es mal tipo,
en su jardín tu aburrimiento a colgar,
y el calorcillo que alumbra entre tus muslos
¿a quién llamará?
Quizá otros brazos y otros besos
profundamente sentirás,
y tu marido y yo quizá acabemos
bebiendo solitarios en un bar,
haciéndonos amigos; como es lógico
evocarte nos unirá.
Pero recuerda, como yo te he leído a Scott Fitzgerald
nadie te lo leerá.

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Coral

                                                                                                         El sacrificio ha sido favorable
                                                                                                                            
Aristófanes

                                                                                                                                                     La gloria conquistada por los adolescentes
                                                                                           
                               Píndaro

El otro día, hojeando un viejo álbum
de fotografías,
                         apareciste. En una playa
que ciega el sol (seguramente,
Le Lavandou), orgullosa y alegre
                                                         sobre las brasas
de aquel Verano.
Como un pinchazo
esa imagen me trae
algo de la pasión que sacudió esos días.
Contemplé largo rato la fotografía:
tus ojos dichosos, tu boca, esa
mano que
desenfocada
parece querer tapar el objetivo.
¿Te das cuenta? No has envejecido.
Dios sabe dónde
estarás, ni siquiera si aún vives. Pero ahí,
ah cómo brilla
intacta
tu sonrisa,
los crepitantes ojos del deseo.
Te había olvidado. Pero ahora
que esa fotografía te devuelve,
me doy cuenta de cómo la memoria
                                                              generosa
te había guardado sin decírmelo
para darme algún día
este regalo. Poder casi tocar
un instante de felicidad.
Tanto se ha ido...
                               
y entonces apareces
tú,
en esa playa de la juventud,
y me haces este regalo,
                                          la posibilidad
de que viva en alguien el que fui,
la imagen deseada de quien era,
esa que hasta yo mismo ya he olvidado.
Porque igual que la otra tarde tú viniste
puede que alguna vez, si tu recuerdas esos días,
de ellos emerja un joven mediterráneo y sonriendo
y recuerdes el placer de esas horas
y algo de la pasión que entonces
abrasó nuestros cuerpos
aún te toque.
Gracias.

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Margull
                                                                                                              Hace el amor gran villanía al no enlazarte a ti

                                                                                                                                                         
 Jacopo da Lentino

Como un desnudo con alhajas
la noche de Verano languidece
en este bar junto a las aguas.
Desazón del calor. Una música ingrata
que impide hablar. Y esos seres
(en los que nada reconoces)
ofrendando a la madrugada su vacío
de alcohol y drogas...
Y de pronto, en medio de esos rostros,
el tuyo. Esa mirada alegre,
ese gesto risueño, esa
vitalidad deslumbrante que
como dando saltitos
se exhibe ante mí.
                                
Una vez más, la vida
ha sido generosa; me permite
contemplar la delicia de una juventud
en su esplendor, imaginar mis manos
acariciando esa piel suave,
y a mis labios besando ese pelo salvaje,
esas sienes, esa boca, ese vientre,
soñando el calor y el olor de ese cuerpo.
Sí. Y este viejo corazón,
como si no estuviera hastiado,
como si aún tuviera diecisiete años,
se alboroza, tiembla.
Y estos viejos ojos
de los que se ha borrado la vileza de este sitio,
el sinsentido de esta noche,
agradecen vivir -¿A quién, a qué? Al Deseo.
Que como ciertos libros, como algunas
obras de Arte
es lo único ya
que hace soportable la existencia.

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El niño y la sirena

Vete, viajero feliz, vete,

en busca del bello país de los bienaventurados,

coronado de yedra...

peregrina a las islas de los seres felices.

Anónimo, Antología palatina

 

 C

reo que eran blancas. O mi memoria se obstina en evocarlas así.  Blancas, de una blancura delicadamente sucia. Ellas me sacaron del algodonoso universo de la crueldad infantil —gusanos de seda ejecutados, pajaritos muertos, agotamiento en el frontón, infinitas conversaciones con otros colegiales sobre el absoluto misterio de las mujeres, sobre cómo sería su sagrario— para tirarme como un clínex usado en el Infierno del esplendor de una sexualidad a toda vela.

      Mi prima vino a pasar aquellas navidades con nosotros. Yo tenía diez años y ella ocho más. Era guapísima. Con un pelo largo y muy obscuro que le caía por los hombros, unos ojos que fulminaban como los del basilisco y una boca sensual, de labios siempre húmedos. Ni que decir tiene que todo el hervor de mis turbaciones carnales —erecciones hasta por la contemplación de una falda apretándose contra unas nalgas imperiales al arrodillarse en las misas; hasta por los visos, bragas,

medias colgando en los tendederos; y qué contar de las fotografías de las revistas (ah Carmen Sevilla, ah Ava Gardner, ah Silvana Mangano)— se concentró, como el foco de una linterna, en ese ser magnífico que al aparecer en la puerta, aquel 20 de diciembre, irradiaba un influjo como la Luna.

      Los dos primeros días de su estancia pasaron en ese vértigo maravilloso, como de encantamiento. Una contemplación constante, desde todos los ángulos; incluso los imposibles.

      Procuraba acercarme a ella con cualquier excusa, rozaba mi cara por su pelo largo y obscuro, lo olía. Ella olía intensamente. No era perfume. Era otra cosa, mágica, ponzoñosa, letal. Algo que ascendía por su cuello desde su cuerpo apretado por un jersey de lana. Las veces que tiré algo al suelo para poder agacharme en la alfombra y tratar de ver «algo» bajo su falda. Pero todo eso, al fin y al cabo, no era «el más allá» al que pronto saltaría. Esas turbaciones las conocía, las dominaba, si puede decirse así. Las había fomentado con las criadas de mi abuela, con alguna amiguita, hasta con la enfermera de un dentista —aquel roce de su vientre (o sus muslos) con mi brazo apoyado en el sillón, mientras me preparaba para una exploración—. Pero fue aquella braguita blanca (o tibiamente descuidada) la que me catapultó hasta unas alturas de

Deseo que son las que verdaderamente me abrieron las puertas de lo que me convertiría en un ser sin solución.

      La tarde del tercer día, mi madre nos dijo que debíamos montar el Belén —que inexplicablemente aún no estaba puesto aquel año—.

      Durante varias horas, dispusimos entre todos aquel tesoro de figuritas, casas de corcho, palmeras y animales variopintos que empezaron a salir de varias cajas; el «Nacimiento», que siempre era objeto de larga discusión, por su emplazamiento; el papel marrón con el que construíamos montañas; los espejos rotos de los riachuelos... Cuando ya estuvo terminado, alguien advirtió:

      —¿Y los Reyes?

      Faltaban los Reyes Magos. Dios mío, ¡un Belén sin Reyes Magos! Empezó el desasosiego. Se indagó. ¿Quién guardó las cosas el año pasado?

      Mi madre iba y venía por el pasillo:

      —Si no es posible. No es posible. Todo estaba junto.

      Mi padre, como siempre, extrajo del embrollo consideraciones más amplias:

      —Siempre igual. Y así va a ir España a algún sitio.

      Por fin, Braulia, la cocinera, la voluminosa y fiel Braulia, aseguró:

      —Seguramente se puso en el armario del pasillo. Me parece que sí. Por algo se pondría.

      Y allí fuimos a buscar. No estaban. Volvió a intervenir la buena de Braulia, a la que sin duda debo la felicidad:

      —Sí, sí, ahí. Lo que pasa es que se pondría con las otras cajas, donde se guardaron las cosas de Nochevieja. No con las del Belén. Debe de estar arriba.

      Arriba eran los compartimentos más altos, para subir a los cuales era preciso una escalera. La trajeron.

      —Deje, deje —anunció mi prima—. Yo lo busco.

      Y ahí empezó todo.

      Mi prima empezó a subir aquella escalera de madera. Cada peldaño dejaba ver un pedazo más amplio de sus piernas esplendorosas. Nada más sobrepasar las corvas, mi corazón pareció estallarme; un minuto más tarde, la plenitud de sus muslos casi me produjo un vahído.

      Yo sujetaba la escalera con tanta fuerza que las uñas casi se clavaban en ella, y mis ojos, como carbunclos, estaban fijos en la atracción fabulosa, ese cofre de los piratas que palpitaba en aquella revelación. Se me regalaba con generosidad la dicha. Pronto vi su culo atrapado en aquellas braguitas blancas: espléndido, saliéndose de ellas, moviéndose ante mí.

      Mi prima se demoró buscando, removiendo cajas de zapatos, sombrereras, yo qué sé qué.

      —Una vela —pidió—. No se ve nada.

      Fueron y trajeron una vela. Y, mientras tanto, ella ponía más en pompa aún aquella carne deliciosa. Un ansia —al revés de lo que una vez leería en Montaigne— no sujette á satiété me devoraba. Mi boca estaba seca. Quizá nunca he vuelto a sentir el deseo tan en carne viva como aquella tarde, quemándome así.

      Me di cuenta de que mi prima no era ajena a mi estado. Se había percatado de cómo la miraba, de mi turbación, de mi excitación. Sí, lo sabía. Y, sin embargo, no hizo nada por cubrir aquella desnudez. Siguió en lo alto de la escalera, y hasta abrió un poco las piernas, levantando una de ellas, dejándome ver, nimbada por la blancura de aquella braguita, una obscuridad luminosa como la Luna donde yo sabía que vivía, que respiraba, que me acechaba el principio y el fin de todas las

cosas. Cómo me latía el corazón.

      Por fin, bajó; con una caja en la mano.

      —Aquí están los Reyes —exclamó, muy alegre. Y me miró de una forma como yo nunca había visto mirarme a ninguna mujer.

      Salí a escape hacia el cuarto de baño. Me encerré y me masturbé con desesperación. Mis pensamientos eran un incendio: la imagen de aquellos muslos y aquel culo me golpeaban en las sienes. Me masturbé hasta el agotamiento. Y aquella noche, en la soledad de mi cama, la excitación me hizo masturbarme de nuevo. ¡Qué placer, qué maravilla de libertad!

      Los días siguientes, noté que mi prima estaba mañana, tarde y noche cerca de mí, inventándose cualquier motivo. Durante la cena de Nochebuena, todo el mundo comió y bebió mucho, y después estuvimos cantando, y contando chistes. Luego, jugando por el suelo, yo sentí que ella se rozaba conmigo, me pareció que intencionadamente. No preciso decir que me pasé la noche meneándomela frenéticamente.

      El día de Navidad vinieron algunos familiares. Todos se vistieron muy elegantes para la ocasión. Mi prima estaba preciosa: llevaba una falda corta gris y una camisa azul clarito muy delicada. Después de comer, mi madre nos hizo pasar al salón para tomar café y licores. Ella se sentó en un sillón, ante mí. Me di cuenta de que me observaba muy especialmente. Cuando vio que mi mirada se dirigía a sus rodillas, abrió un poco las piernas.

      Y esa tarde sucedió. 25 de diciembre de 1953. Mis padres y los demás familiares salieron para felicitar a unos amigos. El servicio fue liberado de sus obligaciones para que pudiera pasar la tarde con los suyos. Y mi prima y yo nos quedamos solos en aquella casa.

      Serían las seis de la tarde. Llevábamos casi una hora solos. Yo estaba tumbado en el suelo ojeando unos tebeos de Hazañas Bélicas —en realidad, tratando de ver algo bajo las faldas de mi prima, que estaba sentada en un sillón— y ella leía un libro. El silencio era mineral.

      De pronto, con una sonrisa turbadora, dijo:

      —Vamos a arreglar un poco mejor el Belén —Se levantó y se dirigió a la mesa donde estaban todas las figuritas. Cambió dos o tres de lugar, puso unas palmeras en otra parte—. Ayúdame, venga. No seas vago —Y cogiéndome una mano, me levantó y me llevó junto al Belén—.

      Acerca los Reyes al Portal —me dijo—, y ponlos en fila india.

      Empecé a hacer lo que me había dicho. En ese momento, la sentí por detrás. Había pegado su cuerpo contra el mío, un brazo me rodeaba, como para mover una de las figuritas, y su pelo sofocaba mi cara, y notaba sus muslos contra mi culo, sus pechos, duros, contra mi espalda, y su olor, ah, su olor, y su aliento junto a mi boca. Ni que decir tiene que mi polla tardó medio segundo en adquirir las propiedades de la Columna Trajana, relieves de las guerras dacias incluido. Mi prima siguió

apretándose contra mí. Ahora, el roce comenzó a ser frotamiento. Yo no sabía qué hacer. Sudaba. Dije algo sobre el Belén:

      —Hacen falta más pastores. Y unos pavos —o algo así. Casi un gemido.

      A los apretujones de mi prima, se unió ahora un suavísimo besito de sus labios —¡Dios mío, me empalmo aún sólo con recordarlo!— en mi oreja.

      —Qué tonto eres —susurró, gatuna—. Pavos... Buen pavo estás tú hecho.

      Un labriego que yo tenía en la mano quedó reducido a pedacitos. No podía soportar más aquella sensación. Me volví, intentando huir de su abrazo, pero lo único que logré fue tirar cuatro o cinco corderos, un rústico y mover un espejo que hacía de río, y —¡gracias, Vida!— un frotamiento más inolvidable aún de sus pechos y de sus muslos y de su vientre; y ahora peor todavía, pues estábamos cara a cara, y ya no era mi culo lo que se fundía con ella, sino mi polla, que reventaba el pantalón.

      Sentí una vergüenza insoportable. ¿Qué hacer? Pero fue ella la que, como la cosa más natural del mundo, sonriéndome y clavando en los míos sus ojos, que parecían el amanecer del mundo, empezó a acariciarme el bulto de los pantalones.

      —Ven —dijo.

      Y me llevó hasta el sofá. Me sentó a su lado, y sin dejar de apretarme la polla, y sin dejar de sonreír, tomó mi mano y la metió bajo su falda.

      —¿Sabes que eres un sinvergüenza? ¡Ah!, qué chico tan sinvergüenza...

      Sus muslos me apretaban la mano. Notaba la frescura de esa carne y la tela de la braguita; ahí había calor, y estaba húmedo.

      —Tócame. Tócame —me pidió.

      Yo lo hice. No sé —no lo supe entonces— qué sentí. Miedo, fascinación, vértigo, una sensación de gusto extraordinaria, algo en el estómago, como angustia.

      Mientras yo la acariciaba, y ella abría cada vez más las piernas, se subió —o lo hice yo, no me acuerdo— la falda. Entonces lo vi. Obscurecía la braguita y algunos pelos salían por las ingles. La braguita estaba mojada.

      —Sinvergüenza, sinvergüenza —repetía mi prima. Y suspiraba.

      Entonces me abrió los pantalones y me sacó la polla.

      —Qué grande la tienes —dijo, y se sonrojó—. La tienes de tío. Qué barbaridad.

      Yo no sabía qué decir. Seguía mirando como hipnotizado aquel punto del Universo que lo concentraba todo bajo el triángulo de aquella braguita. Mi prima empezó a meneármela, y no tardé ni siete movimientos de su mano en correrme. Volví a sentirme avergonzado. Mi leche caía por los dedos de mi prima. Ella se echó a reír.

      —Anda que... Chico, qué pronto te vas.

      Quise levantarme, que me tragase la tierra. No pensaba sino en salir de aquella habitación, esconderme, no ver nunca más a mi prima. Huir.

      Pero ella se limpió la mano en la alfombra, y mirándome —y creo que había ternura en sus ojos—, me dijo:

      —No seas tonto. Eso pasa. Ven. Ven —Y me abrazó, y me besó en los ojos y en la cara—. Ven. Mira. Tú ya sabes lo que hacen las personas mayores, ¿no? No tengas vergüenza, no seas idiota. Mira. Si tú te has corrido, ya estarás tranquilo, ¿no? Pero yo estoy que, como dicen en mi tierra, el chocho me muerde el delantal. Yo te he dado gustito a ti. Ahora tienes que darme gustito tú a mí.

      Yo me había corrido, pero seguía teniendo la polla tiesa como el bastón de Moisés.

      —¿Qué..., qué hago? —le dije casi balbuceando.

      Ella me acarició la cara con... ¿cariño? Le brillaban los ojos. Tenía la lengua y los labios muy húmedos. Respiraba ansiosa.

      —Ojalá pudieras metérmela. Dios mío, Virgen Santa, ojalá. Pero no quiero que me desvirguen. ¿Luego, qué? —Ahora era ella la que estaba nerviosa—. Ven. Mira —dijo—. Bésame el chocho —Y empezó a quitarse la braguita.

      Cuando la sacó por sus pies y abrió las piernas, yo creí que iba a desmayarme. Allí estaba. El principio y el fin de todas las cosas. El fondo del mar. Entre aquellos muslos que llevo como tatuados en el alma y aquel vientre blanquísimo, el esplendor del coño se me ofrecía, mojado, cubierto de un pelo obscuro, abierto, como una ostra, y una gotita como

una perla.

      —Bésamelo —me pedía mi prima. Y había como angustia en su voz. Ella también temblaba—. Sí, sí, sí, bésamelo, chúpamelo. Dale con la lengua, ¡sí, así, así, así! —Yo, por supuesto, ya había hundido mi cara entre sus muslos y mi boca se apretaba contra ese animal de lo desconocido, sintiendo su olor único, su sabor hechicero—. ¡Sí, así, sí, sigue! —pedía ella cada vez más ansiosa—. Ahí, mira, ahí —y señalaba con los ojos extraviados una pequeña protuberancia carnosa—. ¡Oh, Dios mío, sí, sí, sí...! ¡Oh, sigue, sigue, sigue...!

      De pronto —yo estaba ya borracho de aquel sabor inefable—sentí que me inundaba la cara un líquido viscoso y maravilloso. Mi prima dio un grito y apretó su coño contra mi boca. La sentí sacudirse como una epiléptica, y su grito iba enrollándose cada vez más hasta acabar en una especie de suspiro-alarido-estertor.

      Fue la primera vez en mi vida que había visto correrse a una mujer. No lo he podido olvidar. Ni creo que exista en el mundo —quizá alguna página de Borges o de Hume, o Shakespeare, o Mozart, o Estambul bajo el crepúsculo— nada que me emocione tanto.

      Mi prima y yo nos quedamos fundidos, unidos en un abrazo denso, sobre aquel sofá. Minutos de anonadación. En cuanto pude, salí de su abrazo y fui al cuarto de baño, a masturbarme. Cuando salí, mi prima se había compuesto, me miraba como a un extraño, y parecía algo desconcertada.

      —No irás a decir nada de esto, ¿verdad? Es un secreto entre nosotros. No se te ocurra.

      Yo asentí con la cabeza. En lo único en que pensaba era en ir otra vez al cuarto de baño y seguir meneándomela.

      Después, volvieron mis padres. Cenamos todos, en amor y compaña, como se dice. Yo contemplaba a mi prima, pero ella parecía tan tranquila, como si nada hubiera pasado. Yo no podía mirar sin ver, en todo, su coño, sin sentir su olor, su humedad. Después de cenar, más canciones y tonterías en torno al Belén.

      —Está muy bonito —dijo mi madre—. Lo habéis cambiado un poco esta tarde, ¿no? Con lo bien que estaba. Esos Reyes no me gustan así. Y además... —y aquí un aullido—, ¡este pastorcito, lo habéis roto! ¿Es que no teníais nada mejor que hacer?

(París, junio de 1999)

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